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Columnistas

Sin ELA ni tartamudez, el diálogo es sólo una ilusión

Máximo Kirchner Sergio Massa

Por Jairo Straccia 

Muchos lloramos a moco tendido en los últimos 15 días por situaciones personales que le han tocado atravesar a figuras de la política que están a ambos lados de la grieta. 

Esteban Bullrich, al renunciar como senador de Juntos por el Cambio para dedicarse a combatir su esclerosis lateral amiotrófica (ELA), dio un discurso a través de un software especial en el que dijo, entre otras cosas: “Es mucho más lo que nos une que lo que nos divide, solo se requiere vencer prejuicios, hacer silencio y escuchar al otro”; “todos hemos sido culpables de gobernar con tapones en los oídos”; “nadie tiene más tiempo para que juguemos a no ponernos de acuerdo”; “si nos quedamos en el egoísmo, la chiquita, lo táctico y la especulación, vamos a errar el camino”.

Ni pelota. Esteban Bullrich renunció por una enfermedad y pidió gobernar sin tapones en los oídos.

Eduardo “Wado” De Pedro, ministro del Interior y uno de los referentes de la organización La Cámpora, expuso en un congreso sobre tartamudez en Salta, se quebró ante los chicos que lo escuchaban al recordar lo que él sufría en su infancia y lanzó un mensaje de integración, solidaridad y respeto. Más tarde, por radio, al reflexionar sobre por qué ese tono no se puede trasladar al mundo de la política, aseguró que confía en que “hay problemas en la Argentina que se tienen que resolver sentándonos en una mesa”. “Veo un avance en ese sentido”, subrayó, y remarcó que es un tema que comparten también en la oposición dirigentes como Martín Lousteau, Horacio Rodríguez Larreta y Facundo Manes, por ejemplo.

Puro humo. Wado de Pedro conmovió hablando de su tartamudez y dijo que hay problemas para resolver con diálogo.

Será de blandengue o iluso, o será que es fin de año y tras casi dos años de pandemia todo te pega más, pero fueron dos intervenciones contracorriente que te sacudían, en una era donde el que grita más barbaridades mide más y el más picante es más capo ante los propios porque genera más ruido entre los ajenos.

Tal vez se trataba de una mezcla de empatía y congoja por el dolor y el esfuerzo de estos tipos frente a las adversidades pero también -quizás- se cruzaba con la ilusión de que podía ser un punto de inflexión en el escenario político. Una nueva experiencia de diálogo, ponele, donde la discusión ideológica desde distintas visiones del mundo pudiera existir pero por fuera de la división falopa que cada vez más gente entiende que es una trampa que no resuelve los quilombos estructurales del país, sino que los profundiza. “El pacto Esteban-Wado”, pensé. Tal vez tardaban un poco para expresarse, pero valía la pena.

Bueno, no. El espejismo duró 15 minutos. 

Flojos de papeles

Muy rápido, la realidad reveló que lo que transmitieron Bullrich y De Pedro se diluye en lágrimas políticamente correctas, nada más. Humanismo valioso pero superficial. Que quede registrado que nadie es tan bosta como para no condolerse con el adversario, pero nada más. El fallido Presupuesto 2022 fue un show del me-importa-un-pito-todo en el Frente de Todos pero también -y quizás más especialmente- en Juntos por el Cambio.

El Gobierno mandó el Presupuesto el 15 de septiembre -como marca la ley- y recién lo empezó a tratar el lunes pasado, 13 de diciembre, con la idea de aprobarlo sin cambios sustanciales el jueves. What? Cuatro días para debatir la supuesta ley de leyes parece una tomadura de pelo, o un reflejo tardío de los que creían que podían hacer la que fuera cuando tenían mayoría y no registraron que ahora a duras penas cuentan con los propios.

El mismísimo ministro de Economía, Martín Guzmán, había dicho en la reunión de Comisión de Presupuesto y Hacienda que las proyecciones, como la inverosímil inflación del 33% como estrella, le habían quedado desactualizadas por el paso del tiempo y que las iba a tener que corregir. 

El fallido Presupuesto 2022 fue un show del me-importa-un-pito-todo en el Frente de Todos pero también -y quizás más especialmente- en Juntos por el Cambio.

Además, en sus más de 7 horas de exposición, había dejado agujeros importantes sin responder, como cuánto van a subir las tarifas de servicios públicos en promedio para cumplir con las pautas de baja en los subsidios energéticos que reflejaban las planillas. Para nada un dato menor. Son los temas sensibles en los que el kirchnerismo más duro le viene poniendo límites a Guzmán desde que asumió y que explican por qué también el proyecto no se trató antes. Porque en el Frente de Todos no había acuerdo y nadie quería exhibirlo en campaña electoral.

Ya en el recinto, y tras más de 20 horas de sesión, en el bloque oficialista se cruzaban las ideas de resistir y “gobernar por decreto” con los pedidos de la Casa Rosada de hacer concesiones para conseguir los votos. En un momento Guzmán ofreció introducir un artículo por el que si a mitad de año había más recaudación de la esperada se podrían renegociar los recursos adicionales. Luego, en la bancada admitían que podrían conceder elevar el mínimo desde el que se paga Bienes Personales, un reclamo que venía haciendo la oposición y hasta ese momento se había desoído.

