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Columnistas

¿Hay un derecho a la ciudad de las mujeres? Algunas claves para pensar la actual crisis urbana desde una perspectiva de género

Ciudad mujeres
Por AAIHMEG |Almendra Aladro (UNMdP/AAHIMEG)

La pregunta sobre qué hacer con las ciudades recorre América Latina y el Caribe desde hace varias décadas. Esta región reúne la particularidad de ser la más urbanizada del mundo –se habla de dos tercios de la población habitando las ciudades y de un 80% que se asienta en zonas urbanas– y también la más desigual del planeta, ya que el 50% más pobre de sus habitantes se lleva el 10% de los ingresos, a la vez que el 10% más rico recibe el 55% de los mismos.

En el caso de Argentina, la pobreza urbana tiene cara de mujer. En los aglomerados urbanos de más de 500.000 habitantes este indicador aumentó en un 1,2% al primer trimestre de 2023 (INDEC), mientras que la feminización alcanza sus valores máximos al analizar las edades de mayor demanda productiva y reproductiva, esto es desde los 18 a los 64 años.

Una forma de pensar qué pasa en las ciudades y cómo sería deseable habitarlas es ubicarse desde el concepto de derecho a la ciudad desarrollado inicialmente por Henri Lefebvre a fines de la década del ‘60. Este sociólogo francés propuso desde el marxismo una nueva forma de investigar lo urbano con el objetivo de recuperar su valor de uso por sobre su valor de cambio a través de la apropiación creativa de la ciudad y su autogestión por parte de la clase trabajadora.

Puede decirse que para hablar del derecho a la ciudad de las mujeres hay que dar unos pasos hacia atrás, ya que este concepto –que funciona, a su vez, como programa político– fue pensado desde el androcentrismo de su época. Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya sostienen que “pretender entender el sistema capitalista en su conjunto mirando solo cómo se extrae el plusvalor, es como querer entender al ser humano mirando cómo late su corazón” y, si trasladamos esta observación al estudio del derecho a la ciudad, lo que vemos es un olvido de los procesos de reproducción de la fuerza de trabajo, pese a que la mayor parte de las actividades que la hacen posible ocurren en las ciudades. Pero vamos por partes.

La reproducción social implica todo aquello que posibilita la producción y reproducción cotidiana y generacional de la fuerza de trabajo para el capital. Esto incluye actividades como realizar las compras, cocinar, educarse, atender la salud, descansar, acceder a la cultura, entre otras. Si se intenta ver esto desde una perspectiva de género, es evidente que las mujeres se encuentran en una posición muy particular respecto de todas estas tareas, no sólo por su posición histórica en relación al cuidado de otras personas cercanas, sino por las áreas inserción laboral en las que ellas predominan.

Algunos datos que permiten ir formando una imagen al respecto de esto último indican que el 14% de las mujeres están empleadas en casas particulares – representando el 98,1% del universo de quienes se desempeñan en ese sector– y del total de ellas, el 40% está bajo alguna condición de informalidad laboral mientras que el 31% no tiene aportes jubilatorios. Además, el 69% de quienes realizan tareas domésticas son mujeres. Esto indica que para un derecho a la ciudad de las mujeres no alcanza con pensar solamente en la apropiación y en la autogestión de lo urbano, sino que el acceso es un paso previo que no está garantizado porque dentro de un plan emancipatorio para la clase trabajadora no puede ignorarse a las proletarias del hombre, como ya Marx definió la pauperización específica de las trabajadoras por su lugar en las relaciones familiares.

Reflexionar sobre la situación de las mujeres en las ciudades va más allá de describir su situación relativa, sino que permite que ver otros grupos poblacionales. En función de las tareas reproductivas que desde el inicio del capitalismo se les asignan a las mujeres, ellas se ocupan en abrumadora mayoría –con y sin salario– de personas con discapacidad, adultas y adultos mayores, niñas, niños y adolescentes, entre otras personas que requieren algún tipo de asistencia o cuidado. Entonces, indagar desde el punto de vista de las mujeres, habilita también el acceso a otras experiencias que no son las que se conocen habitualmente desde los paradigmas imperantes en la ciencia y, por lo tanto, hacer otras preguntas y formular otras respuestas para los desafíos que representan hoy las ciudades.

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