Jueves, 30 de Mayo de 2024 Nubes 13.0 °C nubes
 
Lunes, 11 de Octubre de 2021 Nubes 13.0 °C nubes
 
Dólar BNA: $935
Dólar Blue: $1225
Cultura & Espectáculos

El Conde Pinochet: un vampiro chorro que te quiere licuar el corazón

El Conde

La promesa de una sátira en clave de terror, en la que el dictador chileno Augusto Pinochet es un vampiro que no murió y que vive escondido como un conde, parece, a priori, una invitación inusual e interesante.

Más aún, si consideramos que está dirigida por Pablo Larraín, un director complejo e irregular, cuya obra pendula entre las alturas de filmes como El Club y Spencer, y el pantano de otros como Fuga y Neruda. Y que, a diferencia de la mayoría de los realizadores latinoamericanos, ha demostrado que no le faltan ni presupuesto ni ambición.
El tema se vuelve aún más morboso complejo cuando se considera la oportunidad: El Conde se estrenó en el marco de la conmemoración de los 50 años del Golpe de Estado en Chile y, necesariamente, está en diálogo con este acontecimiento. Por eso, hasta ahora, ha dejado a la mayoría de los críticos taciturnos: ¿Qué nos está diciendo Larraín con este inmenso despliegue de géneros y recursos?

La dirección fotográfica es uno de los puntos más altos de la nueva película de Pablo Larraín.


La propuesta parece quedar bien explicada en los primeros quince minutos: Pinochet es un vampiro que nació hace casi tres siglos en Francia y que desde la Revolución Francesa, se dedica a combatir a izquierdistas. Se mantiene vivo gracias a la sangre que ingiere y que la película no escatima en mostrar a raudales, gozando de la impunidad gore que cochinadas como El Juego del Calamar instauraron en nuestros registros.
En 2006, simuló su muerte para despistar a quienes lo investigaban y desde entonces habita postrado en una lúgubre casona costera junto a su esposa, Lucía Hiriart, y a su mozo personal, Fyodor Krassnoff, que hace alusión al sangriento criminal Miguel Krassnoff, que en la realidad está vivo, preso y con condenas que suman más de 900 años.
Pinochet está humillado frente al país que descubrió que su patriotismo era una fachada para saquear al Estado y hacerse millonario. Quiere morir, pero su esposa que quiere que la muerda para ser vampiro, no lo deja y lo mantiene vivo echándole sangre a sus comidas a escondidas.


Motivados por la herencia, los cinco hijos de Pinochet visitan al vampiro para rasquetear cualquier tipo de bien o propiedad y, a escondidas, convocan a una monja para que le haga un exorcismo y, a la vez, investigue qué bienes tiene aún. Todo esto cruzado por diálogos retorcidos, con un humor negrísimo que la mayor parte del tiempo no logra anclarse a un ritmo audiovisual trémulo, de réquiem, con escenas que parecen sacadas de películas de Antonioni, Fassbender o Tartovski.
Entonces todo empieza a mezclarse con todo, en un pastiche siniestro en el que la pretensión de humor y el horror histórico se eclipsan mutuamente. La película extiende la negociación de sentidos y extrema sus recursos con un incomodísimo romance entre el dictador y la monja, y la inclusión en escena de la voz en off, que es la mismísima Margaret Thatcher.

La nueva constitución que plebiscitará a Chile incluye un artículo para garantizar la prisión domiciliaria al genocida Miguel Krassnoff.


Pero no funciona porque hay algo en el registro de la ética que no cierra: Pinochet es demasiado vapuleado y funciona casi como un anti héroe, como un personaje de Woody Allen o un Bojack Horseman- estúpido, perverso, pero gracioso- con el que nos podemos identificar. Y la identificación con la muerte no es compatible con la jovialidad, sobre todo cuando ese horror sigue siendo real. La narración se entrampa, por tanto, en una zona en la que no asusta, ni emociona; deja de asombrar y ya no hace reír. Titubea tanto que termina por romperse el pacto de ficción.

En ese momento, la película ya no se defiende a sí misma y queda expuesta por pretenciosa. Es del todo lícito, casi necesario entonces, sospechar desde la mala conciencia de una herida que, en el caso chileno, ha sido muy mal cuidada. Y preguntarse, mientras desfilan los créditos, con un poco de mala sangre: ¿Qué nos quiso decir Larraín con todo esto?