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Columnistas

Víctimas, combatientes, cuidadoras y pacifistas: las mujeres en las guerras

mujeres guerra de malvinas
Por AAIHMEG |Eleonora Ardanaz / IHUMA - UNS

Hace algunos años, me tocó entrevistar a una vecina de la localidad portuaria de Ingeniero White que había sido parte de la Junta de la Victoria, y que, por esas cosas de la vida, estaba compartiendo conmigo un espacio laboral. La Junta fue una organización de mujeres de alcance nacional que enviaba dinero, comida y ropa a quienes peleaban contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Justamente, hablando de las rondas de costura de medias de lana para esos soldados tan lejanos, ella me dijo que cada uno “combate como puede”, en relación a que esa tarea de costura era una forma de pelear, de posicionarse frente a un conflicto que casi no dejó lugar a la neutralidad. Fue una de las frases más maravillosas que escuché en mi vida, lejos de lo altisonante de algunos discursos, más cercana a la realidad cotidiana de quienes hacen la historia.

Por lo general, las mujeres son descriptas como víctimas directas o indirectas de las guerras, siempre condenadas a la pasividad. Sin negar esta realidad, que se hace evidente en los cuerpos y en la vida misma de cada una de ellas, vale la pena empezar a pensarlas como sujetos activos, como partícipes de las mismas, al deconstruir representaciones que parecen relegarlas a un plano subalterno. En esto, como en otros casos, los nuevos paradigmas historiográficos han iluminado la escena completa, al permitirnos ver no solo la parte considerada central sino los costados y a quienes los ocupan. Esto sucedió con la concepción acerca de la política y su ejercicio, la ciudadanía y también la guerra. Si sólo miramos una porción entonces veremos la obra distorsionada. En el siglo XX, las guerras se definen como totales, es decir, involucran todos los recursos humanos y materiales de un estado nacional, lo que hace más difícil distinguir frentes de retaguardias.

En tanto parte activa, las mujeres han participado de las guerras de dos maneras, oponiéndose a ellas a partir de diversas organizaciones pacifistas o formando parte de la fila de combatientes, aunque no siempre desde el campo de batalla. Incluso pueden ser parte de una y otra con poco tiempo como sucedió en la Guerra Civil Española. Si bien en un primer momento parece contradictorio, no lo es tanto si analizamos los puntos principales de la Asociación de Mujeres Antifascistas, nacida en el mismo año en Argentina, que veía en la pelea contra el fascismo el medio necesario para conseguir la paz.

En lo que respecta al combate directo tal vez el momento más icónico sean las milicianas republicanas en los frentes de batalla, cuya iconografía estuvo muy presente en los primeros meses del conflicto. Recordemos que una argentina, Micaela Feldman (Mika Etchebéhere) es reconocida por haber llegado a ser capitana y estar al mando de una tropa. También, hace unos años, se empezó a hablar de quienes formaron parte del ejército rojo en la Segunda Guerra Mundial como conductoras de tanques, francotiradoras, etc., a partir, sobre todo, de la publicación de la novela (no es un dato menor su nombre) La guerra no tiene rostro de mujer de la escritora premio nobel de literatura Svetlana Alexiévich.

En otras funciones, pero también movilizadas estuvieron quienes asumieron tareas de cuidado, como las médicas, conductoras de ambulancias, o enfermeras que fueron partícipes importantes en todos los conflictos, entre ellos, justamente en su mes de conmemoración, la guerra de Malvinas. Su participación quedó mucho tiempo silenciada y al día de hoy, estas mujeres sostienen otra lucha, esta vez para ser visibilizadas; en palabras de Alicia Reynoso, quien recién en 2021 logró ser reconocida como excombatiente: “…todavía estamos batallando por 'el veterano y la veterana' porque hablan de veteranos y no de veteranas”. En otros frentes, lejos del campo de batalla, pero de igual manera comprometidas, las llamadas madrinas de guerra fueron parte de la contienda, al sostener y acompañar a los soldados con sus cartas, regalos, comunicaciones con sus familias, etc. Esta figura y la importancia de su rol fue recientemente investigada y analizada, si bien está presente ya desde la Primera Guerra Mundial.

La otra forma, la de agruparse para combatir las guerras recoge una larga experiencia en el colectivo femenino. Las asociaciones pacifistas estuvieron mayormente integradas por mujeres que con sus palabras y acciones pusieron el cuerpo para denunciar la brutalidad y el sinsentido que conllevan los conflictos bélicos. En nuestro país, por ejemplo, en 1935 se fundó la Agrupación Femenina Antiguerrera, cuyos principios resumen de forma muy interesante la causa de la participación: “Si todas las mujeres supieran ver la relación estrecha que existe entre la lucha por la solución de los agudos problemas de la vida de cada una y la lucha por la paz, habría en cada mujer una activa propagandista antiguerrera”.

En razón de esta larga trayectoria, desde los años ochenta, se conmemora el 24 de mayo el Día Internacional de las Mujeres por la Paz y el Desarme en parte gracias a la acción de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad, nacida en 1915 y que persiste hasta la actualidad. Otra organización muy importante y que lamentablemente sigue exigiendo lo mismo desde hace 36 años es la Red Internacional de Mujeres de Negro, nacida como un movimiento pacifista de protesta de la ocupación israelí de las tierras palestinas y que tuvo una intervención muy importante en las guerras de Yugoslavia y de Afganistán.

Si las mujeres son parte de los movimientos pacifistas no es por cuestiones vinculadas a su supuesta naturaleza sino porque son ellas los territorios más vulnerados por los conflictos. Sus cuerpos, sus condiciones de vida, sus familias, todo es campo de batalla. Así lo muestran los innumerables casos de violaciones, abusos sexuales, torturas, que sufren específicamente por su condición genérica. Análisis recientes muestran, por citar un caso contemporáneo, cómo las mujeres palestinas sufren diversas formas de violencia y deben afrontar problemas en ámbitos como el acceso a la salud, la educación y la justicia en un contexto condicionado por la ocupación que se agrava aún más en los momentos de enfrentamiento armado.

Si bien, y retomando a la vecina que entrevisté hace tiempo, las tareas de cuidado son las que mayormente se visibilizan y asocian a las mujeres en la guerra, y se las interpreta como una continuidad del rol que parece “natural” en ellas, no hay que caer en la invisibilización y restar fuerza y protagonismo a quienes fueron partícipes. Ellas pelearon como pudieron, combatieron de la forma que tuvieron y se organizaron y antepusieron sus acciones a las restricciones impuestas. A veces en estos intersticios se vuelca lo más interesante, lo más revulsivo para el sistema, lo más sutil no deja de tener impronta y restarla es quitarlas de la historia una vez más.

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