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Columnistas

Lo más difícil es encontrar una salida fácil

Las circunstancias no eran claras, y casi nunca lo son, pero en medio de la confusión, lo que sí estaba claro, y era inalterable, era mi muerte. Así empezaba, de hecho, el episodio. Porque algunas cosas en la vida empiezan con el final de otras, no hay caso.

Y en el medio del barullo que puede suponer, y supone, encontrarse de frente con el destino final transformado en presente, lo único que alcancé a sentir, que recuerdo que sentí, fue un terror tan grande que logró transformarse, vaya uno a saber cómo y con qué pretextos mentales, en un grito que me despertó del sueño y más tarde, también, del engaño cotidiano en el que me sumergía como un soldado corriendo hacia una balacera con tan solo apoyar mis pies sobre el piso, cada mañana.

Me llegan noticias desde España; un amigo me compró un libro que yo ansiaba y que acá aún no se editó y me manda una foto, así, sola, sin más, de la portada, y yo quiero pedirle que me fotografíe las páginas, que me deje ir leyendo, que aún faltan quince días para su regreso y que la espera es tortuosa; aunque no lo hago: hace unos días alguien me dijo que tengo que saber esperar, y que tengo que confiar en el tiempo, y dejar de exigirle al mundo las cosas materializadas y listas como si fueran una pizza que a uno le llega en moto un sábado a la noche a la puerta de su casa.

Esperar. Que las cosas llegan, que todo a su tiempo, que calma. Por eso no le pedí las fotos. Será por eso que me gusta tanto leer: porque las cosas en el papel ya están listas, editadas y selladas con tinta. Será por eso, entonces, pienso, que tengo que escribir más y ver qué palabra cae después de la próxima esperando, con fe ciega y convicción, que caiga la que tenga que caer y que sea la mejor. Así, sin buscarla.

Onomatopeya. Esa fue la palabra que vino a mi mente, en este halo en el que intento vivir por estos días. Casi siempre lo más difícil es encontrar una salida fácil. Aunque no es tan difícil hacerlo, no tanto al menos, como sostenerlo después. Lo primero que se me ocurre al escribir la palabra caída del cielo es una referencia a ella, claro, y es Bang, y atrás escucho el sonido, que sostiene la definición de la palabra onomatopeya, y después viene a mi mente la tapa del disco de Patricio rey y sus redonditos de ricota, Bang Bang estás liquidado, y después tarareo la canción Maldición va a ser un día hermoso.

Y me acuerdo, sin quererlo, y habiéndolo olvidado como quien se entera que posee algo que ignoraba, que en el sueño alguien me disparaba, y después dudo: ¿Quién me disparaba? Había espejos, recuerdo, y flores y parecía el cielo. Es divertido esto de dejar que las cosas vengan, pero tiene una contra cara innegable: hay que estar bien despiertos y preparados.

Ayer, después de mucho tiempo, tenía más cosas que escribir que tiempo disponible para hacerlo. No sucede a menudo. De hecho, no sucede casi nunca. Si, uno tiene cosas dando vueltas en la cabeza, lo mismo que moscas sobre la comida en la mesa de verano, pero cuando llega el momento, el escritorio, la silla, la pantalla y el teclado, al igual que las moscas, sólo nos sentamos ahí y nos regocijamos ante tanto, tantísimo, que al final no nos sirve de nada.

Es así: cuando uno está en el barco a veces tiene que remar y otras, sencillamente, dejar que caiga el ancla y recostarse a mirar el atardecer que se pierde en el horizonte. Los atardeceres son placebos para males que ni siquiera sabíamos que existían. Roberto Bolaño aseguraba que uno debe escribir muchos textos simultáneamente, sin enfocarse solo en uno; algo bastante parecido a la vida, en donde a veces llevamos la antorcha, otras prendemos el fuego y cada tanto la prendemos, la llevamos y corremos con el fuego bien alejado del cuerpo intentando que al menos sólo nos queme los dedos. Bravo Bolaño.

Tenemos que dejar de darle golpes al mundo. Dejar, aunque sea por cortos períodos de una falsa rendición, de provocar las cosas, de doblaras hasta justo antes de que se rompan. Con los días las circunstancias se fueron aclarando: no era yo el que moría sino todas aquellas cosas que me atormentaban y la muerte, el disparo, eran hacia ellas para que yo despertara, aquella noche y todos los días siguientes.

Los pensamientos son verdad y mentira a la vez; pensar en cuchillo no corta, pensar en bomba no explota, pensar en sangre no la hace brotar. Los sueños son mentiras, me dicen, no dramatices. Y yo solo puedo pensar en la paradoja de Epiménides y en la contradicción de la afirmación. Viene otra palabra y golpea mi pantalla como un pájaro contra un vidrio y hace un ruido espantoso: precipicio. Y recuerdo mi despertar de aquella pesadilla y la sensación de que el borde de la cama era un filo sobre el que yo bailaba haciendo equilibrio.

Lo más difícil es encontrar una salida fácil y, después, apoyar los pies sobre el piso, y descubrir que no hay salidas, ni fáciles ni difíciles: solo puertas que abrir y cerrar.

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