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Columnistas

Entonces estás vivo

La montaña emana un silencio ensordecedor en medio de la noche clara, de estrellas y nubes blancas abrillantadas por la luz de la luna, y detrás del paisaje descubro una pintura. Siempre pasa lo mismo: la vida se parece demasiado al arte, y viceversa; descubro un sauce llorón, un ombú y una casa con techo a dos aguas, y al cerrar los ojos abandono mi lugar y me mudo a un óleo sobre cartón, a Florencio Molina Campos, y al abrirlos nuevamente soy Tiléforo Areco, ni más ni menos, y con mis dedos dibujo nubes con forma de las cosas más disparatadas. Es así: la belleza está en todas partes, pero solo podemos encontrarla en nosotros mismos; en lo que vemos, en cómo lo hacemos: donde unos ven oblación, otros recompensa. Cayó la tarde como una moneda en el agua, y con ella la rudimentaria tentación: atrapar el tiempo de la manera más mecánica y precaria; lo evalúo, lo considero, pero al final no lo hago porque me acuerdo de aquello que escribió Rodrigo Fresán: Lo verdaderamente inolvidable no merece ni necesita el auxilio de una foto para ser recordado.

A veces es difícil distinguir lo eterno. Un pensamiento se aplasta con otro, una decisión se esfuma con sus resultados, una mirada se tapa con un beso, la historia del mundo nunca es tan intrépida como la propia, y al final nos quedamos, con un poco de suerte y esmero, tan solo con recuerdos que se acumulan como gotas de lluvia en un balde abandonado en el medio del parque. Hermoso y peligroso silencio, estúpida y desordenada memoria, que es como un perro omiso: le tirás una pelota y te trae una rama. Intentar ordenarla es bastante parecido a romperla: existe cierta belleza en eso de ir a buscar pan y volver con trigo, es cierto, y entonces, necesariamente interpelo mentalmente la fractura que genera una foto, que despeja todas las dudas, y cuento en el aire cuántas veces ví este paisaje, cuantas veces creí haberlo visto, convencido de que era eso nomás, digo, eso ahí expresado en un rectángulo de doce por dieciocho centímetros, y en cuán peligroso es creer tan solo lo que uno ve, y en cuánto me habría perdido si no hubiera venido hasta acá para verlo con mis propios ojos. Quizá, después de todo,  por eso me siento así, grotesco y simpático, como Tiléforo Areco: porque aparezco y desaparezco, para finalmente tener mi propia historia.

La pampa es lo que vos quieras, la pampa es un poco nuestro amor, canta Tomi Lebrero. Entonces la pampa es todo, pienso mientras avanzo a más de ciento veinte kilómetros por hora cortando el aire y gastando las horas buscando respuestas en silencio, o haciendo preguntas. Cuando pienso demasiado logro olvidarme de todo. Y después, por cortos períodos de tiempo, aunque intensos, todo pasa a ser obstinada y bestialmente, relativo y ajeno. De quién es ese hijo, de quién esas manos, de quién eso que entra por los ojos, de quién los labios que acaban de ser aplastados contra otros, húmedos y finos, labios. De nadie, o no míos, o no necesariamente míos. Todo es así: sospechosamente distinto, sutilmente irreconocible y novedoso, alusivo y tramposo como un presagio que nadie podrá jamás corroborar, y entonces estoy vivo: descubro cada una de esas cosas como nuevas, como nuevas conquistas tras una pequeña, muda, y personal batalla que me llevó al mismo lugar de donde me había ido. ¿No es acaso ese el sentido de todo? Digo: huir al lugar correcto. Nada nos pertenece, absolutamente nada más que lo efímero de un sentimiento o un pensamiento. Para algunos será poco, no lo se, pero a la vez, como un crucigrama insoluble, es todo y ya. El que quiera creer lo contrario, hastiado de posesiones y mercancías y pedazos de cosas, y retazos de otras, finalmente descubrirá que, al igual que en un negocio inmobiliario, no importa demasiado el tamaño o la belleza, la calidad ni la cantidad, sino que únicamente, y al final del día, es la ubicación la que lo determina todo. Dónde estás, a dónde vas, dónde miras, qué ves, qué se esconde detrás. 

Todo Aquiles tiene su talón

Un árbol solitario con forma de ola rompiéndose se gana mi atención. A veces me pasa eso: continúo mentalmente lo estoico, y después logro ver la ola, ósea la copa del árbol, estrellándose contra el pasto verde; y sonrío. Es inevitable, mi mente no pide permiso. ¿Acaso alguna lo hace? Digo, ¿quién podría mirar un paisaje eterno y no preguntarse qué pasa ahí, justo allí, del otro lado del alambrado?