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Columnistas

¿Son una excepción las mujeres en el mundo agropecuario? El caso mendocino

trabajo mujeres agropecuario
Por AAIHMEG |Laura Rodríguez Agüero

El trabajo de las mujeres en el campo argentino es y ha sido por demás relevante pese a su escasa presencia en los relevamientos estadísticos, las políticas públicas, los medios de comunicación y los estudios sociohistóricos. En el caso de Mendoza, donde las producciones agropecuarias desarrolladas en los oasis productivos constituyen una parte fundamental de la economía provincial, la presencia de mano de obra femenina ha sido cuantiosa y sostenida a lo largo del tiempo.

Trabajadoras de los oasis: contratistas y migrantes

Si bien la vitivinicultura fue siempre predominante, los oasis vivieron continuos cambios productivos. Las crisis sucesivas llevaron a cierta diversificación agrícola, que desde principios de siglo XX, incluyó la producción de frutales y hortalizas, y sus industrias derivadas. La última gran crisis de sobreproducción de la vitivinicultura comenzó a gestarse en la década del ‘60 y culminó con la reconversión productiva iniciada en los años ’90 que reemplazó el “vino fino” por los vinos varietales que consumimos en la actualidad (malbec, cabernet, etc.) y apuntó a la exportación. Estos distintos momentos productivos fueron acompañados de diversas formas de uso de la fuerza de trabajo de las mujeres.

Durante el siglo XX -previo a la reconversión mencionada- predominaba el sistema de contratos de viñas y frutales a través del cual se contrataba a un trabajador que junto a su familia cultivaba una porción de tierra con viñedos y cuidaba de ella a cambio de una ínfima mensualidad y el 18 por ciento de la producción anual. Esta figura encubría la situación de las esposas de los contratistas que, aunque trabajaban a la par de los varones en el cuidado de la vid, no recibían remuneración alguna. Es decir que todavía en los sesenta y setenta existían trabajadoras que en función de su género no recibían pago alguno a cambio de su trabajo ni accedían a la política de ampliación de derechos propia del Estado de bienestar.

Foto: José Bermúdez

A partir de la década de los noventa el agro mendocino cambió su fisonomía. El empresariado vitivinícola y frutícola se volcó a producir vinos y conservas de calidad para exportar; y figuras como la de contratistas perdieron importancia, multiplicándose las formas de contratación temporarias y la presencia de migrantes internas y limítrofes en las actividades mencionadas. La preferencia por contratar mujeres migrantes responde a ciertos estereotipos racistas e imaginarios de género a partir de los cuales se las considera menos conflictivas, más responsables y eficientes.

Aportes productivos y reproductivos de las mujeres

A partir de los 90, a medida que disminuía el régimen de contrato de viñas, se diversificaba la producción, crecían las contrataciones temporarias individuales y a través de cuadrillas de trabajo familiar. Aunque los cambios ocurridos en los modos de producir fueron profundos y duraderos hubo ciertos rasgos en las actividades económicas-productivas realizadas por las mujeres que no se modificaron. En primer lugar, dado que el pago es a destajo, lograr un piso mínimo de ingresos requiere la intensificación del esfuerzo físico, el aumento del tiempo de trabajo y el empleo de la fuerza de trabajo de todo el grupo familiar, lo que implica que, la mayor parte de las veces, las mujeres deban aportar su esfuerzo a las actividades productivas sin compensación por sus labores. Entre las contratistas, la obtención de dinero se limitaba a ciertas actividades “extra” como participar de cosechas en otras fincas. Entre las migrantes, cuando integraron cuadrillas familiares, el pago era recibido y administrado por el varón “jefe de familia”. En segundo lugar, los ritmos de trabajo de las mujeres han estado y están anudados a los ciclos de las labores agropecuarias, marcados por los tiempos de la naturaleza. Esto las lleva a atravesar períodos de intensa carga, como sucede durante las pariciones de los animales o en la cosecha, y momentos “muertos” de trabajo productivo que, usualmente, aprovechan para desplegar actividades económicas complementarias. Además, el trabajo de cuidados y doméstico que realizan las mujeres se encuentra profundamente ligado a los ciclos naturales: el embarazo, el nacimiento y la lactancia, las necesidades de niños/as y ancianos/as. En tercer lugar, las trabajadoras comparten, como mujeres, la asignación de una responsabilidad casi exclusiva por el cuidado y lo doméstico, hecho que condiciona las oportunidades laborales que pueden aceptar y la cantidad de tiempo que pueden estar fuera de sus hogares, produciéndose tanto un solapamiento temporal y espacial del trabajo productivo y reproductivo (en fincas) como la separación tajante y tensión entre ambos (en las fábricas de conservas). A esto hay que agregar que el peso del trabajo de cuidados y de las cargas domésticas para las mujeres con empleos precarios, que por su condición migratoria no acceden a políticas de protección social y que viven en comunidades rurales alejadas de las instituciones sanitarias, sociales y educativas, es desproporcionadamente mayor que en las clases medias y altas urbanas.

Foto: Cristian martínez

Pese a la centralidad que ha tenido el trabajo de las mujeres en el desarrollo de la “próspera Mendoza”, aún tiene una enorme vigencia cierto discurso “oficial” que indica que este árido territorio fue transformado en oasis y en potencia productora de vinos gracias al trabajo y esfuerzo personal de inmigrantes europeos que lograron “vencer al desierto, ocultando, por un lado, la presencia criolla y aborigen en el campo; y por otro, que el trabajo (re)productivo sostenido por las mujeres ha sido clave en ese proceso. El modelo vitivinícola no hubiese sido posible sin el aporte de trabajo gratuito de las mujeres contratistas que garantizaban altos márgenes de ganancia al empresariado, y sin la mano de obra de mujeres migrantes cuyo trabajo, en las últimas décadas, ha sido crucial en la producción agropecuaria.

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