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Columnistas

Todo Aquiles tiene su talón

talón Aquiles

Mirando el incendio que él mismo había provocado, con las puntas de las llamas arañando el cielo, como trombas de calor evadiendo su propia construcción, y los bomberos combatiéndolo a capa y espada, sin titubeos ni medias tintas, el tiempo se detuvo. Fue un instante mínimo y ajustado entre la prisa y los gritos, entre el calor y el viento, y entonces lo descubrió; la realidad se le apareció de golpe, como si fuera un despertador insoportablemente ruidoso que penetró sin rodeos su mente hasta sustraerlo del ensueño precario en el que vivía: la vida, al final, era ese espacio que se generaba con puntillosa exactitud, entre el bombero y el fuego; todo lo demás era mentira.

La cara le ardía y se teñía de rojo al mismo tiempo que la sonrisa se ensanchaba. Los descubrimientos perforaban con necesaria imprevisibilidad la forma en la que había construido la vida para acarrearla hasta lugares más o menos aceptables y bellos, no sin aplomo y dudas, pero lugares allá adelante en fin. No era poca cosa. Era más bien, hasta ese entonces, la vida; lo que debía hacerse, la única manera razonable de continuar: hacia adelante. Pero entonces, y sobre todo: cómo vivir después de descubrir que nada importa demasiado, excepto cuán cerca del acantilado estés dispuesto a caminar, sin corromper esa distancia, y que bastaría cualquier alteración, la más mínima duda, o un simple error de cálculos para que todo se derrumbara con la misma dinámica que una moneda arrojada al aire cae, después de haber rebotado contra su punto máximo de subida. Lo mismo que el agua que se escurre de la nieve, para convertirse más tarde en lago.

Fue muy duro el desengaño, necesitó reconciliarse con la vida; entender que aunque algunos golpes efectivamente sirven para seguir, otros nos hacen olvidar por completo quiénes éramos. Entendió que tener los pies sobre la tierra no era una metáfora, sino una condena, y que desplumando los recuerdos se encontraría, ahora, con la incredulidad que lo había marcado todo; y que tendría que ser su propio verdugo. El fuego jamás cesó, o él imaginó que no lo hizo, y después se pasó años preguntándose si acaso existía alguna diferencia. Abrió su piel y descubrió que adentro sólo le crecían armisticios, y que no importaba demasiado el fuego, si no estaba dispuesto a jugar con él; que todo Aquiles tiene su talón, que la vida no se trata de provocar incendios, sino de hacer tripas corazón, que dentro del miedo no hay dónde esconderse, y que disparando al animal no mataría jamás a las moscas que lo rodean. Es así: a veces debemos tragar malas noticias como quien toma una decisión cualquiera; con cierta ignorancia, con absoluta liviandad.

Mirando el incendio que él mismo había provocado, se desarmó. Se quitó, con esmero y paciencia, miedo tras miedo, como quien vacía un vaso de agua tomándoselo, y al armarse nuevamente se descubrió siendo otro. La vida es un juego: si no es a cara o cruz, no vale demasiado la pena.

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