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Columnistas

Metallica en Arabia: la pata metalera de la revolución saudí

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El Ministerio de Interior de Arabia Saudita desarrolló en 2010 una aplicación llamada Absher. La app le permite a los ciudadanos del reino hacer determinados trámites, y hasta ahí todo normal. El problema es que tiene una función más: los hombres saudíes registran a las mujeres con las que viven para trackear su paradero todo el tiempo. También cargan determinados recorridos para ellas, y si se salen de las rutas que sus tutores les habilitaron, Absher les envía a sus hombres una notificación. Si una mujer usa su pasaporte en una frontera, el primer notificado es su marido o padre. La controversia llegó al CEO de Apple, Tim Cook, quien declaró que iban a “investigar” la aplicación para determinar si debía ser removida de la App Store. Esto fue en 2019; Absher sigue en la App Store.

Todo esto para decir: Metallica va a tocar en Arabia Saudita el 14 de diciembre, y es un acontecimiento histórico porque se trata del primer concierto de una banda de heavy metal en la historia de un país que, convengamos, no ha sabido llevarse muy bien con la “música del demonio” en el pasado. Pero ojo, a no confundirse: la apertura saudí a Occidente es una realidad (o mejor dicho, un plan en desarrollo) pero no hay que perder de vista que bajo la superficie siguen corriendo, acaso disfrazadas o disimuladas, las mismas costumbres barbáricas de siempre. Es decir: ok, toca Metallica, pero las esposas o hijas de los usuarios varones de Absher (la app registra casi cinco millones de descargas) solo van a poder ir a verlos si estos se lo permiten. Si van sin permiso del hombre: habrá represalia.

Hetfield, Ulrich, Hammett y Trujillo actuaron el 12 de noviembre en Detroit, Estados Unidos, y se suponía que daban por empezadas sus vacaciones, pero hubo cambio de planes: “No terminamos 2023 todavía, dado que surgió la increíble oportunidad de presentarnos en un gran festival en el que nunca habíamos tocado, en una parte del mundo que no visitamos. Estamos emocionados por anunciar que el jueves 14 de diciembre seremos la primera banda de hard rock en tocar en el Festival Soundstorm de @MDLBeast en Riad, Arabia Saudita”, dijeron en sus redes. Donde dice “oportunidad” léase “un container desbordante de petrodólares”, lo único que puede convencer a una megabanda de dar un show por fuera de su gira planeada en cualquier momento del año (recién tenían programado volver a los escenarios en Alemania en mayo). Don Dinero hizo de las suyas y así es como la M termina compartiendo cartel con Black Eyed Peas, Calvin Harris, H.E.R., Chris Brown, David Guetta, J Balvin y una parva de bandas, solistas y DJs que no tienen nada que ver con ellos.

No hay que ser muy avispado para darse cuenta de que en Arabia Saudita está pasando algo grande. La visita de Metallica se suma a otros hitos del entretenimiento y el deporte que pasaron o están por pasar, como por ejemplo el estallido de la liga de fútbol (con la contratación de Cristiano Ronaldo, Neymar, Benzema y, como DT del Al-Ittihad, el argentino Marcelo Gallardo) que coronará con la organización del Mundial 2034. También se metieron de lleno en el boxeo de pesos pesados: Riad, la capital saudí, fue sede de la victoria de Oleksandr Usyk sobre Anthony Joshua y de la de Tyson Fury sobre Francis Ngannou, y lo que sigue es un megaevento con Joshua (vs. Otto Wallin), Deontay Wilder (contra Joseph Parker) y Dmitry Bivol (enfrentando a Lyndon Arthur) a fines de diciembre y “la pelea del año” entre Usyk y Fury en febrero.

Esto responde a algo llamado Saudi Vision 2030, un programa gubernamental propulsado por el Príncipe y Primer Ministro Mohammed bin Salman en 2016, que busca diversificar los ingresos del país reduciendo su dependencia del petróleo e instalándolo como potencia con tres ejes:

  • Que sea una “sociedad vibrante”, en cultura, entretenimiento, turismo, deportes y otros ámbitos.
  • Que sea una economía pujante, con la incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo, competitividad internacional e inversión extranjera.
  • Que sea una nación ambiciosa, con ingresos por fuera de los hidrocarburos, eficacia y responsabilidad en los ámbitos gubernamentales, ONGs y voluntariado, etc.

Desde ese momento fueron relajándose algunas restricciones que imponía una ley férrea basada en el Corán (con las salvedades hechas en los primeros párrafos de este texto). Ni hablar del entretenimiento público, que directamente no existía: si uno entra a Setlist.fm, sitio que da cuenta de casi todos los conciertos que tienen lugar en el mundo, no hay absolutamente nada registrado en Arabia Saudita hasta 2017. Apenas seis años después, desembarca uno de los grupos más importantes de todos los tiempos.

“La escena musical de Arabia Saudita ha prosperado en las últimas dos décadas a puertas cerradas. La privacidad era una forma de protección en un país en el que los eventos de entretenimiento público estaban prohibidos. En 2016, con la creación de la Autoridad General de Entretenimiento, estos eventos privados se hicieron públicos”, dice -con una facilidad notable para el eufemismo- el site de MLB Beast, la productora detrás de la revolución musical saudí. El responsable principal es Ramadan Alharatani, CEO de la compañía, quien tuvo la visión de organizar un festival en 2019 la primera edición del festival Soundstorm para poner a Arabia en el mapa global de la inversión cultural, para luego extender la oferta con conferencias, sello discográfico y más. 

La puerta a la música de occidente se abrió en mayo de 2017 con el recital de un cantante de country muy poco conocido por fuera de las fronteras estadounidenses: Toby Keith (aclaración necesaria: Donald Trump, amigote del príncipe, estaba de visita por aquellas tierras). Al año siguiente ya andaban por ahí Black Eyed Peas, Enrique Iglesias, Jason Derulo, David Guetta y OneRepublic, todos en un mismo evento. Después fueron cayendo Bruno Mars, el pibe Bieber, Post Malone y una miríada de raperos y DJs. Y ahora llega el heavy, un género al que el Islam ha sabido combatir con especial crudeza (el historiador Mark LeVine da cuenta de metaleros encarcelados, incluso torturados, en países como Egipto e Irán en su libro Heavy Metal Islam de 2008) hasta que el poder supremo -la guita, desde ya- dio la orden de que siga siga, todo pelota. Pese a lo que pueda creerse, se trata de un festival bastante accesible: el pase para los tres días cuesta 92 euros (el abono para el Lollapalooza 2024 cuesta 138 en Preventa). Casi cualquiera podrá ir. Siempre y cuando sean extranjeros u hombres árabes, obviamente: las mujeres locales dependerán del Absher de sus esposos. 

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