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Opinión

La capacidad de sorpresa

Padre e hija caminando - sorpresa

Hay una situación que se sigue dando con mi hija cuando vamos caminando por la calle, que comenzó hace unos tres o cuatro años y que aún con sus siete años ocurre. Es la de juntar cosas por la calle. A esas cosas, yo las llamo “tesoritos callejeros” y me refiero a una hoja con un color o tamaño que le llamó la atención, una piedra con una forma particular, un palito con un largo especial, etc, etc, etc. Apenas ve algo que le despierta curiosidad, lo agarra y me lo da para que se lo guarde. Así es como vuelvo de un paseo con los bolsillos llenos de naturaleza.

En algunas ocasiones he reaccionado negativamente por el hecho de tener la sensación de que algunas cosas que junta están sucias; que pueden haber sido meadas por un perro, por ejemplo. Pero prefiero marcarle esta posibilidad para que siga juntando lo que quiera con cierto cuidado. Porque en la profundidad del mensaje, si yo le digo que no levante algo del piso que la asombró, estoy coartando esa capacidad de sorpresa que uno va perdiendo a medida que crece. El niño o la niña están bien despiertos y mucho más en la verdad que el adulto zombie que da todo por sentado y ya no se maravilla por la maravilla.

La mente no programada de los niños no tiene esa charla interna barata que nos impide a los grandes vivir en el presente y darnos cuenta de que todo y en todo momento es un milagro. Si respiramos y detenemos ese parloteo mental concentrándonos en este gran misterio que es la vida, probablemente podamos conectar con nuestra capacidad de sorpresa. En los niños y niñas, esto se da de forma automática porque todo es nuevo. Pero acá está parte de nuestro engaño. Porque, aunque no lo queramos reconocer, siempre todo es nuevo e insondable. Siempre la vida es inefable. Solo que, en esa búsqueda de seguridad y control, queremos explicar todo para quedarnos tranquilos. Y en esta dinámica mental de autoengaño pasan los días sin que nos sorprendamos por lo que nos rodea.

Ver a nuestros hijos juntar cosas por la calle, es una buena imagen para reconectar con esa capacidad de sorpresa que perdimos. Sumarnos con ellos en una actividad simple, interesante y divertida que nos puede llevar a ese estado de asombro que es muy beneficioso. Poque cuando vivimos en automático enfrascados en discusiones internas, estamos en un estado de no gratitud. Sorprendernos con lo que se nos cruza ante nuestros ojos es sentir una emoción positiva que se correlaciona con el florecimiento humano. Es no perder la humildad y sabernos pequeños y parte de algo inmenso e inabarcable.

Bueno sería que, desde el instante en que nos despertamos y abrimos los ojos, nos tomemos un tiempo para darnos cuenta que estamos vivos en una maravilla inexplicable. Conectaremos con un estado de agradecimiento desde el primer instante del día. Y cuando salgamos a la calle, podemos imitar a nuestros hijos o hijas, caminando con los ojos bien abiertos. Y por qué no, agacharnos para recoger un palito, una hoja o una piedra para que forme parte de nuestra propia colección de tesoritos callejeros.

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