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Columnistas

Todo tiempo pasado fue mejor

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Cuando María Iribarne Hunter se paró delante del cuadro Maternidad, de Juan Pablo Castel, y fijó abstraída su mirada en la ventana que ofrecía una escena de una playa solitaria y un mar que se abría a lo lejos, quizá como una puerta, o una ventana dentro de otra, y otra, infinitamente, cerré el libro y respiré hondo e imaginé la escena como si yo mismo estuviera ahí. Me enamoré de la novela de manera platónica, igual que un adolescente se obsesiona y fantasea con la fotografía de la contratapa de una revista de su temprana juventud, y después pensé, y supe, que las mejores historias son las que lo único que tienen para ocultar, es lo que aún no ha sucedido. La novela se origina igual que el amor: cosas sin demasiadas explicaciones ni coherencia, como algo que brota y que perdura y que más tarde, muchísimo más tarde, permanece inmóvil e inquebrantable ahí, en algún vanidoso rincón de la memoria que nos recuerda que los mejores sentimientos son los que nos encandilan para siempre y los que no nos permiten acercarnos demasiado a ellos como para desmenuzarlos y comprenderlos. Si lo hiciéramos, al igual que cuando descubrimos dónde es que el mago esconde el conejo, la magia se rompería.

Leí la novela cuando tenía unos trece años, y después cuando tenía quizá quince, y después otra vez a los veinte y una más a los veintisiete. Hace pocas semanas se la presté a un amigo y cuando me la devolvió la ojeé y pensé que no me hacía falta volver a leerla para saber cómo terminaba. Pero ahora que lo pienso, fue una falsa afirmación: no tengo la más mínima idea de cómo termina, aunque sí cómo empieza. Eso lo recuerdo con meticuloso detalle. Su primera oración fue quizá un mantra sobre el cual obrar en mi literatura: mostrar las cartas de entrada, para que eso no haga más que generar un enorme e (idealmente) inacabable ramillete de dudas.

En la primera línea de El túnel, Juan Pablo Castel anuncia sin preámbulos que él es el asesino de María Iribarne Hunter, de la misma manera que cuando alguien nace existe una sola certeza, sin preámbulos también: lo finito de ésa vida. No hay dudas de ello. Ni en la vida, ni en el libro. Pero cuánto queda por buscar, y que nos encuentre, entre esos dos polos que ansiamos siempre sean lo más distantes posibles. Cómo vivirlos. Cómo sobrellevarlos. La regla de Sábato, y de la vida, es clara: no ocultar nada, que todo esté ahí, como una puerta de entrada abierta de par en par. Un buen ejemplo (otro más) son las novelas de García Marquez, como Crónica de una muerte anunciada, o también aquellas hermosas oraciones que abren Historia de dos ciudades, de Dickens, que dicen "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, todo lo poseíamos, pero no teníamos nada, era la era de la luz y las tinieblas, la época de las creencias y de la incredulidad". Esos inicios, todos, nos ubican (otra vez) en el centro de la vida, y después nos hacen dudar sobre si lo que queda es para adelante, o para atrás, y nos dicen: ahí está todo, elijan. Como si eso fuera, acaso, una gran oportunidad. A veces, quizá irónica y sencillamente, es más fácil elegir cuando no tenemos demasiadas opciones. Bueno, son dos, pasado o futuro, pero, ¿son dos? ¿Qué se esconde entre, y detrás, de ambos?

Y entonces la pregunta asalta casi por obligación: ¿qué es más triste: vivir pensando en el pasado, o vivir pensando en el futuro? Es una pregunta retórica y meramente personal e indescifrable que determinará (en el mejor de los casos) lo que necesariamente vendrá. No habrá dos respuestas iguales, aunque todas digan futuro, o todas digan pasado. Y toda respuesta será errónea y acertada a la vez, lo mismo que las dos caras de una misma moneda. A veces, la experiencia, sólo nos sirve para reconocer un error, cuando lo volvemos a cometer. Y se puede disertar durante horas, llenar centenares de hojas blancas con por qué para allá, o por qué para acá. Pero no es la intención. La pregunta parece cómica, aunque no de risa; igual que aquellos que no quieren estar ahí, cuando mueran. Y al final, y más allá de todo ensayo y opinión, sólo podrá contestársela el lector, mientras esté sentado rodeado de gente, con su conquistada soledad.