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Columnistas

Lo caro que nos pueden salir tantos años de errores

Massa y Milei

En la Argentina hay paz, mientras en el mundo se extienden los conflictos bélicos. 

Tenemos tierra en abundancia. Producimos cada vez más alimentos y hasta desarrollamos un trigo anti sequía con científicos propios, lo que tal vez nos pone a las puertas a de otro salto.

Generamos cada vez más energía de todo tipo de fuentes, del pasado y del futuro, en un momento de reordenamiento mundial que nos favorece: Europa, por ejemplo, se dio cuenta de que no puede depender del abastecimiento de gas ruso o de la generación nuclear ucraniana, y mira para acá. 

El turismo es una locura. Hacia los cuatro puntos cardinales hay una maravilla que atrae extranjeros dispuestos a viajar desde donde sea a un país bendecido por la naturaleza donde además les van a dar un beso, los van a llevar a la cancha y les van a hablar de Maradona, Ginobilli, Messi, el Papa.

Es que el talento de los argentinos, aunque golpeado, mal pago y en crisis, es buscado desde todas partes del mundo. Multinacionales ponen sus hubs de tecnología acá, donde surgieron unicornios que se codean entre los más grosos del mundo.

La educación pública, en decadencia sobre todo en primaria y secundaria, es cierto, todavía mantiene un prestigio merecido en los rankings mundiales a nivel universitario, mientras el sistema científico nos ha dado tres premios Nobel a lo largo de la historia, algo que no se cuenta en tantos lugares.

Por otro lado, no tenemos quilombos raciales, ni religiosos ni migratorios. En el supermercado, el chino le alquila al verdulero boliviano y se hacen chistes para preparar el pedido que retira un delivery venezolano, que si se lastima posiblemente sea atendido por un médico peruano, que hace poco tiene de vecino a un ruso recién llegado.

La salud pública de calidad, aún cuando se deteriore, está al alcance de todos mientras existe un sistema privado de seguros médicos que ofrece una cobertura como en pocos otros lugares.

Como si fuera poco, la población todavía es mucho más joven que vieja, por lo que no sufrimos, como Japón, de una crisis demográfica muy difícil de resolver porque acá hay más trabajadores activos que jubilados.

Entonces, se ve, de ninguna manera somos un país pobre, ni un país de mierda, ni estamos indefectiblemente condenados a nada; lo que si, a lo sumo somos un país boludo, que por los motivos que fuera no se puede organizar para hacer de todo su potencial y oportunidades una base donde su población viva cada vez mejor y no a los saltos, de crisis en crisis y que cada vez que va a las urnas parece que se puede acabar el mundo.

La elección presidencial que nos tiene sin dormir como pocas veces tal vez sea la última muestra de todo esto, llevado además a un límite nunca visto. Vaya una pequeña recorrida por los últimos 20 años como para entender la idea de lo increíblemente caro que podría salirnos haber sido tan boludos, haber cometidos tantos errores.

Después de la crisis de 2001, hubo una era de materias primas por las nubes como para aprovechar y ordenarnos pero Néstor y Cristina Kirchner eligieron acelerar y traer la inflación de vuelta a la Argentina.

Encima, todo envuelto en banderas -muchas justas-  afines al progresismo que acompañó el proceso enfervorizado por los resultados de corto plazo a costa de inconsistencias que le ponían fecha de vencimiento a todo.

Gobiernos del mismo palo ideológico bajaban la pobreza al mismo tiempo pero sin perder la estabilidad de precios, acá al lado nomas, pero vos dale que va, siga siga, a convivir con la inflación, con la energía regalada, la bola de subsidios, la falta de dólares. 

Después fue el turno de los que con Mauricio Macri a la cabeza usaron la posibilidad de financiarse en el exterior para alimentar la fuga de capitales porque consideraron que había que levantar toda restricción cambiaria de una y resignar recaudación bajando las retenciones como si esto fuera Suecia.

Fue un esquema que derivó en un megacrédito del FMI tampoco usado para tratar de parar la corrida, sino para darle salida a los fondos que habían venido a ser parte de otra fiesta sin igual. 

Más acá en el tiempo, el actual gobierno enfrentó el enjambre de inflación y asfixia financiera con la interna más loca de la historia, que coexistió con una pandemia y otros factores externos en contra, es cierto. 

Pero lo loco es que al fin de cuentas el kirchnerismo, sector dominante de la coalición, boicoteó el primer intento de orden macro de Alberto Fernández y Martín Guzmán hasta poner la administración al borde del colapso, para terminar ahora apoyando una salida más conservadora a través del peronismo tradicional, con Sergio Massa y -detras de escena- el empresario Francisco De Narvaez a la cabeza. Todo un absurdo.

Ahora, vente años después del comienzo de esta etapa, con los precios en otra dimensión y el tipo de cambio hecho una amenaza concreta de agravarlo todo, hay posibilidades de que gane la elección alguien que propone la dolarización de la economía, es decir, la renuncia a tener una moneda nacional, lo que sería equivalente a decir “me rindo, no pude hacer lo que hicieron todos los demás”.

Ojo, porque en algunos ámbitos se trata de un mensaje negativo que también puede ser tomado en cuenta por cualquiera que piense en invertir al país. “¿Che, vamos a ir ahí, donde son tan ineptos que no pueden organizarse aún con esa abundancia de recursos y todas esas ventajas?”

Como sea, en pocas palabras la historia indica que si le das inflación con progresismo a una sociedad durante años, se asociará esa inestabilidad y frustración con las ideas de redistribución, justicia social, igualdad de género, etc. Es decir, ganará la derecha, como pasó con Macri en 2015.

Si pasado un tiempo, le das más inflación y más progresismo a esa misma población, aún cuando se trate de consignas valiosas, puede llegar a ganar la ultraderecha incluso con ideas estrambóticas casi no aplicadas en ninguna parte, como propone Javier Milei este 2023.

Ojalá que no ocurra y Massa tenga la oportunidad de evitar los experimentos de los que coquetean con romper los consensos democráticos que justo es lo único que nos ha salido bien hasta ahora. 

Eso sí, si gana no solo sería un batacazo dado el desastre de un costo de vida de casi 150% al final de un gobierno cocoliche como este. 

Muy posiblemente se trate de la última chance para tratar de acomodar la cosa seriamente, sin humo, sin soluciones mágicas y sin medir todo el tiempo qué conviene en el corto plazo resignando el mediano o largo. 

Va a ser difícil en cualquier caso, porque no queda otra.

La economía y sobre todo la política están dando muestras de que no hay más margen para equivocarse más.

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