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Columnistas

Al final, no era el espanto

espanto

Antes de cerrar el libro marcó una página doblándole la punta superior, lo mismo que un rastro sobre el cual volver cuando los interrogantes lo acorralaran, para entonces partir de allí otra vez y dar comienzo, nuevamente, a la lucha cotidiana de buscarle respuestas al futuro y al presente. En esa foto en la que nadie sonríe ¿quién nos creerá que fue de una buena época?, preguntaba la letra impresa. Después miró por la ventana, con su cara hosca como siempre, y sonrió. Más vale una pena en el rostro, que la mancha en el corazón, citó en un susurro, excusándose. Por la ventana, a lo lejos, los edificios, los colectivos. El vidrio estaba tan limpio que le devolvía su propio reflejo y después, dependiendo de la luz, se hacía casi invisible y se desvanecía borrando la barrera que lo protegía súbitamente del mundo y sus desastres. Pero no era el vidrio lo importante, sino que cuando se hacía visible, la distancia se acrecentaba y se hacía palpable, y entonces se sentía preso y a salvo a la vez, y que además era su propio reflejo la mejor manera que había encontrado la vida para decírselo: vaya ironía. Miró su cara sin expresión, sus ojos verdes y grises mirándolo desde el otro lado, como una cabeza flotante y sin cuerpo, y después cerró los ojos sintiéndose abrazado por el silencio. No había murmullos, ni ruidos, ni nada más; los únicos gritos, reclamos y quejas, solo podían provenir de su interior, lo mismo que el sonido que emana la caja de una guitarra. Miró por la ventana y el campo que lo rodeaba ahora todo lo tranquilizó: parecía un nube en el cielo que cubre una sequía eterna. ¿Dónde está la vida?, pensó. Con sus manos acariciaba el libro. Divisó la biblioteca de su casa y los cientos de lomos todos diferentes, estoicos y disponibles. A veces se sentaba delante de ella y la miraba como quien observa una cascada inacabable, y después buscaba un libro, uno cualquiera, y lo agarraba y miraba las hojas dobladas y marcadas y las releía. Pero otras veces no; otras veces las evitaba como si fueran minas enterradas pero visibles, cosas peligrosas por ser, ni más ni menos, que tierra conocida; lugares a los que ya había ido, huellas de su propio camino.

Esto va a suceder mañana mismo, entre las cuatro y las cuatro y media de la tarde, cuando se dirija a su casa. Va a ser el último domingo del año, va a hacer calor. Después va a caer la noche, va a buscar algún libro nuevo, o uno leído hace ya muchos años y olvidado, que al final son la misma cosa, va a poner una canción de John Coltrane y va a esperar a que la noche llegue a su fin. Va a empezar un año nuevo con un vaso de vino en la mano, escuchando de fondo y tarareando, los mismos intervalos con los que amanece cada mañana. Se va a sentar en un sillón, se va a reír de todo lo que ha soñado y llorado, se va a entusiasmar y a pensar que quizá, al final del día, y al contrario de lo que intenta decirle la vida, no era el espanto lo que los unía. ¿A quién? ¿A qué? Pero no va a contestar. Las respuestas están pero no las quiere encontrar, se resiste; esa es la clave de toda vida: esperar a que lleguen solas. A los seres humanos nos hace falta más vocación de bomberos, va a arriesgar en una libreta. Cansado, después, harto de la caprichosa cotidianidad, va a tomar esa oración y va a escribir algo más. Mucho más. Va a intentar que lo condene la duda, que no se agoten las preguntas, que no se le confundan los inicios con los desenlaces. Y al final, cualquier día, quizá el dieciocho de enero, o el cinco de febrero, se va a mirar en su reflejo otra vez y va a pensar: al final, más que literatura, todo esto es una deforestación; y se va a reír como sólo se ríen quienes mirando el fuego, ven la quemadura y la cicatriz.

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