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Columnistas

Alberto y una crisis tamaño Messi en París

Por Jairo Straccia 

“Estamos cabeceando granadas en el gasoducto” es una frase copyright del industrial José Ignacio de Mendiguren cuando quiere describir que la dirigencia hace cualquiera sin registrar el tic tac social que enmarca los días en la Argentina de la pandemia que pareciera irse en fade dejando un tendal económico detrás. Como si haber sido ministro después del estallido de 2001 le hubiera dejado un sensor de por vida, en las últimas semanas la volvió a usar en privado. Y eso que todavía no había salido la foto del cumpleaños de la pareja del Presidente en plena cuarentena estricta el año pasado.

El registro indesmentible de que Alberto Fernández violó una norma que él mismo había firmado mientras mandaba a cumplirla acusando de “idiotas” a los que la desobedecían tiene un impacto nivel Messi en París, y no porque vaya a restarle cuatro votos a unos para beneficiar a otros. Se trata del episodio más fuerte de la serie Regalando Credibilidad, que tiene un guion exclusivo del oficialismo, justo cuando estaríamos entrando en las temporadas más delicadas con aumentos de los alimentos y militantes como Juan Grabois que dicen que “la paz social está en riesgo”.

Se trata del episodio más fuerte de la serie Regalando Credibilidad, que tiene un guion exclusivo del oficialismo.

La onda expansiva del moco es infinita. Los más albertistas del gabinete se agarraban la cabeza con lamentos del tipo “me mato 15 horas por día con expedientes para que nos peguen por estas pelotudeces”. El impacto provocó horas de silencio, desconcierto, bronca y acusaciones cruzadas con miradas de reojo tratando de adivinar las fuentes de la filtración. Ardían los chats entre la noche del jueves pasado y la mañana del viernes, cuando pareció haber algún tipo de reacción, que para peor mostró más caos y descoordinación.

Una banda

Mientras por un lado asomaba el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, intentando asumir el error, pedir y perdón y tirar todos los “pero ustedes” que se le venían a la mente, en paralelo -quién sabe si planeado o no- aparecía por radio Aníbal Fernández jugando a “esta la paro yo”, como si el interventor de la mina de Río Turbio necesitara recordar que él fue un jefe de ministros con pelotas y no un cara linda con pulseritas hippies. Muy oportuno el casting ao vivo de funcionarios.

Fernández lanzó barbaridades que, de tan bestiales, parecieron mostrar los hilos. Al responder sobre el festejo en Olivos eso de “qué querían que hiciera el Presidente, cagarla a trompadas a la primera dama”, recibió críticas por violento y machista. Dicen que entonces sonrió pensando “me llevé la atención, lo ayudé a Alberto, soy un crá”. Algo así como si hubiera querido ser un Fernando Iglesias hecho a medida para que no se discuta la cuestión de fondo, como había sucedido con el diputado opositor cuando con su misoginia de redes sociales había desviado la atención de la primera difusión de la listas de personas que habían entrado a la residencia presidencial en pleno aislamiento. Todo siempre puede ser un poco más delirante aún.

Alberto no para de ser Alberto, y tiene que ser presidente”, es la crítica de los cercanos que más se escuchó esta semana. 

Ahí hay otra bronca fuerte en el oficialismo, que llega sobre todo hasta los despachos del Instituto Patria. Si Alberto sabía que había estado en un festejo y encima que había fotos, ¿para qué hizo mentir en los medios a todo el Gobierno diciendo que las reuniones habían sido de trabajo, y peor, por qué no les avisó a los propios? Dicen que Cristina Kirchner bramó, pero quién sabe, puede ser novela. Igual, ¿ cómo saber ahora que no hay más quilombos por venir, con un jefe de Estado de uso liviano del WhatsApp que deja huellas de todas sus actividades, digamos, no protocolares? “Alberto no para de ser Alberto, y tiene que ser presidente”, es la crítica de los cercanos que más se escuchó esta semana.

Con cucharita

De hecho, el intento por superar la cuestión poniendo la cara el viernes en Olavarría, la capital del cemento, tuvo sabor a poco. El presidente le echó la culpa a su pareja, cuando él mismo estuvo en la fiesta. Jamás pidió perdón por haber participado él mismo de la cena, al menos un rato. Dijo “Fabiola convocó a un brindis a sus amigos y no debió haber ocurrido”. Impresionante. Teléfono para el Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad.

