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Política

Decir que no a la OTAN

OTAN
Por Gustavo Ulisse |Dirigente político

En un reciente encuentro, que tuvo lugar el pasado 18 de abril, entre el ministro de defensa de la República Argentina Luis Petri y el secretario general adjunto de la organización del tratado del Atlántico Norte (conocida con su sigla OTAN), el señor Mircea Geoana, el ministro Petri declaró "Seguiremos trabajando en recuperar vínculos que permitan modernizar y capacitar a nuestras fuerzas al estándar de la OTAN", a lo que el secretario adjunto respondía que “Agradezco la solicitud de hoy de explorar la posibilidad de convertirse en socio de la OTAN. Esta alianza trabaja con una variedad de países de todo el mundo para promover la paz y la estabilidad. Una cooperación política y práctica más estrecha podría beneficiarnos a ambos”.

Se trata de radicalizar y tornar mucho más comprometida una relación que ya había planteado el presidente Carlos Saúl Menen en su primera administración, cuando el entonces canciller Guido Di Tella sostuvo “Nosotros queremos pertenecer al Club de Occidente. Yo quiero tener una relación cordial con los Estados Unidos y no queremos un amor platónico. Nosotros queremos un amor carnal con Estados Unidos. Nos interesa, porque podemos sacar un beneficio”.

Esa declaración inicial culminó cuando el 10/11/1997 el Congreso de los Estados Unidos refrendó la decisión del Poder Ejecutivo estadounidense de aceptar a la República Argentina como aliado extra-OTAN.  En esa ocasión, el gobierno del doctor Menem presentó esto como un acto meramente simbólico que no implicaba compromiso alguno para el país, y que básicamente daba acceso a fondos en condiciones preferenciales para el mantenimiento y modernización de las fuerzas armadas y actividades análogas. En esa dirección, la ley estadounidense fijaba una serie de beneficios y restricciones que tenía el estatus de Aliado extra de la alianza atlántica.

Pero en su momento los motivos que tenía la República Argentina para buscar esta Alianza, no eran los motivos que dieron origen a la OTAN, ni los motivos que tenían los países que recientemente habían abandonado el bloque soviético, en el caso argentino la idea era sobreactuar una integración con Occidente eligiendo lo que se consideraba una de sus organizaciones más representativas.

Pero la OTAN no es una organización representativa de nada llamado Occidente, la OTAN nació en el tratado del Atlántico Norte que se firmó en Washington capital de los Estados Unidos de América, el 4 de abril de 1949, como un sistema de defensa mutua y colectiva de las naciones europeas, contra el estado de cosas que surgió en Europa luego de la Segunda Guerra Mundial, durante la conferencia de Potsdam que tuvo lugar entre julio y agosto de 1945, y que estableció las líneas geográficas y políticas de la Europa de posguerra. Y en ese ámbito la OTAN se planteó como una alianza defensiva contra una nebulosa y vaga amenaza de bloque europeo oriental, que en rigor se constituye como tratado de mutua defensa recién en mayo a 1955 cuando se establece el llamado Pacto de Varsovia o Tratado de Amistad Cooperación y Asistencia Mutua de las naciones del este europeo.

Es decir, la OTAN nace bajo el paraguas de ser una organización defensiva pero que, en algún modo, no declarado en sus documentos fundacionales, va a operar como una organización ofensiva, es decir no solo garantizaría la seguridad mutua de sus miembros, sino los intereses mutuos de la colectividad de naciones europeas.

Y esto ocurrió en el conjunto de guerras yugoslavas, que tuvieron lugar entre el año 1991 y 2001, y que culminaron con el desmembramiento de la República Socialista Federal de Yugoslavia, o con la intervención de fuerzas de la OTAN en la primera Guerra Civil Libia del año 2011 que culminó con el asesinato del presidente libio Muammar Gaddafi, y con la destrucción del poder estatal libio, dejándolo al borde de ser un estado fallido. Y luego del atentado en las Torres Gemelas, tropas de la OTAN operaron en el Emirato Islámico de Afganistán, y también colaboraron con la invasión estadounidense a Irak, bajo el manto de una misión de entrenamiento de la OTAN en Irak (más conocida por su nombre en inglés NATO Training Mission-Iraq o NTM-I), creada en el año 2004.

La serie de acontecimientos que siguieron a la llamada caída de la cortina de hierro, que culminó el 12/03/1999, cuando los países que habían sido miembros del Pacto de Varsovia entraron en la OTAN; todo ello señala la transformación de esta organización en una organización ofensiva de carácter global, lo que culmina en la conferencia de Madrid del año 2022, la primera actividad en la que participan autoridades políticas y militares de naciones de la región Indo-Pacífico, lo que da lugar a una creciente proyección global de esta organización. 

En este cuadro de situación, la Argentina no sólo quiere reafirmar aquella asociación extra alianza que planteó la administración del presidente Carlos Saúl Menem, sino que ahora se plantea la integración total en una alianza que en primer lugar perdió todo sentido histórico al desaparecer su antagonista, y en segundo lugar comienza a operar como una alianza ofensiva que intenta defender los intereses de las naciones europeas y Estados Unidos de América en su dimensión planetaria.

Y esto puede tener consecuencias sin precedentes para la República Argentina, la mínima es desenganchar cualquier posibilidad de que nuestra política nacional de defensa pueda vincularse con una política industrial nacional, con el desarrollo de tecnología y de producción nacional, porque la integración en la OTAN obliga a una estandarización del armamento con aquel que fabrica y vende los Estados Unidos de América. Pero esta consecuencia es la menos importante. Más grave aún es que pone a la Argentina en línea de conflicto directa con otros bloques que intentan romper la visión unilateral del poder que tiene los Estados Unidos, es decir que subordinarnos a la OTAN supone renunciar a cualquier posibilidad de una política proactiva en un mundo multilateral.

Y más grave aún es que lesiona nuestra posibilidad de negociar por nuestros derechos inalienables en las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, porque nos obligaría a una alianza prácticamente incondicional con Gran Bretaña, qué es nuestro antagonista principal en esta cuestión. Y, por último, pone a la Argentina bajo la posibilidad, remota pero real, de un ataque nuclear en caso de que escale un conflicto entre la OTAN y algún otro bloque de poder en el mundo y este derive en una guerra catastrófica.

Y así como que la alianza que tuvo la Argentina durante la administración del presidente Carlos Saúl Menem, no redundó en ningún beneficio objetivo de ninguna clase para nuestro país, este proyecto de alianza tampoco nos brindaría ningún beneficio, más allá de reforzar los gestos de subordinación cada vez más desembozados y sin límite de nuestra política exterior nacional a la política exterior y los intereses de los Estados Unidos de América.

Es importante que los partidos representados en el Congreso Nacional, las provincias y las organizaciones sociales manifiesten el más vigoroso rechazo a cualquier alianza con ninguna estructura de mutua defensa –que en rigor es una estructura ofensiva- que no redunde ningún beneficio concreto para la nación argentina, y que el gobierno de La Libertad Avanza se esmera tanto en profundizar. Esta política de estado retira a la Argentina de su histórica postura de neutralidad, y nos deja librado a la decisión de la OTAN, quiénes serán sus nuevos enemigos, y cuándo declararles la guerra.

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