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Columnistas

Palabras que esquivan lo que quiero decir

A veces no hay qué escribir. Es sencillo y tiene lógica: uno pasa buena parte del tiempo con los ojos abiertos y la recepción de sentimentalismos permeable a más no poder, y busca en el entorno, en la calle, en todos lados.

Pero a veces las cosas no llegan, no pasa nada, y no hay qué escribir. Y a veces sucede todo lo contrario: hay demasiadas cosas, con bastos y desgarradores detalles, tanto, y tan pesado todo, que a uno sencillamente se le van las ganas. Es así: el mundo a veces apabulla y uno sólo quiere esconderse, mandarse a mudar, pasar desapercibido como una estrella más en la noche.

En el medio de esas dos corrientes vivimos los que escribimos, los que sentimos más de la cuenta, los que sabemos que ninguna frase ni ningún libro ni ningún cuento son capaces de detener un mal, pero sí, definitivamente sí, de regalar consuelo y alivio a quien lo sufre y que es ahí, justamente ahí, en donde toda la literatura cobra sentido.

Todo esto viene a que cuando era chico creía que las publicidades de la televisión eran en vivo y en directo. Entiéndase: cuando iban al corte comercial entonces los actores y las actrices corrían para hacer los actos publicitarios, incansablemente, una y otra vez, corte tras corte, como si fuera el arte publicitario un mecanismo de fabricación en serie en donde se hace siempre lo mismo, todo el día, a cualquier hora, como monos de circo de pueblo en pueblo con sus carpas y panderetas. Claro que dependiendo del horario las publicidades variaban, y entonces las que yo veía, a eso de las cinco de la tarde, horario en el que regresaba del colegio, no eran las mismas que consumía mi madre al mediodía o mi padre, pasada la hora de la cena, y eso me servía de excelente explicación para mi teoría: los actores no eran robots ni esclavos, sino que descansaban.

Tenía una lógica infantil, claro, pero una lógica al fin. A pesar de esto siempre fui objetivo y siempre supe que podía estar equivocado, y lo estaba, claro; el desengaño vino con risas y cargadas, cuando le conté mi teoría a uno de mis hermanos. El caso es que ver que estaba errado, no por el hecho en sí, sino por descubrir que todo era una mera grabación repetida hasta el cansancio, día tras día, hora tras hora,  generó en mí un desanimo insoportable de sobrellevar.

Realmente me desilusioné como quién descubre a su padre o madre poniendo un billete bajo la almohada y sacando el improvisado sobre de papel con el diente adentro. Y entonces, después de descubrimiento, cuando el programa que yo miraba iba al corte, yo dejaba de mirar. Ya no me interesaba. Quién podría estar de acuerdo con eso, digo, con mirar figuritas repetidas, cosas falsas por definición, a conciencia y con entusiasmo. Para mí era lo mismo que leer un diario viejo; se había roto la magia, y todos sabemos que cuando descubrimos el truco solo nos queda, como eufemismo, abandonar el espectáculo.

Lo mismo pasa a veces con la escritura. El truco se nos hace obvio, las vueltas viran siempre hacia el mismo lado, no hay sorpresas, y todas las historias son parecidas, y todas acaban mal, y alguien llora, y otro sufre, y el positivismo es mala palabra, y lo rosa es tabú, y la columna la tengo que entregar hoy.

Hoy, no mañana ni pasado mañana, hoy: y no hay nada que escribir. El último recurso es siempre el de buscar en nuestro propio archivo; en esa carpeta de escritos varios, de sesiones random de madrugadas perdidas en donde todo nos avergüenza y casi nada vale la pena, e intentar encontrar allí algún escrito decente que nos rescate del bache. Y entonces encontré mi teoría de las publicidades muy bien redactada, con exquisitos detalles sobre cómo se colocaban las marquesinas y las luces a una velocidad desmesurada y la cámara captaba a los actores en un estudio circular como una ruleta, y que cuando una acababa entones el camarógrafo viraba tan solo un poco la cámara en el sentido de las agujas del reloj y pasaba a la siguiente publicidad en donde otros actores, bueno, actuaban.

La leí con pasión, que es la única manera de leer realmente, y por un instante volví a creer en todo eso. Me entusiasmé otra vez y prometí no contarle nada a nadie para que nadie me corriera otra vez el velo con el que veía todo, otra vez. Y funcionó. Mi mente era un cascabel. Esa noche, cuando me senté a mirar el noticiero y el conductor fue al corte publicitario pude ver, con total claridad y certeza, a los actores vendiendo en vivo y en directo, y con repetido cansancio, cremas, productos para el pelo, viajes, televisores y remedios. De repente quise escribir, tenía algo que escribir, había encontrado otra vez, en la realidad, algo que la superaba, algo mágico. Y eso, justamente y solamente eso, es la vida y la literatura. 

Está pasando