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Columnistas

Amo el mar porque duda

mar nublado

El mar de la costa argentina cambia de color según el mes, el año, y también, dependiendo del clima. Si uno investiga encuentra explicaciones lógicas y coherentes. Las corrientes, el clima, los vientos, el contraste, la contaminación. Pero yo no creo en nada de todo eso: para mí el mar muta a la misma velocidad y con el mismo capricho y condicionamiento que quien lo contempla.

Porque son mis ojos los que lo ven distinto, completamente transformado en otro mar mucho más pálido y verdoso, que en ésta época del año se tiñe, a lo lejos, de un gris brillante indescriptible. Y ahora el mar parece más hermoso de lo que nunca antes fue. Pero ¿cómo saber, con total exactitud, cómo lo ven lo demás? Imposible. A mí las teorías no me gustan: lo que me gusta son los sentimientos y la transparencia de ellos. Por más que quieran explicarme por qué veo lo que veo, y cómo, o a causa de qué corriente, a mí me gusta pensar que ignoran en verdad el cristal de mis ojos y que ninguna teoría puede explicar un sentimiento. Ninguna.

De camino a la costa me acordé de un poema de Rosario Bléfari que dice “Querida, quiero contarte que hay algo bueno en todo esto, que hay algo que exige estar atenta, alerta y al mismo tiempo equilibrar el disfrute y la conciencia. Conciencia de evitar daños, algunos dirán que ya está hecho, pero en todo caso está hecho desde el día en que nacimos. En la imperfección que es todo, prefiero estar donde estoy. Un caso no tan extraño. Aprendo, ensayo, recuerdo, actúo, me siento distinta por periodos saludables”.

Pensaba en el poema y en ella mientras el viento golpeaba el auto, el parabrisas, y todo se hacía evidente y transparente al mismo tiempo, como las dos caras de una misma moneda, como si nada existiera a pesar de la obviedad de que si. Rosario lo sabía: a veces debemos desviarnos como lo hace una ruta por la naturaleza indomable, sabiendo que el destino final será siempre uno y el mismo. Pero ¿a dónde vamos cuando estamos quietos?

El bosque es verde y sobrecargado, intenso, y está lleno de paz, aunque es más chico año tras año: hay mas ladrillos y menos aire. Menudo mundo. En rigor, está lleno de un falso silencio del cual gustamos pero que es un poco como la vida: no tiene nada que ver con la realidad y es la creación de nuestra conciencia y nuestro deseo lo que lo hace tan ansiado y buscado; la idea que tenemos de él es atractiva como lo es la del mar, a pesar de sus dudas, sus peligros y sus constantes y dudosos cambios de color. Si midiéramos todo en la vida con la misma vara, definitivamente estaríamos solos, locos, y encerrados en cuartos diminutos.

Amo el mar y su ruido hermoso; quizá sea por que en el fondo y con total sinceridad, me aterra. Y amo el bosque, su olor a eucaliptos y la forma en que la luz pinta el suelo usando las sombras de las ramas, quizá porque cuando me pierdo en él, me encuentro a mí mismo. Como si la única forma de saber quiénes somos, sea prescindiendo de todo. Con los años uno va aprendiendo a medir menos y a sentir más: es más riesgoso, no digo que no, da miedo y aterra, pero al final del día nos regala la satisfacción de no haber accionado por conveniencia. Como dice el Nano: prefiero querer a poder, y disfrutar a medir.

La librería más antigua se esconde en el segundo piso de una galería. No es la única, pero a mi me gusta pensar que sí y además, así hubiera cientos de ellas, para mí seguiría siendo la única elección. Entré y me compré un libro de poemas. La tapa es amarilla y tiene en ella una ilustración de un pájaro negro, creo que es un cuervo. No me gusta leer cuando estoy de vacaciones: para mi leer es el único artilugio aún eficiente para evadirme de la realidad, la última cueva donde cobijarme; pero entre el mar y el bosque no necesito aislarme sino todo lo contrario, necesito camuflarme y ser parte de ellos.

Pero leo: mis gustos parecen estar cambiando y este lugar me desarma porque ofrece mucho sin pedir nada a cambio, con absoluta generosidad. Y entonces me pasa exactamente lo que describe el primer poema del libro: la mente no duerme, descansa impaciente, y mientras lo leo siento algo extraño: con mis manos no sostengo un volumen de 635 páginas de Raymond Carver sino un pedazo de árbol, la costra, la celulosa, la tinta negra grabada y su olor fresco que ingresa en mí, lo mismo que el sol calentándome la cara en pleno invierno.

Amo el mar porque duda. Porque va y viene, y vuelve a ir y a venir, como la vida. Eso dice la primera página de una novela que estoy escribiendo. El mar duda, y es imprevisible, pero a veces, cuando uno es feliz, logra ignorar todo eso y tantas otras cosas más. Y es tan claro, y tan evidente, y tan sencillo, que cuesta explicarlo. Casi siempre sucede lo mismo: por más que uno intente explicarlo, no sirve de nada. A veces, sencillamente, la única forma de amar el mar, es hundiéndose en él.