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Columnistas

Clair Patterson, el héroe anónimo que calculó la edad de la Tierra y enfrentó a la poderosa industria del combustible

Nació en una familia de campesinos estadounidenses y se convirtió en una eminencia de la geología. Destinó el resto de su vida a demostrar los efectos del plomo: lo pagó caro. Recién en los últimos años empezó a ser reivindicado.

Clair Cameron Patterson nació en 1922 en una familia de campesinos de Iowa (EE.UU.), se convirtió en una eminencia de la geología y terminó combatiendo la aplicación industrial de un elemento muy nocivo para nuestro organismo: el plomo. En 1953 calculó la antigüedad de nuestro planeta utilizando el flamante método de datación con radioisótopos, con una exactitud tal que al día de hoy no ha sido reemplazada por un dato más certero. 

La edad de la Tierra fue motivo de debate durante siglos. La cifra vigente se fue ampliando con el tiempo, debido a que los avances en distintos campos de la ciencia indicaron que tenía que ser mucho más antigua de lo supusimos en un principio. 

La primera aproximación vino en el siglo XVII por parte del obispo Usher del Reino Unido, que —basándose en la cronología de la -Biblia— calculó que sería de unos 4004 años. Luego, en 1744, ya tomando la evidencia científica de la época, el naturalista francés conocido como Conde de Buffón estimó —en su libro Introducción a la historia de los minerales— que la cifra se elevaba a 180 mil años. Un santiamén, si lo comparamos con los 24 millones que estimó lord Kelvin en 1862 —basándose en conceptos de termodinámica— o los 22 millones que arriesgó el físico alemán Von Helmholtz y los 18 millones del astrónomo canadiense Newcomb unas décadas después. 

Pero incluso estos últimos se quedaron extremadamente cortos. Para el momento en que Patterson entra a esta historia, el profesor de física inglés Arthur Holmes acababa de publicar —en 1946— su propio resultado, que era de 3 mil millones de años o más. Calculó este número midiendo la tasa de desintegración del uranio a plomo en las rocas ígneas (formadas por calor) y la cantidad restante de cada componente al momento del análisis, para estimar el tiempo que había transcurrido. Una técnica conocida como datación con radioisótopos (mismo principio que carbono 14), derivada del descubrimiento de la radiactividad a comienzo de siglo.

Cuando Brown se dio cuenta de que la tarea sería muy tediosa por la cantidad de rocas que tenía que medir, se la ofreció al joven Patterson.

Harrison Brown, uno de los físicos recientemente liberados del Proyecto Manhattan para construir la bomba atómica, fue a parar al Instituto de Estudios Nucleares de la Universidad de Chicago con el objeto de ajustar la última cifra conseguida y así llegar la edad definitiva. Cuando se dio cuenta de que la tarea sería muy tediosa por la cantidad de rocas que tenía que medir, se la ofreció al joven Patterson como proyecto para su tesis, prometiéndole que ganaría un enorme reconocimiento con una tarea sencilla.

Patterson pasó alrededor de cinco años midiendo rocas. El éxito de su trabajo radicó en que utilizó meteoritos para las medidas en lugar de rocas de la Tierra, suponiendo que estos se formaron en los albores de nuestro sistema solar. Empezó en 1948 y en sus primeras dataciones obtuvo resultados incoherentes, con mucho más plomo del que deberían tener. Por más prolijo que fuese, todas las muestras que probaba parecían contaminadas

En 1952 se mudó al instituto tecnológico de California, donde construyó el primer laboratorio estéril del mundo, para librarse de las impurezas que perjudicaban sus resultados. Un año más tarde, estuvo listo para comunicarle al mundo la verdadera edad del pedazo de roca que tenían debajo de sus pies. La cifra esta vez fue de 4.550 millones de años y no se ha conseguido un dato más preciso hasta la fecha

Lejos de dormirse en los laureles, Patterson empezó a preguntarse de donde salía todo el plomo que había en la atmósfera y que iba a parar a sus muestras. Cuando revisó los estudios más recientes que existían sobre los efectos del plomo en nuestro organismo, notó que habían sido financiados exclusivamente por empresas que lo trabajaban y que no llegaban a las conclusiones que eran de dominio público incluso en esa época.  

