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Columnistas

La no propuesta

propuesta

Una o dos veces por semana me toca quedarme con mi hija las veinticuatro horas. Son las ocasiones en las que no va al colegio y tengo que cuidarla. Ya los días previos, teniendo en cuenta que pasaremos mucho tiempo juntos, comienzo a pensar alguna salida o un encuentro con amiguitas. Y hasta hace un tiempo, la posibilidad de estar solos los dos todas esas horas, no entraba en mi consideración.

Últimamente e incluido esta opción de no organizar nada para pasar con ella trece o catorce horas juntos sin otra compañía. No me es algo ajeno, lo he hecho, pero no lo venía teniendo en cuenta como uno de los mejores planes. En mi mente, que esté en un lugar divertido en donde también haya otras personas o que vaya a la casa de una amiga a jugar, eran opciones prioritarias.

Pero como decía, estuve incluyendo el hecho de pasar solos un día entero como una linda posibilidad de conectar con ella. Y luego de ponerlo en práctica en unas cuantas oportunidades, puedo decir que lo recomiendo por varias razones.

Una de las cuestiones que me provocaban pereza, era tener que inventar actividades para entretenernos. He notado que no es necesario. Es más, resulta interesante no programar nada para que desde ese vacío y en el momento presente surja la creatividad. Y así, la propuesta de juego vendrá de parte del niño o la niña. Acompañar esa iniciativa lúdica también es un desafío, porque nos van a decir lo que quieren hacer y lo que tenemos que hacer en esa historia o actividad que se les ocurrió. Y ahí nos podemos encontrar con que nos aburrimos y nos da “paja”. Pero si vencemos este concepto que aparece en nuestra mente de forma automática y simplemente nos sumergimos en lo que se les ocurrió estando atentos, disfrutaremos de la maravillosa inventiva que tienen y entraremos en un espacio con mucha magia.

Por supuesto que el contexto ayudará. No es lo mismo estar encerrado en un departamento todo el día, que aprovechar el sinfín de opciones creativas que surgen del juego en la naturaleza. Salir a un parque o estar en una quinta sumará y mucho. Pero vuelvo a la idea de estar solos. Desde ahí, podremos tener una intimidad con nuestros hijos que en la semana no suele darse. Sin horarios, sin ir a ningún lado, sin tener que pensar en algo para entretenerlos. Que la diversión surja de la no propuesta. Y también que estén esos espacios de silencio y de no juego tan necesarios.

Seguir más que proponer implica cambiar el chip que tenemos instalado. Y si lo hacemos, nos va a sacar el peso de tener que diagramar el día. Porque cuando lo hacemos estamos cayendo en el famoso “control” que nos da seguridad. Si la llevamos a lo de una amiga y luego vamos a un museo y más tarde a lo de los tíos, por poner un ejemplo, tendremos todo resuelto. ¿Pero qué pasa si nos despojamos de la estructura y liberamos las horas? Por mi reciente experiencia les puedo decir que vale la pena. No solo por los juegos que aparezcan sino también por una mayor profundidad en la charla y en el vínculo con nuestros hijos.