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Columnistas

Dame un abrazo y se me pasa

Se retira en silencio, silbando bajito, y después se aferra con uñas y dientes a su única esperanza personal que es, también, el único testigo de sus esfuerzos sobre humanos y urgentes por cruzar una meta imaginaria y escurridiza que se aleja y a la vez se acerca como un espejismo brillante que lo encandila y no le permite ver nada más.

Mientras camina solitario por la vereda con sombra piensa que quizá, después de todo, y pensándolo bien, sea mejor así: cada uno a su cosa, cada quien a izar las banderas con sus propios colores. Mira con recelo el pasado que se pinta en las paredes y en las palabras que aun resuenan en su cabeza aunque parecen antiguas y abstractas, e intenta volcarse a la prosopopeya como si ella fuera la única salida de emergencia disponible y sin candado. Al final, la culpa es un arte imposible de dominar, ósea el arte supremo, que logra hacernos sentir cosas que ni siquiera vemos.

A su alrededor el presente no se desvanece pero se descose, y después todo pende de un hilo
finísimo que no escatima en dolor y placer, en la antagonía de nacer o morir, de seguir o perecer
; así, como un espiral, lo mismo que una escalera que sirve a la vez para subir, y para descender. Lo sueños no envejecen, aunque pierdan color, y cuando volvemos a ellos siempre están ahí, con cierta vergüenza y estupor. No hay nada de malo en eso de buscar siempre una manera de huir, sospecha, aunque después descubramos que las verdaderas salidas son siempre hacia adentro. Pero a veces no hay mensaje en la botella. Hay que inventarlo, escribirlo, pensarlo mucho y después imaginarlo aún más. Recuerda un tango muy bello, y lo tararea, que lo define con exacta poesía, como un oxímoron: primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, y al fin andar sin pensamiento.

Con los sueños sucede algo similar, y él piensa en eso mientras camina por Buenos Aires y el viento lo despeina y las veredas lo inspiran. Cada paso es una fiesta, cada esquina un mundo nuevo, y al verlo caminar uno solo puede concluir: él mismo disfruta de su presencia. Shakespeare jamás leyó a Shakespeare, piensa ahora. Ningún lugar queda lo suficientemente lejos, sigue. Cualquier día puede ser le menos pensado, cita y sonríe. Sus ojos reconocen esa esquina de Carlos Calvo, pero él ve algo más, siempre algo más. Recuerda una frase que jamás le gustó, pero le viene a la mente igual que un accidente aleatorio: Un hombre es tan fiel como sus opciones, y tras el disgusto parafrasea mentalmente y corrige con Un hombre es tan fiel como sus ambiciones.


Qué armisticio personal: quiere recordarse vivo ahora mismo, sabiendo que cada vez que vuelva a pensarse o imaginarse, se encontrará con una nueva y mejorada versión de sí mismo. Cualquier cazador afina su puntería si sólo se dedica a intentar atrapar incansablemente en el paraíso, su propio retazo de porvenir; si en lugar de matar a las serpientes se dedica a dinamitar las riendas.
Fuera del mapa y del tiempo, perfeccionándose en el arte de perseguir. Tiene que armarse de
valentía, y despertarse. Esa es la parte más difícil de toda vida. Despertar.
Y a veces solo
necesitamos, y él también ahora, un abrazo para que se le pase todo, excepto los días, y después
sí poder enarbolar su bandera verde.

¿Quién dijo que lo que aún no ha sucedido no tiene también su historia? Retirarse a tiempo es de impacientes.