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Columnistas

La información del berrinche

berrinche

“Irritación grande que se manifiesta ostensiblemente, y sobre todo la de los niños”. Esta es la definición de la RAE si uno busca la palabra berrinche. Me llamó la atención la aclaración acerca del berrinche de los niños. Y estoy de acuerdo. También me parece acertado no circunscribir la palabra como algo exclusivo de las infancias. Porque caemos en una actitud hipócrita cuando no nos hacemos cargo que los adultos vivimos en un estado de berrinche. A veces más manifiesto, con gritos e insultos, pero en la mayoría de los casos, con diálogos internos y rumiantes. Señalamos, juzgamos y nos enojamos ante un berrinche de un niño sin darnos cuenta que nosotros lo hacemos constantemente ante una “injusticia” de la vida, por ejemplo.

Los niños y las niñas son más sinceros en los enojos porque en la mayoría de los casos no se lo guardan y pueden llegar a pegar unos llantos desgarradores acompañado de una actitud violenta. Lo expresan abiertamente.

La pregunta es: ¿qué nos pasa a los adultos cuando nos encontramos con un niño que estalla en un berrinche? Nos irritamos. Y si la criatura no es nuestro hijo o hija, probablemente tendremos una reacción de rechazo hacia ese ser que está expresando un enojo por algo que no nos interesa ni ponemos en consideración. Por dentro podemos llegar a decir, “qué pendejo/a insoportable”, olvidándonos que también fuimos niños y metimos más de un berrinche como el que estamos juzgando.

Por eso creo que el primer paso que debemos hacer es recordar que en nuestra infancia y también como adultos, tuvimos y tenemos nuestros berrinches. No es algo que solo les sucede a los niños o niñas.

Lo peor que podemos hacer ante un berrinche es enojarnos y amenazar con castigos. Devolver furia con furia crea una escalada energética negativa. Nuestros hijos e hijas necesitan de nuestra ayuda para aprender a gestionar estas emociones violentas. Mantener la tranquilidad como padres y madres en este momento es un buen desafío para poner en práctica nuestra capacidad de estar en calma ante una tormenta. Si lo hacemos, habremos pasado de pantalla en un ítem clave de la vida. Porque todo es un berrinche constante. Vivimos rodeados de personas que se quejan a toda hora y de todo. Siempre la culpa la tiene el otro o la otra. Y si caemos en esta dinámica lo único que hacemos es contentar a nuestro ego perdiéndonos la posibilidad de ver qué nos pasa y por qué.

Lo mismo ocurre cuando le sucede esto a nuestros hijos. Porque la clave, una vez que ayudamos a calmar las aguas con la mayor tranquilidad posible, es indagar con amor acerca del motivo del berrinche. A veces está claro, otras no tanto, pero seguro tiene un origen. Y en este diálogo, si detectamos la génesis del enojo, ayudaremos a nuestro niño o niña a reconocer por qué la furia se apoderó del cuerpo.

Gritarles, habla más de nosotros que de ellos. Tiene que ver con nuestra poca tolerancia y nuestra violencia. Y, además, nos estamos perdiendo una puerta hacia el conocimiento de la psiquis de los seres que más amamos.

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