El plomo es un neurotóxico que afecta el sistema nervioso central de manera irreversible: esto se sabe desde la antigüedad. Algunos de los síntomas del consumo crónico son la ceguera, el insomnio, insuficiencia renal, pérdida de la audición, parálisis y convulsiones. Una dosis alta genera alucinaciones bruscas de terror, coma y muerte.

A comienzos del siglo XX, el plomo se utilizaba para todo, desde las latas a la pasta de dientes.

A comienzos del siglo XX, el plomo se utilizaba para todo. Para sellar latas de conservas, recubrir cañerías de agua potable, como pesticida para frutas y verduras e incluso se agregaba a las pastas dentífricas. Pero Patterson descubrió que la gran mayoría (alrededor del 90%) del plomo que contaminaba la atmósfera provenía de los caños de escape de los automóviles.  

Propaganda de Ethyl Corporation.

Algunas décadas antes, en 1923, las empresas General Motors, Standard Oil y Du Pont, formaron la Ethyl Gasoline Corporation (luego solo Ethyl Corp) para comenzar a producir gasolina plomada. El ingeniero Thomas Midgley impulsó el proyecto a partir del invento del plomo tetraetílico, un aditivo que aportaba una gran ventaja al combustible, porque atenuaba la trepidación que se conoce como golpeteo de motor. A pesar de que los trabajadores que extraían el producto manifestaron síntomas desde el primer momento y hasta hubo varios muertos que ocultaron, Midgley y las compañías se mantuvieron en una política de negación implacable.   

Patterson necesitaba demostrar que los niveles de plomo atmosférico habían aumentado significativamente a partir del año en que se agregó al combustible. Para esto, se le ocurrió medir las cantidades de este tóxico en las capas de nieve que se apilan para formar un glaciar, de manera de poder comparar cada estrato y, por lo tanto, cada año. 

Con los resultados en mano, confirmó que fueron en aumento desde 1923 y que antes de ese año, eran insignificantes. A partir de ese momento, Patterson se convirtió en el enemigo público de las empresas fabricantes de estos aditivos. Destinó el resto de su vida a demostrar que representan una amenaza para la salud pública. Pero claro, esto no le saldría barato.

Por los altos mandos de la Ethyl Corp pasó gente muy poderosa, como Lewis Powell, que luego formaría parte del Tribunal Supremo, y el directivo de la National Geographic, Gilbert Grosvenor. Para empezar, a Patterson le retiraron todos los fondos para sus investigaciones y le dieron de baja dos contratos, uno con el Instituto Americano del Petróleo y otro con el Servicio de Salud Pública de EE.UU. Mientras, tanto Midgley seguía manipulando estudios para mostrar que sus productos no eran peligrosos para la sociedad. 

Luego, la Ethyl Corp presionó con todos sus medios para que echaran a Patterson del Instituto Tecnológico de California, e incluso ofreció financiar una cátedra a cambio de su cabeza. A tal punto intentaron borrar su nombre, que consiguieron que se lo excluyese de la comisión del Consejo Nacional de Investigaciones de 1971, que se creó para investigar los peligros que significaba el plomo ambiental.

Casi no aparece en la bibliografía, apenas tiene algunos párrafos en Wikipedia y recién en los últimos años empezó a ser reivindicado.

Aún así, sus esfuerzos dieron resultado. En 1970 se promulgó en EE.UU. la Ley de Aire Limpio, que tuvo como consecuencia el retiro de todo el combustible plomado de la industria para el año 1986. En la actualidad Ethyl Corp sigue existiendo, pero las tres empresas fundadoras vendieron sus acciones. Aunque no fabrica más gasolina plomada, en el 2001 todavía volcaba a la atmósfera cantidades enormes de plomo tetraetílico, por un valor de más de 25 millones de dólares.

Patterson murió en 1995 producto de un ataque de asma.  Casi no aparece en la bibliografía, apenas tiene algunos párrafos en Wikipedia y recién en los últimos años empezó a ser reivindicado. Lamentablemente, hoy en día los directivos de las compañías líderes de la industria se parecen mucho más a Midgley que a Patterson. Si fuese al revés, la atmósfera no estaría tan contaminada y el planeta sería un lugar mejor.