Flojos de argumentos

Por eso resulta extraño el desenlace forzado por Juntos por el Cambio, justo en momentos en que todo indicaba que el Presupuesto no iba a salir así como estaba y que el Gobierno se comía el garrón de tener que devolverlo a la comisión para hacerle modificaciones.

Denunciar que estaba todo bien hasta que habló el jefe del bloque oficialista Máximo Kirchner y los agredió y que eso los hizo cambiar de opinión huele a humo. Además asoma como una chicana poco efectiva para cambiar la realidad. Estaban a punto de hacer un gol -hacerle cambiar el presupuesto al Poder Ejecutivo- pero eligieron tirarse para que el árbitro cobre foul. Inentendible además por el resultado: el Gobierno puede denunciar que no lo dejan gobernar y tendrá ahora más discrecionalidad al prorrogar las partidas actuales por decreto. 

No la entiendo, la verdad. Salvo que lo que busques sea más la pelea boba en los medios de comunicación que se frotan las manos con cualquier cosa para pegarle al hijo de la vicepresidenta, cuesta entender la jugada. Tiene razón la Coalición Cívica al reclamarle a sus aliados que les faltó “aplomo y responsabilidad”. Les sobró viveza. Hubo más “arribismo”, en términos de hacerte el vivo a lo Gustavo Arribas en la AFI, que algo de lo que pregonaba Bullrich.

La oposición estaba punto de hacer un gol -hacerle cambiar el presupuesto al Poder Ejecutivo- pero eligieron tirarse para que el árbitro cobre foul. Inentendible.

Es cierto que Máximo tiene un tono demasiado canchero para lo que tiene como experiencia de gobierno, y que suena a que siempre está haciendo bullying político, en palabras de lo que denunciaba De Pedro al hablar de su vida. Se puede decir que vive más de tensar hacia dentro y hacia fuera que otra cosa, con la soltura de cuerpo del que no ha gestionado nada salvo la herencia de sus padres. Pero en este caso, culparlo por hacer caer el Presupuesto por bardero es mucho. En un debate legislativo, recordar que enfrente hubo funcionarios que endeudaron al país, ¿es tan grave? ¿Lo que jodió fue que habló de la “cobardía” de no haber mandado el acuerdo con el FMI al Congreso? De última, podrías igualmente avanzar con la votación del pase a comisión del proyecto y hacerle cambios, lo cual era una derrota para el oficialismo, y después cuestionarle el tono por patotero y bocón.

Golpe al albertismo

La deriva de todo esto no sólo es que se retroalimenta el juego entre “estos irresponsables me bloquean” versus “ves que no quieren dialogar porque son así”, mientras se estanca el agua del inodoro tapado del país en crisis. 

En el medio, además, queda atrapado el intento del albertismo por nacer, ese de los funcionarios bien del riñón del Presidente que comió esta semana en el restaurante Santa Evita con fuertes críticas a Cristina Kirchner y pronósticos de reelección 2023, donde el kirchnerismo aparece como una “etapa superada”.

Son muchos en el Frente de Todos los que después de las elecciones del 14 de noviembre, con el envalentonamiento del jefe de Estado y luego de la marcha que le hicieron el peronismo tradicional y las organizaciones sociales, se habían entusiasmado con la idea de una nueva etapa “más justicialista que kirchnerista” en el Gobierno, expresada en una alianza bien peronista entre el capital y el trabajo, con gobernadores bancando a balazo de goma limpio los procesos de inversiones, y una política económica avalada por los Estados Unidos vía el acuerdo con el FMI.

Rocca Manzur
Amor peronista. Manzur le dijo a Paolo Rocca que lo que él hace está en el escudo del justicialismo.

Uno de los exponentes de ese momentum es el jefe de gabinete Juan Manzur que el jueves le dijo a Paolo Rocca, el líder de Techint y uno de los hombres de negocios más acaudalados del país, que lo que él hace es lo que refleja el escudo del Partido Justicialista. Dos manos, una más arriba, tirando de la que está más abajo. “Eso es lo que usted ha hecho con las pymes de todo el país”, le dijo. Impresionante. 

Otro es Gustavo Béliz, el secretario de Asuntos Estratégicos, de mucha relevancia en el vínculo con la Casa Blanca y en influencia en el Presidente. Habló el miércoles en una de esas misas del Consejo Económico y Social como si fuera un pastor antigrieta. Aseguró que hay que ir a una “nueva política de comunidad fraterna” que “nos libere de las polarizaciones, el nuevo nombre del colonialismo mental” y que permita abrir “los manantiales de amor que hay en los corazones de cada argentino y cada argentina”

Sin presupuesto y con el presidente replegándose junto a Máximo ayer en la asunción en el PJ bonaerense para denunciar a los que no lo dejan gobernar, ¿algo de todo esto seguirá en pie?