Martes, 28 de Mayo de 2024 Cielo claro 10.7 °C cielo claro
 
Lunes, 11 de Octubre de 2021 Cielo claro 10.7 °C cielo claro
 
Dólar BNA: $935
Dólar Blue: $1210
Columnistas

¿Quiénes temen a los estudios de género?

milei conicet
Por AAIHMEG |Natalia Casola (CONICET/UBA/UNTREF-AAIHMEG)

La reciente oleada de ataques públicos al CONICET y a quienes investigamos en ciencias sociales, en especial si abordamos cuestiones vinculadas con el género y la sexualidad, tuvo como punto de partida las declaraciones públicas realizadas por la fórmula ultraderechista de Milei-Villarruel a días de ganar las PASO. Casi inmediatamente los ataques se viralizaron e incluso se produjeron expresiones de odio callejero y amenazas contra algunos investigadores. No es raro que ocurra así. Las prácticas fascistas y odiantes comienzan siempre con un discurso que señala a un “otro” como peligroso. Una pedagogía de la crueldad que va creando las condiciones para una escalada de violencia cuyo techo siempre es desconocido. ¿Por qué quienes estudiamos cuestiones vinculadas al género conformaríamos un “otro”? Pienso que estas actitudes sociales constituyen un tema de reflexión en sí mismo. ¿Cómo interpretar el ensañamiento? ¿Qué nos dice sobre este momento específico de la sociedad? Vayamos por partes…

  • El tiempo es dinero

En primer lugar, estos ataques deben interpretarse a la luz de un sentido común que mide la producción científica con criterios de utilidad, cantidad y transferencia en bienes y servicios. Si bien se trata de una visión preexistente, en la actualidad, esta lógica se ve exacerbada por la reactualización de los discursos economicistas que colocan al mercado como organizador de las relaciones sociales. Así las cosas, la utilidad del conocimiento debería medirse por su capacidad para transformarse en mercancía y producir ganancia. Quizás por eso Milei llega al extremo (y al exabrupto) de confesar abiertamente que él directamente eliminaría el Conicet.

  • La tierra es plana y la luna de queso

En segundo lugar, estos ataques entroncan con un anti intelectualismo propio de la era de la “posverdad”, la táctica comunicativa de distorsión deliberada de la realidad para influir en la opinión pública. En nombre de la libertad de expresión y de las “verdades” individuales algunas ideas y hechos son relativizados, mientras otras deberían ser toleradas aún si son contrarias a los derechos democráticos. Llevado al CONICET se descalifican investigaciones sin ningún fundamento e incluso se las ridiculiza con el propósito de fortalecer una opinión pública negativa.

  • Piden pan, no les dan, piden queso les dan hueso

En tercer lugar, en el contexto de la tendencia mundial del capitalismo hacia una reconversión de la fuerza de trabajo hacia formas más flexibles y precarizadas, que en Argentina se agravan por la catástrofe económica y social, el financiamiento público en educación e investigación es visto como algo fuera de lugar. Una especie de privilegio extemporáneo, un lujo que la sociedad del ajuste no debería darse. La noción de derecho a tener derechos se esfuma ante un presente signado por la amenaza de una nueva reforma laboral y el arancelamiento de la educación. En este sentido, es inevitable evaluar los efectos que produce una democracia sin capacidad de generar inclusión a largo plazo. Sin embargo, achicar los presupuestos (ya magros) en educación e investigación requiere primero de la construcción de un consenso respecto de su ineficiencia o inutilidad.

Lo personal es político   

A pesar de todo, las ciencias sociales y los estudios de género han producido y producen un enorme impacto en la vida de las personas. Los seres humanos solo podemos darle significado a nuestra existencia cuando tenemos las palabras disponibles. En un ida y vuelta, los estudios de género y los activismos feministas y LGTTBQ+ abrieron una fisura en la forma en que las mujeres y los cuerpos disidentes a la heteronorma comenzaron a repensar sus vidas y las múltiples violencias que se ejercen sobre ellos. Pero también hicieron mella en los (cis)varones, aquellos cuya identidad de género y sexo asignado al nacer, coinciden. Hace tiempo que las masculinidades, así, en plural, comenzaron a ser analizadas en clave de mandatos que pesan, oprimen y violentan. Esta revolución silenciosa, no del todo admitida, promueve masculinidades más libres y mejor preparadas para entender el reclamo de las mujeres sin pensarlos como un ataque. La política pública ha recogido en parte esa demanda social con legislación y programas específicos. Las leyes de matrimonio igualitario, de identidad de género, la ley de aborto legal y más recientemente la ley de cupo laboral trans, son apenas puntales para el reconocimiento de formas de desigualdad que estructuran nuestra sociedad poniendo en jaque aquello de que todos somos iguales. La implementación de la Ley de Educación Sexual Integral (ESI) en las escuelas, aun con limitaciones, permite observar que las nuevas generaciones son más conscientes respecto de la importancia de respetar la diversidad, fomentar el autocuidado y el cuidado sobre otros. Desde luego, se trata de una generalización, no obstante, constatable con la realidad. 

Quienes investigamos con perspectiva de género buscamos herramientas que nos permitan comprender mejor cómo opera la diferencia sexual en distintos contextos. Por ejemplo, en la actualidad, la inflación, la precarización laboral y el nulo acceso a la vivienda propia impactan en mayor medida en los cuerpos femeninos. En la medida que el trabajo remunerado y el cuidado se vuelven incompatibles, cada vez más mujeres reversionan un modelo de domesticidad tradicional. El sistema las expulsa del mercado de trabajo formal y las fuerza a volcarse a otras formas de trabajo precario más compatibles con la maternidad. Siguiendo con el mismo ejemplo, no es casual que vuelvan a ganar audibilidad discursos que exaltan a la familia tradicional como núcleo de organización social. En momentos donde algunos de los principales candidatos presidenciables proponen un retiro del Estado, la privatización del cuidado, sobre todo de las ancianidades y de las infancias, parece la mejor respuesta. Quizás por eso el liberalismo del siglo XXI puede afirmar que los estudios de género y la ciencia en general son prescindibles. Desde luego, el estudio de los fenómenos no es condición suficiente para revertirlos, pero ayuda a contar con información que permite ponderar hacia dónde se proyecta la sociedad y planificar en una dirección determinada. Es esa dirección la que está en cuestión, a eso le temen.

Foto creador: Ilan Berkenwald

Está pasando