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Columnistas

¿Qué hacemos con el Chavo?

Chavo

Recientemente mi hija entró en el mundo del Chavo del 8. De chico era fan de Chespirito. Muy fan. Me gustaba todo lo que hacía Gómez Bolaños. Mi top tres era: primero El Chavo, segundo Los Chifladitos y tercero El Chapulín Colorado. Por eso fui confiado a ponerle los capítulos de algo que me había acompañado por horas y horas en mi infancia. Entramos por los episodios que transcurren en la escuela. A pesar de que habían pasado más de 25 años que no lo veía entero, me hizo reír. Como cada vez que le presento un material nuevo a mi hija lo miro con ojos de padre. Y si bien muchos de los gags tienen bullying, no pude evitar sentir felicidad al ver a que mi hija estallaba en una carcajada mientras el chavo se quedaba hablando solo diciendo “… el maestro longaniza”.

Después nos metimos en el escenario de la vecindad. Y ahí la cosa se pone más complicada. Al verlo nuevamente, pero desde otro lado, noté que me hacía algo de ruido lo que sucedía en la pantalla. Sumado a la agresión que recibía el Señor Barriga por ser gordo, por ejemplo, aparecían los golpes de Don Ramón y Doña Florinda. Pero sobre todo los de Don Ramón.

Y encima agarramos un capítulo en donde el Chavo decía la edad que tenía: ocho años. Mi hija, que lo veía por primera vez, estaba observando cómo Don Ramón le metía un coscorrón en la frente al chavo que lo hacía llorar, y acto seguido una patada a Quico. En general Don Ramón no le pegaba a Quico, pero en este capítulo sí. Y los golpes al chavo se repetían una y otra vez. Un adulto pegándole a un niño.

Por supuesto que entiendo que es una serie de 1973, en donde no había mucha conciencia. Y lo cierto es que, además de los golpes, las historias estaban muy bien guionadas y terminaban bajando un lindo mensaje. Pero el tema de los roscazos que repartía Don Ramón me produce incomodidad. Por un lado, no me sale cancelarle el chavo a mi hija. La observo feliz y riendo como nunca frente a la pantalla. Por el otro, que vea cómo un adulto le pega a un niño de ocho años y muchas veces, no me copa. Y acá se me genera la duda, porque yo también vi ese material en repetidas oportunidades y no salí violento… o tal vez sí. Y no es cuestión de cargar de culpas al chavo porque en aquella época todos los dibujitos se basaban en persecuciones que terminaban a los golpes.

Difícil dimensionar qué produce en la mente de un niño consumir ese material. De hecho, no tengo una respuesta o una opinión definitiva. Tampoco me gusta señalar a Don Ramón que tanto me hizo reír, pero ahora que tengo ojos de padre me choca que golpee al chavo constantemente y que en todas lo haga llorar.  Es un tema interesante para debatir. Ahora que lo pienso, sería provechoso preguntarle a mi hija qué siente al observar esas acciones. Charlarlo y poner ese tipo de cuestiones en palabras siempre es nutritivo. Mientras tanto, que lo siga viendo. Voy a privilegiar sus risas.

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