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Columnistas

Atrapados por el celular

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Estoy observando la clase de Capoeira de mi hija. Junto a tres padres y dos madres más. Nos ubicamos sentados en unos largos e incómodos bancos. Mientras nuestros niños y niñas hacen unas tremendas acrobacias, absolutamente todos miramos los celulares. Cuando levanto la cabeza y observo lo que sucede, lo meto en mi bolsillo y no lo agarro más hasta que termina a clase. Y ahí disfruto con las maravillas que hace mi hija. Pero el resto continúa en la misma posición encorvada mirando una pantallita durante una hora. Yo me di cuenta de esto porque últimamente estoy pasando por un período de autobservación, pero una vieja y reciente versión mía podría haber caído en la misma que el resto.

Durante todo ese tiempo, estuve viendo detenidamente aquella imagen que me resultaba chocante. Padres y madres literalmente atrapados por el celular perdiéndose un momento hermoso en donde sus niños y niñas desplegaban su destreza física en una mezcla de lucha y danza. Se me ocurrió mirar de costado y con disimulo qué era lo que había en las pantallas que los tenía hipnotizados. Una madre jugaba al Candy Crush, otro contestaba un montón de mensajes de Whatsapp a la vez, otra miraba unas ollas en Mercado Libre y el resto no pude ver porque me tenía que parar, pero apuesto a que era la nada misma. Y no lo digo desde un pedestal juzgándolos, porque también caigo en esa dinámica una y otra vez. Así que también me incluyo.

Como dije, desde hace unos meses estoy haciendo un trabajo de autobservación en un grupo de estudio guiado por mi amigo Nagendra, y esto me permitió y me permite salir de ese yo ansioso que saca su teléfono de forma automática y mira la pantalla buscando vaya uno a saber qué. Seguramente es algo que puede esperar e incluso que no tiene ni la menor utilidad e importancia. Responde a un alimento chatarra que pide un ego voraz que solo quiere mantenerse “entretenido”. Y la excusa que ponemos nosotros mismos justificándonos es que estamos trabajando o teniendo un momento de esparcimiento. Y mientras esto sucede nos perdemos situaciones realmente sagradas, como observar el estado de juego en el que están nuestros hijos e hijas o responder preguntas que nos hacen y que no son contestadas con la debida atención porque estamos absorbidos por una pantallita. ¿Cuántas veces nos hablan y tenemos la cabeza en otro lado? Si cada uno hiciera el ejercicio de estar enfocados en esto, seguramente dejaríamos el hábito del celular para volver al presente.

Desarticular a este yo que está poseído por el teléfono lleva tiempo y trabajo. Quienes tenemos hijos o hijas contamos con un muy buen incentivo para abandonar esa costumbre. La acción es muy sencilla, pero requiere de hacernos una marca personal que dure todo el día. Es mirarnos desde afuera y preguntarnos cada vez que agarramos el celular si vale la pena. En esa evaluación ganará en el noventa por ciento de los casos, por un tirar un número, el hecho de que escuchar y mirar a nuestros hijos tiene realmente importancia y el aparatito no.

Si lo hacemos durante un buen tiempo, lo que ocurrirá es que ese yo nocivo irá perdiendo peso haciendo lugar para el yo que conecta con sus hijos. A ese yo ansioso no le va a gustar y querrá tomar el control, pero la llave para quitarle poder está en la recompensa emocional de no perdernos el crecimiento y la interacción con nuestras criaturas. Es cuestión de ser constantes para que se instale un hábito saludable para nuestro ser. Vale la pena.

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