Pero la cosa es más grave. ¿Cuál es el registro de Alberto Fernández sobre las mentiras de las últimas dos semanas sobre que no había pasado nada? “Nunca lo ocultamos”, dijo en el acto. What? Si hasta hubo un cable de la agencia Télam de aquél 14 de julio diciendo que había sido un festejo por Zoom y con barbijo, con un título que hacía referencia al “cumpleaños atípico” de Yáñez.

Casi que informaron que habían hecho un Zoomple de Laberinto Masticable cuando en realidad habían hecho una clande hasta con Dylan.

O sea, casi que informaron que habían hecho un Zoomple de Laberinto Masticable cuando en realidad habían hecho una clande hasta con Dylan, mi único héroe en este lío. El 1 de agosto, Cafiero afirma: “Todas las reuniones fueron por cuestiones laborales”. Basta googlearlo. Entonces, hubo un “me cago en las normas” primero, pero también hubo un chamuyo sostenido después. ¿Cómo seguís ahí? “El presidente va a recuperar su autoridad moral”, se ilusiona Fernando “Chino” Navarro. Pero está en el subsuelo menos cuatro, y no está claro que lo tenga claro.

No tan grave. El Presidente nombró ministro de Defensa a Jorge Taiana, un vacunado VIP.

Y ese es el punto central. Porque así se ha venido escribiendo la historia del despilfarro del respeto al Presidente. Como cuando estalló el vacunatorio de privilegio en el Ministerio de Salud y parecía reaccionar con todo, echando a Ginés González García de la cartera, hasta que rápidamente empezó a mostrar que no le importaba mucho en realidad. Mantuvo en el cargo al procurador Carlos Zannini. Le dio notas al periodista Horacio Verbitsky. Nombró ministro de Defensa al senador Jorge Taiana. Arriba los inoculados VIP. Ahora, pedido de perdón a medias, deslindando la responsabilidad en la pareja y nada sus propias sanatas. La palabra presidencial la juntás con cucharita.

Con amigas así

La licuadora de la autoridad, que es el propio andar del Gobierno, se combina con el funcionamiento de auto de borracho que tiene el Frente de Todos. Los tumbos de Alberto conviven con las zancadillas de la vicepresidenta que en paralelo lo trata de ingenuo en público, como dijo el otro día en Lomas de Zamora al recordar que cuando era casi candidato electo había tomado decisiones responsables para que el país no se vaya al tacho en plena corrida contra el peso de agosto de 2019. O como cuando dice “bien La Cámpora, eh” porque había marcado en redes sociales que el PJ había elegido una foto sin ella para celebrar el aniversario de aquellas PASO. O como cuando hace campaña para estas legislativas pero solo hablando de los logros de su gestión que terminó en 2015. Pide el voto en actos sin el Presidente y recordando el programa Conectar Igualdad o el relanzamiento del Plan Qunita. Una amiga.

Así, parado sobre un flan, ¿ qué credibilidad tendría Alberto si tuviera, por ejemplo, que en algún momento clavar un programa de estabilización?

Así, parado sobre un flan, ¿ qué credibilidad tendría Alberto si tuviera, por ejemplo, que en algún momento clavar un programa de estabilización ante una inflación del 51% en los últimos doce meses, ante contratos que se acortan y con un dólar paralelo en 170 o 180 que tiene a todo el mundo viendo si remarca poquito o mucho más que lo que se mueve el dólar oficial?

Una amiga. La vice le dijo "ingenuo" al jefe de Estado en un acto y aporta a licuar más la autoridad presidencial.

Imaginate si además tuviera que salir a contener el conflicto social ante alguna chispa ahí donde se cruzan el hambre de la población con los intereses de las organizaciones sociales que quieren ver con qué ideas llega ese nuevo ministro de Desarrollo Social que entró fraseando de más con el “no hará falta cortar calles”. Supón (pandemia dixit) que se pudra la alianza con los Moyano, como algunos vieron en la renuncia de Facundo a la banca de diputado cuando hace minutos estaba promoviendo un proyecto de estatización de las autopistas.

La crisis política y lo que es peor, la subestimación de sus efectos, puede tener costos económicos y sociales. Por eso es crucial cómo salgan de esta. Pero no con estrategias que busquen el “ya está, conseguimos que se hable de otra cosa” o de “mirá lo que son ellos”, que es cómo mide la evolución de una hemorragia de imagen y votos un espacio en plena campaña electoral. Eso importa en la corta. Lo que está en juego es mucho más grande. Es que la gente crea. Y que crea porque tenga con qué creer.

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