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Columnistas

Resplandores de una fotógrafa militante: Alicia Sanguinetti

Por AAIHMEG |María Aimaretti (Facultad de Filosofía Letras de la UBA/ AAIHMEG)

Mayo y agosto son para Alicia meses entrañables, meses que se refractan, anverso y reverso de una identidad inquieta, apasionada, tenaz. Con su madre –Annemarie Heinrich aprendió los misterios de la luz, y con su padre Álvaro Sol– el compromiso con la realidad. Criada en un hogar antifascista y humanista, el fervor por la revolución la hizo volcarse a la actividad política en el Frente Antiimperialista de Trabajadores de la Cultura (FATRACT) y luego en el PRT–ERP. Entre 1970 y 1973 estuvo detenida: fue parte del mayoritario grupo que no alcanzó a fugarse de Rawson en agosto del ‘72; e integró el colectivo que en mayo del ‘73 recuperó su libertad. Con ella no hacen falta efemérides. Su memoria pulsa en palabras y gestos cotidianos, con los pies en el presente y la mirada en el futuro. Y sin embargo, este 25 de mayo decidimos volver hacia aquella luminosa jornada de otoño de hace 50 años, y desde allí evocar Trelew, el insilio y el amanecer democrático.

El sol del 25

De aquel día Alicia recuerda sentimientos encontrados: Fue un día de alegría y esperanza, pero hasta último momento no sabíamos si salíamos. Hubo mucha discusión adentro del penal sobre si esperar o no, si salir con la amnistía, un decreto o por caducación de penas. Era como prepararse para la fiesta, aunque con muchas dudas e incertidumbre. Fueron días de una adrenalina personal y colectiva muy intensa: como un remolino.

Ricardo Sanguinetti, su hermano fotógrafo que estaba cubriendo la jornada, entró clandestinamente una cámara. Alicia pudo capturar la fugacidad y la intensidad de ese tiempo extraordinario, y volverlo memoria hacia el porvenir: Con la cámara fue como un “reencuentro”. Ese entusiasmo chocaba con la certeza de que una vez liberadxs, todxs nos reinsertábamos a la lucha y eso era volver a la clandestinidad: ¿cómo hacer las tomas con responsabilidad? Solo tenía un rollo de 36 fotos, que fui sacando mientras hacía otras cosas con lxs compañerxs.

La cárcel: o seguir preparándose para la Revolución

Alicia había llegado a Devoto tras un recorrido más extenso por distintas cárceles del país. Cuando le pregunto qué tretas aprendió para seguir asida a sus utopías, desplaza el centro de atención hacia lo colectivo: Había una vida de comunidad muy fuerte. Nos organizamos por equipos rotativos para sostener la vida diaria; pero además era clave seguir formándote política y humanamente: la cárcel fue una escuela de cuadros. De todas esas mujeres aprendías, constantemente —incluso no sentíamos la fricción entre sindicalistas, estudiantes, Montos y nosotras del PRT.

En Rawson, todxs éramos semejantes: fueras de dirección o no. Cuando salimos, eso se modificó, y el problema del machismo afuera se vio más claro: había compañeras tremendamente valiosas y capaces que no accedían a la dirección. O la moral en las parejas: en sanciones por infidelidad, si para nosotras venía segura, para los compañeros había contemplación. Y no había posibilidad de discutir porque eran tres millones de tareas simultáneas a las que hacer frente. Afuera, el cuidado de lxs pibxs nos tocaba a nosotras, pero era tanta la actividad, y tanta la seguridad que teníamos que manejar para mantenernos con vida, que no nos planteamos estas diferencias.

Trelew: el horror y después

Las tareas para la toma del penal estuvieron compartimentadas: Yo estaba convencida de que nos podíamos fugar y en ningún momento tuve miedo: por disciplina y seguridad no hablábamos entre nosotras —ni del entusiasmo que nos provocaba, ni de los detalles que le ocupaban a cada una. Al pedirle que recuerde qué pensó en el itinerario desde su celda a la puerta exterior del presidio, para luego retornar, Alicia hace silencio y contesta: Que era una cagada… pero, por lo menos, los compañerxs más importantes pudieron salir. Ahí sí empezamos a tener miedo: creímos que nos liquidaban. Fue impresionante enterarnos de la masacre: mucho dolor. Pero era muy fuerte el mandato de seguir adelante y sobrevivir: vos sabías que te exponías a la muerte cuando entrabas a militar.

