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Columnistas

Un beso en la boca, al enemigo

Soldados - enemigo

¿Te das cuenta de que siempre estamos en guerra con alguien, como si ese estado constante, que por definición deja de ser un estado para convertirse en otra cosa, no sé, quizá en una condición, fuera una necesidad que tenemos de lucha, de torcer y empujar, esquivar y ganar como con una media verónica veloz, que a veces incluso la guerra es contra nosotros mismos, interna, como gritos que nos pegan desde lejos y que vemos la gesticulación, el movimiento, la desesperación, pero que también están plagadas de un silencio que nos aturde tanto como un perro que nos ladra rabioso, aunque no nos muerde?

¿De verdad, te das cuenta, o no? ¿Del desgaste, de la falta de coraje para admitir el dolor como si estuviéramos divididos de nosotros mismos, por la felicidad, como si atacarnos y machacarnos fuera la espada con la que nos amenazamos y, a la vez, con la que nos defendemos; te das cuenta del tiempo perdido, de los tics nerviosos, del malestar, de las ganas de romper todo y con todo, y salir corriendo, de que lo más doloroso de este mundo no son ni las guerras ni las enfermedades ni las pacientes y obligatorias esperas de todo aquello de lo que ya nos resignamos sino, en cambio, nosotros mismos? Y aparte es tan fácil: después, no demasiado, uno deconstruye el truco y rompe la magia; nos sacamos la venda de los ojos, con la venda nos tapamos la cicatriz y después buscamos, heridos pero acostumbrados, la caja dentro del baúl, lo mínimo: el espacio que queda entre el silencio y el nudo atragantado.

Es tan sádico, tan. ¿Te das cuenta? Empieza así: son las once y media de la noche y los chicos duermen, y suena suave y de fondo la serenata numero trece de Mozart, no porque me guste sino porque esa música me ayuda a concentrarme, y entonces ya no soy tan bueno para lo que hago y rompo lo que hice, y me rompo también un poco yo, y los violines me aceleran, y lo intento otra vez, y pienso que no será el día, aunque últimamente nunca viene siendo el día, y entonces el mes, no será el mes, y el problema de la mañana que todavía me da vueltas, las cosas que no te dije hace una semana y que me atormentan, y más, mucho más, y todo se organiza como biombos que se abren y muestran su potencial, su armamento que viene con granadas entre los dientes. Mozart.

El desafío, sabés, es subir la montaña. Pero de espaldas. Ahí está la clave, Andrés, ahí. De espaldas. Pero ¿Cómo hacerlo si el ruido es interno, si la prisa es propia, si todo eso es perenne como la hierba? Es mentira, todo es mentira. No deberíamos creer todo lo que pensamos, ni soltar todo eso que nos ataca, nos fatiga, y que también nos mantiene en pie. No. El sótano del cerebro es un lugar muy injusto. ¿Te das cuenta de que a veces no queda espacio siquiera para moverse, ni para estirar el cuello, y volver a respirar? ¿Por qué pienso todo esto?

Ayer me crucé con un pensamiento caracol descendiente. Era muy empinado, con los escalones angostos y trastabillé, caí demasiado rápido, demasiado, hasta el fondo. Me salteé una veintena de escalones, horas y horas de pensamientos trompada, de nudos sin desarrollo, de desenlaces fatales y bombas de tres dos uno bum. Justo ayer, si. Y después todo pasó. Te vi, sentí el olor de tu cuerpo, la forma en la que me oías y contestabas, esa manera tan tuya de hacer que la puerta de entrada no cierre la casa sino la armadura, y todo me pareció una estupidez. Todo. ¿Te das cuenta Andrés? El problema no es todo lo que pensamos, sino todo lo que dejamos de pensar. Como el papel malgastado en diarios y no en libros, como el pan para los que no tienen dientes, como darle un beso en la boca, al enemigo, y después abrazarlo.

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