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Columnistas

Amigas de plaza

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Pasan los años y me sigue sorprendiendo una situación que se da en las plazas cuando voy con mi hija. El otro día volvió a ocurrir algo que he visto unas cuantas veces y me genera satisfacción.

Ella es muy sociable. Siempre está dispuesta a jugar con pares. Esto no quiere decir que encara constantemente a niñas para divertirse. La observo atentamente y siento que tiene un “radar de empatía”. Elige selectiva y naturalmente a quien se acerca. Y me resulta fascinante cuando estos vínculos esporádicos se dan en las plazas.

El otro día fuimos a la Plaza Arenales, en Devoto y sucedió una vez más. Una nena de 6 años se acercó intempestivamente a la hamaca en la que estábamos. Entraban dos. Pero lo hizo sin preguntar. De una. Con mi cabeza de adulto, me resultó un poco incómodo. Decidí observar y seguir hamacando. Enseguida comenzó un diálogo que terminó en una concatenación de juegos que duró algo así como una hora.

Todo fue perfecto. Ayudaban los muy buenos juegos de esa plaza que conspiraban para crear un sinfín de historias. Y así ambas se retroalimentaban en la zona más divina que existe: la de la diversión. Y lo maravilloso era que se habían conocido hacía pocos minutos. Me vino genial, porque teníamos que esperar hasta que empiece su clase de Capoeira y el “hacer tiempo" se convirtió en “pasarla genial” con un par.

Me resulta asombroso cómo dos seres pueden empatizar automáticamente sin nunca antes haberse visto. En mi mente lo comparo con la gente grande y no encuentro muchas situaciones similares. Hay, pero escasean. Mandarse a jugar a fondo con alguien que acabás de conocer casi que no existe. Encontrase en lo lúdico sin preguntarle al otro u otra dónde vive, a qué se dedica, si está en pareja, etc, etc, etc.  Te conozco y jugamos.

Este tipo de cruces entre seres humanos tan pequeños están cargados de una sabiduría profunda. Lo más parecido que encuentro en el mundo de los adultos es cuando falta uno para un picado de fútbol y se prende alguien que está a un costado y no es un conocido del grupo. 

También lo veo cuando voy solo a jugar al golf, un deporte que practico y me apasiona. En esos casos te ponen a jugar con alguien que se anotó en el mismo horario y que jamás viste en tu vida. Terminás pasando cuatro otras disfrutando de un juego maravilloso con un tipo que acabás de conocer. Y en el noventa y cinco por ciento de los casos la he pasado muy bien. Entrar en confianza desde ese lado es una gran oportunidad para aquellos a los que les cuesta relacionarse con desconocidos.

Pero volviendo a esto que les cuento que veo en las plazas, siento que es un ejemplo genial para que lo imiten los adultos. Que primero venga el juego y luego la charla sobre la vida de cada uno. Sería algo así como “menos opiniones y más creatividad”. Y si no sabemos bien cómo llevarlo a cabo, entonces miremos a nuestros hijos, aprendamos de ellos y simplemente juguemos.