Al salir de Devoto, ya clandestina y en plena actividad, supo que iba a ser madre. Alberto Munárriz, su compañero, solo disfrutó tres meses de ese embarazo: fue detenido y desaparecido en noviembre de 1974. Alberto tenía que llegar a las 20 hs. ... a las 22 hs. estaba levantando la casa —armas, papeles, documentos–, porque ahí se reunía el estado mayor del ERP y no había que dejar nada que nos comprometiera. No fue fácil al principio —durante mi embarazo pasé por 8 casas diferentes–… pero teníamos puesta como una coraza…

A principios del ’77 llegó la orden de salir al exilio, pero como no había documentación para mi hijo, me quedé: él no se iba a criar con nadie que no fuera yo —de hecho, no estaba de acuerdo con la decisión de otrxs compañerxs de enviar sus hijxs a Cuba mientras seguían militando acá. Por otro lado, todavía había cierta esperanza de que Alberto apareciera.Así que decidí insiliarme, y me fui a Pinamar dos años, al barrio obrero, gracias a un contacto del escenógrafo Saulo Benavente, y me convertí en “Norma Castillo”: limpiaba casas. A comienzos de los ‘80 retorné a Buenos Aires y, todavía clandestina, empecé a trabajar en librerías; y luego volví a la fotografía, al estudio.

A esa altura ya estaba ligada a Abuelas, Madres y a la APDH. Por un compañero que había leído la declaración de un testigo supe que Alberto había estado en Puente 12 y que, tras la tortura, había muerto: me lo dijo justo en la plaza de Alfonsín, el 10 de diciembre de 1983… 9 años después de su desaparición… en medio de aquella fiesta… Pero eso no fue un cierre para mí, había que seguir buscando la verdad y eso sigue en pie hasta hoy. Nunca me consideré una víctima: yo elegí ese proyecto, con todas las consecuencias que podía implicar. Por eso creo, también, que como generación aún nos debemos una autocrítica más profunda.

Democracia es memoria

A fines de los ’90, junto a otrxs militantes y familiares de Trelew, Alicia comenzó a activar la posibilidad de un juicio, apoyando las acciones de organizaciones que querían recuperar el antiguo aeropuerto como un espacio cultural. En ese marco, el encuentro con Mariana Arruti para la película Trelew. La fuga que fue masacre (2004) fue muy auspicioso, dado que permitió dar difusión a las voces de militantes, allegadxs y pobladorxs; denunciar la impunidad de los crímenes; visibilizar la potencia vital de aquella generación, e interpelar a quienes en ese momento eran jóvenes.

Cuando le pregunto qué le diría hoy, después de todo lo vivido, a la joven Alicia de 1969 que está dejando la tranquilidad de la historia del arte para acercarse al trabajo territorial, me responde sin titubeos: le diría “¡Metete!”.

La historia de las mujeres y la recuperación situada de sus luchas, experiencias y prácticas es un proyecto político, epistémico y creativo apasionante. Implica un movimiento de exploración y expansión hacia zonas del pasado obturadas, soslayadas o mal leídas; el ensayo de nuevos lenguajes y escrituras, y también conlleva el encuentro con hilos y corrientes subterráneas que conectan y citan trayectorias y biografías, des-cubriendo filiaciones y genealogías insospechadas u olvidadas. Las mujeres y las memorias se entraman, y en su polifonía y pluriversalidad nos desafían a volver a escuchar y volver a mirar el pasado: allí nos esperan voces, objetos, sonidos, territorios y, por supuesto, imágenes que, como las de Alicia (y las de Annemarie), abren umbrales de contacto donde los ojos y la piel se rozan con lo pretérito, para dejarse interpelar y dialogar, de cara al presente y el futuro.

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