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Columnistas

Pequeños grandes maestros de la confianza

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Ahora que arranca la temporada de pileta y observo con asombro cómo mi hija nada como un pececito, se me viene el recuerdo del día que aprendió a nadar. Creo que, junto con andar en bicicleta, son enseñanzas que los padres esperamos con ansias porque sabemos que se les abren dos mágicos mundos. Y en ambos casos, Nina incorporó los conocimientos para hacerlo de la misma manera: por imitación.

Primero fue la natación. Contar con una pileta en mi casa facilitó las cosas, pero llevó su tiempo hasta que se largó sola de una manera inesperada. El gran paso inicial consistía en sumergir la cabeza bajo el agua. Aguantar la respiración en ese momento parecía un escollo difícil de superar. Recuerdo haberme puesto el traje de maestro sin encontrar los resultados esperados. Quería transmitirle que, si hundía la cabeza, instintivamente no iba a respirar ni a tragar agua, pero no se animaba. No había forma de sortear esa barrera que cada vez se hacía más grande. Se necesitaba algo que resulta clave para enfrentar los desafíos que trae la vida: confianza. Y yo no lograba transmitírsela.

Así fue pasando una temporada sin los resultados esperados. Lo mismo al comienzo del año siguiente. Si bien mi hija tenía apenas cuatro años, quería que ya disfrutara de la increíble sensación que produce desplazarse bajo el agua. Hasta que lo aprendió aquel verano. Habían venido a piletear dos amiguitas de su misma edad. Ambas buceaban y metían algunas brazaditas para desplazarse. Estaban llenas de confianza y lo transmitían en vivo directo, ante la mirada de mi hija. Y ella, al ver que alguien de su edad y de su misma contextura física podía sumergirse sin tragar agua, se mandó. De una, sin previo aviso. Con el shot de confianza que le habían infundido sus pares. Porque una cosa era que se lo diga un adulto y otra muy distinta era verlo en la práctica realizado por alguien similar a ella.

Luego de esa primera zambullida nada fue igual en su relación con la pileta y el agua. Ahora nadaba, se movía con destreza y ese gran miedo de tragar agua había desaparecido. Y la maestra había sido una niña de cuatro años que no había intentado bajar información alguna. Simplemente había nadado mostrándole que era posible hacerlo a esa edad.

Lo mismo sucedió poco tiempo después con otro gran aprendizaje: dejar las rueditas de la bicicleta para entrar en el maravilloso mundo del equilibrio. Fue en una plaza, en un cumpleaños de una compañerita. Muchos habían llevados sus bicis y Nina, al ver cómo un amigo se mandaba con gran seguridad a pedalear por los caminos, hizo lo mismo. Se mandó. Y no se cayó. Aprendizaje profundo en un instante fugaz, de un momento a otro. Atrás habían quedado largas jornadas de sostener el asiento con la mano mientras corría a su lado para que no se caiga.

Todo más simple de lo que mi cabeza creía. Enseñanzas que finalmente no llegaron de la mano de un adulto. Vinieron de Bruni y Juaqui, una niña de cuatro años y otro de cinco: dos grandes pequeños maestros de la confianza.

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