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Columnistas

Ética para Amador

amador

Amador es un tipo rudo. Es muy común verlo por las veredas del barrio sin remera, sudado, yirando, con su barba larga y la transpiración cayéndole por el cuerpo. Le gusta ser un tipo rudo. No te mira cuando te habla, insulta con desdén, mal trata al kiosquero del barrio cuando le pide un atado de Parisiennes negros. Amador reniega, escupe la vereda, camina apurado. Llega a su casa y no saluda: hace de cuenta que vive solo. Pero Amador vive con su esposa e hija. Cuando se sientan a la mesa no habla; solo mira el plato y come. Bebe vino y se limpia con la mano las gotas que le quedan colgando del bigote. Amador termina de cenar y su esposa y su hija levantan la mesa, preparan café, le sirven. Él no dice nada. No hace falta.

Es gordo, alto, camina con los pies abiertos como un pingüino, le gusta mirar televisión. Cuando llega al trabajo le dice a la recepcionista que es un caramelito. La recepcionista no responde y Amador piensa que es una histérica. Entra a su cubículo, se sirve un café, fuma, aunque está prohibido. Amador es contador. Es metódico. Organizado. Cuando alguien de la oficina se equivoca, él le da una cachetada en la parte trasera de la cabeza. Y se ríe. Nadie más se ríe. Amador no es el jefe, pero quiere ser el jefe. Amador sale de trabajar, sube a su auto, vuelve a su casa y lo espera su mujer.

Así le dice él: “mujer”. A secas, con desprecio. “Hola mujer, ¿qué haces mujer? ¿pero sos tarada mujer?”. Así habla Amador: “Mujer, anda a comprarme cigarros. Mujer, ¿a qué hora está la comida? Mujer, quiero coger”. Y la mujer va, cocina, coge. La hija se llama Clara; él eligió el nombre. Pero no le cambió los pañales, no la llevó al colegio, no se acostó a contarle un cuento. Nunca. Amador dice que es un hombre y que los hombres no hacen esas cosas.

Amador no sabe prender el horno. No sabe usar el lavarropas. Amador ignora que en su casa se pasa el trapo para que el piso huela bien. Ignora que la nicotina de sus cigarrillos ha teñido las paredes de amarillo. Nadie se lo dice. Mujer no se lo dice. Amador insulta. Le gustan las palabras “Tarado”, “imbécil”, “pelotudo”. Amador le dijo al jardinero que era un pelotudo, porque el hombre dejó el pasto muy corto. El jardinero nunca volvió: mujer corta el pasto. Amador le dijo a la mucama que era una imbécil porque le manchó su remera con lavandina. La mucama no volvió: mujer lava. Amador está convencido de que son todos unos tarados, imbéciles, pelotudos.

Amador está empezando a crispar los pelos del lector. Hace rato. ¿No? Pero a Amador no le importa. A Amador no le importa nada; sólo le importa Amador. Su hija lee un libro, él se ríe de su hija. El libro es Ética para Amador, de Fernando Savater, pero su hija no liga la ironía; él menos. Amador coimea policías, se va de putas, no avisa a qué hora vuelve, no lava los platos, no ordena su ropa. Amador se describe como autosuficiente. Amador miente en su currículum, hizo un juicio contra una empresa que no le debía nada, y lo ganó. Le gusta el café con mucha azúcar, la carne jugosa, odia el té. Amador murió una tarde mientras su mujer cocinaba; se desplomó sobre la alfombra del living y dejó de respirar. “Se puede vivir de muchos modos, pero hay modos que no dejan vivir”, susurró su esposa cuando lo descubrió. Después se sentó y encendió el primer cigarrillo de su vida y sonrió. Nadie nunca jamás recordará a Amador.