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Columnistas

La mentira

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¿A qué edad los niños comienzan a mentir? Según algunos estudios, a partir de los cuatro o cinco años. Y a medida que van creciendo, lo hacen con más frecuencia e inteligencia. Cuando descubrimos que no nos están diciendo la verdad, nos enojamos bajando línea acerca de la importancia de no mentir. ¿Pero nos preguntamos realmente de dónde lo aprendieron?

Si lo hiciéramos con sinceridad llegaríamos a la conclusión que de nosotros y el resto de los adultos vivimos mintiéndonos los unos a los otros para acomodar la realidad como queremos que sea. Manipulamos constantemente. Si nos proponemos estar atentos a cuántas mentiras nos decimos a nosotros y a quien se nos cruza durante un día, por ejemplo, nos asombraríamos del resultado. Ante este panorama, resulta muy hipócrita pretender que nuestros hijos e hijas no lo hagan.

¿Cómo accionamos entonces con la red de mentiras que nos atraviesan? Primero, hacernos cargo y empezar a trabajar en nosotros para no mentir. La mirada de nuestros hijos es una oportunidad para ir en busca de la impecabilidad. Difícil tarea cortar con un circuito que tiene años de funcionamiento. Pero el incentivo de no bajarle esta data a nuestras crías puede ser el motor que nos dé la energía necesaria para llevarlo a cabo.

¿Y por dónde arrancamos? Pretender de un día para el otro abandonar la mentira es un imposible. Pero sí me parece que es factible empezar por hacer el ejercicio de no mentir en el diálogo con nuestros hijos, simplemente estando a atentos a todo lo que les decimos. Que directamente no tenga lugar la falsedad en ese ida y vuelta. Y agregaría no mentir en presencia de ellos cuando nos estamos dirigiendo a otras personas. El impacto de ver a tu padre o madre hacerlo cala profundo en la psiquis. Vayamos para atrás en el tiempo y pensemos en las veces que nos mintieron nuestros viejos. Desde ese recuerdo podemos accionar para no dejar marcas negativas.

Más allá de no mentir en el vínculo con nuestros hijos e hijas, podemos aprovechar para extender este trabajo de autobservación a nuestra vida. Si mentimos es porque queremos manipular, y si queremos manipular es porque tenemos miedo. ¿A qué le tenemos miedo entonces? Es un punto de partida que nos puede ayudar a ir busca de decir verdades.

Por último, se me viene a la mente un recuerdo con mi hermano que tiene que ver con este tema. Mi viejo nos había inculcado el valor de la palabra y se ve que a ambos nos llegó profundo ese menaje. Entonces, cuando queríamos saber si el otro estaba diciendo realmente la verdad, la pregunta era: “¿Me das tu palabra?”. Y ahí no había otra que sincerarse. Ninguno de los dos se atrevía a romper ese acuerdo que duró por siempre.

Por eso, además de dar el ejemplo, hablar acerca del valor de las palabras también puede ayudar a que entiendan que la mentira no es el camino. Sin enojos, con comprensión. Pero también siendo firmes. Acechándonos para dar el ejemplo. Vale la pena. Hagamos con nuestros hijos lo que no hicieron con nosotros.