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Columnistas

El lugar a donde van a morir las palabras

lenguaje inclusivo

El escritor subió al escenario y todos lo aplaudieron. Se paró detrás del atril, tomó un trago de agua, acercó el micrófono a su boca. Sacó de su bolsillo una hoja de papel, la desplegó y se acomodó los anteojos. Era el año 2013, en Madrid, y se celebraba el tricentenario de la institución; afuera llovía y hacía calor. Empezó su discurso.

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes”, escribió Julio Cortázar en el capítulo sesenta y ocho de Rayuela, una de las novelas centrales de la literatura Argentina y del boom latinoamericano. Podría citar, también, Jabberwocky, de Lewis Carroll, pero supongo que sería perder el tiempo. Es verdad que me gustaría verlos espantados ante alguna de las más de las setecientas palabras de las que se le adjudican invención a William Shakespeare, pero mi intención no es que corran, sino que se detengan a pensar.

Julio Verne también lo hizo, en su viaje submarino. J.R.R Tolkien también y fue, también, memorable. El lunfardo, bueno, cuánto ha dado a nuestra cultura ese dialecto de ladrones y marginales, como ustedes y muchos supieron catalogarlo. Hoy cualquiera se levanta a la matina, vuelve del laburo y se fuma un pucho, compra pilcha, chamuya. El mundo cambia y siempre lo ha hecho. Las transformaciones son necesarias. Por belleza o necesidad, por exigencias o deseos.

Y es que, deben saberlo: lo que no cambia acaba convirtiéndose en una mentira. O acaso alguno de ustedes al regresar a su casa dice “¿Cómo está usted María, qué acontecimientos le han ocurrido durante mi ausencia laboral en la morada en la que residimos?” Nadie. Por todo eso, o mejor, con todo esto, intento comprender la enorme molestia y el categórico rechazo que genera que algunos decidan cambiar una letra de una palabra.

Pocos entendieron a Cortázar y su lenguaje gíglico, pero seguramente todos comprendan si yo les digo: Todes ustedes están mal. - El auditorio parecía un funeral, el silencio era ensordecedor, y sólo se oían sus palabras que salían de los audio parlantes y hacían eco. Tomó otro trago de agua, se acomodó el pelo, continuó. Pero no están mal por no utilizar la letra E sino por juzgarlo, intentado ser la policía del idioma, y por ir en contra de una de las cosas más maravillosas que existen, sino la única, que es la libertad.

La escritora española Luna Miguel dijo: “Si somos artistas, pues reventemos el lenguaje todo lo que podamos” y, ante tamaña definición, una mujer le suplicó y exigió que, al menos, sea comprensible. Si, contestó ella, pero ¿cuántas cosas que están super bien escritas son ininteligibles? Y, después, sonrió. Lo que Luna Miguel tiene muy en claro es que la comprensión de un texto no es responsabilidad de quien lo escribe, sino de quien lo lee. Y que, sobre todo, ese no es un parámetro valedero para evaluar una obra.

¿Cuántos de ustedes son capaces de comprender a Jacobo Fijman o a Jorge Luis Borges, James Joyce, José Lezama Lima, y tantos otros, de buenas y primeras? Romper los estandartes, crear, explayarse, volar y volver al papel para representarlo está más allá de lo que ciertas personas puedan esperar o exigir. En la literatura es como en el amor: lo que uno espera del otro, al primero no lo concierne.

Y es que lo importante no son, necesariamente, las palabras o la complejidad de un texto, sino la forma de pensar. Más que el idioma, lo que debe cambiar es el discurso. Allí radica el cambio y la política pero, ciertamente, de algún modo debe comenzar. La Ees la chispa que inicia el fuego y el idioma no es un retazo de nieve sin pisar, ni debe serlo; ya todos deberían saberlo. El idioma no es el edén, sino tierras extrañas. El diccionario acaba siendo el lugar a donde van a morir las palabras, no donde nacen; eso también es innegable, mal le pese. Lo entiendo y es evidente: lo que molesta, lo que les molesta a muchos, es la libertad. En el sexo, en el pensamiento, en el pensamiento político, en el idioma, en lo que sea: les molesta la libertad y todo lo que intente respaldarla; aunque sea, incluso, una pequeñísima letra.

Nadie lo aplaudió de la vergüenza que sintieron.

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