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Cultura & Espectáculos

La mentira es una forma de talento

El cartel acusa en letras azules que si usted cree que la educación es cara, entonces debería probar con la ignorancia. Dada su ubicación uno podría pensar que no se trata más que de una, cuando menos, agresiva estrategia de marketing: a su alrededor un sin fin de estanterías atestadas de libros completan la antigua librería del barrio; aunque eso no quita la veracidad del aforismo: todos somos hijos del rigor y padres de nuestras propias desilusiones.

Entonces, uno se detiene frente a esos millares de obras, mira de notorio refilón el cartel acusador y dice al pasar, como quien habla del calor en pleno verano, algo así como que existe en la estupidez una gravedad que, mejor orientada, podría multiplicar el número de obras maestras. El librero se da por aludido, apoya el cigarrillo en el canto del mostrador, se sonríe mientras se acaricia la barba blanca, y retruca: eso también es cierto, dice, aunque más ambicioso.

Después uno le devuelve el favor y la cofradía diciéndole algo así como que encima eso nunca cambia: el ambicioso siempre recibe menos de lo que le das y, acto seguido, y sin pedir permiso, uno se encamina hacia el sector de novelas, más específicamente de autores en español, aún más específicamente a los escritores con la inicial eme en su apellido. Y allí, como si no supiera quién es ese tal Javier, uno toma un ejemplar, lo hojea, y dice algo así como: es cada vez más raro que la gente escriba estas cosas y más raro aún que otra tanta gente las lea, si son mentira, cosas que sabemos que nunca sucedieron, a conciencia de que en el mundo pasan muchas cosas verdaderas que ignoramos y seguiremos ignorando mientras ocupemos nuestros ojos en oraciones y párrafos que son puras invenciones.

El librero, vendedor y piola, apoya su codo sobre el mostrador y se queja falsamente: vea usted, dice sin tutearnos, claro, es un mal que acongoja a la humanidad desde 1605, algo inexplicable, dice, aunque toda mentira tiene su pequeño instante de ser creída, agrega: y ésa es una forma de talento inapelable y digna de ser consumida. Por suerte para usted, piensa uno aunque no lo dice, si no estaría viviendo de vender gallinas deshuesadas o huevos, el que sea que salga primero.

Pero en cambio, siguiendo el juego, uno dice: no sea ingrato, que la ingratitud es la hija de la soberbia, y entonces el librero chasquea la lengua y golpea, en simultáneo, los nudillos contra la madera del mostrador. Si son todos unos farsantes, dice el librero, ¿dónde me deja eso a mi? ¿Soy un dealer de falacias; un mercader de embaucadores profesionales? Uno sonríe como afirmando pero no lo hace, aunque sabe que hay algo de verdad en sus preguntas.

Después uno vuelve al ataque por el arte de molestar o de perder el tiempo una tarde de junio y dice: el problema con la educación es que para el que la tiene es todo, y para el que no, mucho más. El librero nos caza al vuelo, sabe que uno está parafraseando, que uno es experto en eso de atar cabos entre diletantes y que la está jugando de intelectual aunque en ese juego sombrío y escurridizo también le estamos diciendo que sabemos de qué hablamos, y que el que primero que trastabille perderá no sólo la batalla sino también la guerra: ¿qué sería de nuestras tragedias si un insecto nos presentara las suyas?, arriesga uno con desdén y el librero afirma con movimientos verticales, sin esbozar palabra alguna.

Lo bueno de tener una librería es tener todo a disposición, se confiesa él como si esa frase fuera una bandera blanca, y lo malo, prosigue, es que leer en demasía, en esos casos, sólo puede significar una cosa. Y uno sonríe: una desgracia con suerte, responde uno, y hasta ahí, sugiere el otro y agrega: podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, excepto hasta dónde somos capaces de caer. Y ambos reímos como si ése fuera un chiste interno ente dos personas que sólo se conocen por las cosas que saben jamás leerán, o citarán. Lo cual no es poco.

Si usted cree que la educación es cara, dice uno entonces, póngase una librería en este siglo. Y el librero sonríe, se ríe, y después se tienta: reírse de las desgracias del pasado es un lujo que solo los sobrevivientes se pueden dar. Entonces uno encara la salida con las manos en los bolsillos.

¿No va a llevar nada? Pregunta sorprendido el librero. Ya lo hice, contesta uno desde la vereda, me llevo la distorsión de todo lo que hemos hablado, para mi próxima columna literaria. Aunque eso, claro está, pensará el librero, aún no sirve de moneda de intercambio.

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