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Columnistas

Mentir, diciendo la verdad

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César discute pavorosamente. Se enoja y después, lo mismo, se ríe con zozobra. Tiene recursos e información, tiene anhelos e instinto: analiza bien, lee velozmente a las personas, sabe de qué madera y cerca de qué árbol; simplemente lo sabe. Se mueve rápido, esquiva balas, cae parado y no pierde vidas, alterna la capa y la espada con la misma velocidad con la que teje argumentos impermeables y estridentes. Escucha, sabe hacerlo y, sobretodo, es especialista sin título en eso de buscar en el enunciado ajeno la falla, el pelo, el huevo, la contradicción y las chicanas. Es inmutable. No se sonríe, lo de él va en serio, le da lo mismo así sea política internacional, sintaxis, o la receta más acertada de panqueques con dulce de leche. Lo mismo el año en el que se inventó la rueda, que una línea exacta de una película de Allen. No se equivoca, no erra, sabe y, cuando no, lo admite con la delicadeza de un relevé en medio de la melodía. Es sincero y no tiene dobles fondos, no busca el consenso sino, aunque más complejo aún, el desengaño. A veces parece que grita pero no grita en verdad: es efusivo. Para César todo va en serio, nada es limosna. Duda de todo porque sabe que, como escribió Vicente Luy, que hay demasiados ignorantes enseñando. Es infalible, lee en demasía, y sobre lee: la misma información en cuatro medios diferentes, el mismo libro con distintas traducciones. Pero César se aburre, ante todo se aburre. Nadie quiere discutir, todos quieren imponer. Todos los tontos se creen sabios, todos los sabios se creen tontos. César se cree un tonto. Escucha, hace foco, ataca. No para forzar, sino para desarticular. Para quitar los velos, las falacias, las (lo mismo) generalizaciones. César está enamorado de la realidad. De los datos. Del agua del río que va a beber. Pero César se aburre. Mucho. Se apaga, deja de hablar, y en su mente dibuja escenarios, traza desenlaces, inventa tempestades y la forma de salir de ellas. Se va. Se evade. Lo acorrala el estupor, lo vacío, la necedad del fanatismo enquistado, la defensa sin pruebas, la maquinaria de la monopolizada opinión ajena falsamente conquistada como propia. Y después, algo sucede, algo mínimo o grotesco, no importa, un evento fortuito y necesario, y César replantea todo; lo invierte como un reloj de arena acabado, y prueba otros métodos, menos ortodoxos, más polémicos, intrínsecamente necesarios para él. Y César se divierte. César conquista. César alcanza la victoria por servidumbres de paso, por impostada empatía, por acariciar con una mano y apuñalar con la otra. Nadie empieza a nadar sino hasta que está en el río, lo sabe. Y César es ahora un especialista y un facilitador que evita con esmero el backlash. No discute, enseña estilo crol y mariposa, da salvavidas y lecciones gratis, bronceador, bebidas. Dice las cosas más disparatadas y se ríe en silencio, jocoso, pacífico. Es un conciliador nato. Pregunta lo que los demás quieren contestar, corre el dedo de la llaga, le pone una venda, los sana. Corre para donde el otro dispara. Convencido, les dice que si quieren descubrir algo no sigan las flechas, y una vez que los tiene mareados en la (falsa) coincidencia, parte desde allí para llevarlos a donde él quiera llegar. Así de sencillo. Las personas abandonan la resistencia cuando obtienen lo que quieren. Elemental. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Decir a todo que sí, conciliar el pasado, sobar lomos, acariciar autoestimas, ofrecer y prometer el futuro: hundirse en un pozo y después buscar la salida de él. César podría ser diputado, senador, presidente. Pero César sabe demasiado (excluyente con los cargos públicos). César mejor escribe novelas. Miente, diciendo la verdad; nos lleva al peor lugar, y una vez allí nos dice: qué lindo todo, ¿verdad? César es ahora un rompecabezas en las manos de un ansioso, y a la hora de ser él, es otro.

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