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Columnistas

Todo se achica, nada se agranda

Cuando en el pasado se imaginaba el futuro, el destino de las cosas parecía tender al aumento de tamaño. Así se configuró una idea infantil de progreso.

Algunas cosas del mundo se presentan pequeñas. Dos o tres puntos por debajo de lo que eran, de lo que deberían ser. Muchos objetos se achican casi sin avisar, de a poco, como sucede todas las mermas irreversibles.

Cuando en el pasado se imaginaba el futuro, el destino de las cosas parecía tender al aumento de tamaño. Cuanto más grande mejor, siempre fue el razonamiento clásico de un niño. Y con esa lógica se configuró una idea infantil de progreso.

Las primeras computadoras eran inmensas y, por lo tanto, era de esperar que cada vez fueran más grandes. A más tamaño, más poder. Pero aquella idea también se achicó. La ha refutado Japón, que siendo un país pequeño es tan poderoso. Y Argentina, por todo lo contrario.

Mientras la inflación agranda los precios, se achica el tamaño de las galletitas.

Cuando se hablaba de un envase familiar se entendía que era grande. Pero las familias también se achicaron y lo mismo les pasó a las botellas de un litro. Que no nos engañen más, ahí ya no entra un litro. O quizás el litro ya es menor a sí mismo. De agrandar los recipientes para meter más cosas, se llegó a achicar las cosas y también los recipientes.

Por ejemplo, mientras la inflación agranda los precios, se achica el tamaño de las galletitas. Si el revisionismo histórico tomara una Melba de los ’80 y la comparara con la actual, notaría la reducción del diámetro de esa dulce circunferencia. Otras asumen su n con nombres en diminutivos: Criollitas, Pepitos, Panchitas…  En los supermercados hay cada vez más productos, no porque se agranden los locales, sino porque se achican los artículos. Empezaron por los yogures, que redujeron tanto su tamaño que ahora deben venderse de a dos. ¡El milagro del yogur siamés indivisible! Y siguieron por el resto de las góndolas con el pretexto del envase individual.

Imagen de Twitter.

El fenómeno no tardó en llegar a los asientos de los aviones, que con esfuerzo pueden albergar hasta el 70% de un cuerpo humano. Y de allí se propagó hacia las porciones de los restaurantes, las salas de cine, los departamentos, los muebles que van en ellos y los talles de la ropa. Una persona que pesa más de 60 kilos ya es XL en este planeta de pitufos.

Una persona que pesa más de 60 kilos ya es XL en este planeta de pitufos.

Cualquier cosa que no pueda justificar su pequeñez asume como un paliativo ser “boutique”. Y así es como proliferan los hoteles de esa categoría indescifrable que logra que no les falte nada porque tiene poquísimo de todo.

La tenencia es delatada por el uso indiscriminado de diminutivos de la jerga diaria: de los besos a los besitos (¡y a los besis!), de los saludos a los saluditos, del bocado al bocadito… Las vacaciones ahora son escapadas, escapaditas.

También los dispositivos tecnológicos se han achicado. Los botones fueron reduciendo su tamaño hasta desaparecer por completo; y ahora para el uso de las pantallas planas se requieren destrezas táctiles de dedos diminutos. ¡Qué bien nos vendría tener manos con cinco dedos meñiques!

ENIAC, la primera computadora presentada en 1946, pesaba 27 toneladas, ocupaba una superficie de 167 metros cuadrados y medía 2,5 metros de altura y 24 de longitud.

Los estadios que aumentan su capacidad tampoco se agrandan, suman butacas sobre la misma superficie. Lo mismo hacen sobre las calles de Buenos Aires, que de un cordón a otro tienen la misma dimensión de siempre, pero le agregan bicisendas, señalizaciones cada vez más abstractas, maceteros, espacios gastronómicos, metrobuses (de todo, menos subtes).

Inclusive esta columna (esta columnita) corre el riesgo en esta línea de exceder el espacio asignado. Y se apresura a precipitar un cierre (un cierrecito).