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Columnistas

Que no falten los besos y abrazos

abrazos

Recientemente conocí a una mujer que me decía que le costaba mucho dar abrazos. Tenía una traba que le impedía experimentar ese tipo de contacto físico. No había que hurgar mucho para descubrir la razón. Su padre y su madre no eran afectos a los abrazos. Y sus abuelos y abuelas tampoco.

Si bien esta falta de cariño era más frecuente en las anteriores generaciones, todavía existen muchas personas que no pueden emanar amor físico en sus vínculos. Tal vez lo logren con sus hijos, pero les cuesta hacerlo con otros adultos. Pienso que es tan simple como que, si no tuviste un padre y una madre cariñosa, se te va a complicar ser demostrativo de adulto.

Siento que lo que hoy en día conspira en contra de dar más seguido besos y abrazos a nuestros hijos e hijas es el sistema que impone un ritmo frenético. Los estímulos por consumir son tantos, que nos terminamos olvidando de lo fundamental que es darles una caricia, por ejemplo.

Y muchas veces, no solo nos desconectamos privándonos de emanar amor, sino que trasladamos frustraciones personales en el diálogo con nuestros hijos. Al no saber gestionar nuestros enojos, nos mostramos intolerantes e irritables. Estar atentos para que no carguen con nuestra negatividad es clave. Porque si nos encontramos constantemente ansiosos, absorberán esta energía dañina como esponjas. Me ha pasado más de una vez, apurar a mi hija porque llegábamos tarde a un lugar creándole una intranquilidad que ella no tenía. Era todo producto de mi mente apegada a la puntualidad. Algo que no había trabajado se lo estaba morfando ella injustamente.

Pero volviendo al tema de los abrazos, como decía al principio, a veces no salen sencillamente porque no fuimos amados como lo esperábamos por nuestra madre o nuestro padre. Reconocerlo para no repetir esto con nuestra descendencia es el primer paso para comenzar un trabajo profundo. Y acá me permito recomendar hacer una constelación familiar para perdonar y, sobre todo, aceptar que nuestros viejos hicieron lo que pudieron ya que ellos también cargaban con una falta de amor.

Una vez que hagamos este laburo con el árbol genealógico, tengamos presente que es necesario bajarse de la dinámica del sistema en donde nos decimos que no hay tiempo para nada, ni siquiera para un beso. Lo hacemos involuntariamente porque una tarea se encadena con otra y, cuando nos quisimos dar cuenta, se acabó el día.

La velocidad de la película que tenemos adelante nos lleva puestos. Hagámonos cargo que tenemos el poder de parar la pelota y conectar con lo verdaderamente importante. Nos estaremos dando un regalo a nosotros y a ellos o ellas. El amor paterno y materno es el alimento esencial que no debe faltar.

Si conectamos con nuestro corazón con más frecuencia, les estaremos dando fortaleza. Un abrazo o un beso sentido les dará seguridad y hasta ayudará a sanarnos si es que no lo recibimos en nuestra infancia.

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