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Cultura & Espectáculos

Ghost, Gojira, Mastodon y más: ante la crisis, heavy metal

Cada dos o tres días alguien publica un paper sobre qué le pasa por la cabeza a los
metaleros, casi siempre con los mismos resultados: el heavy sirve para canalizar la ira,
subyace en la comunidad cierto espíritu de resistencia a la autoridad, los círculos por los
que se mueven estos especímenes son cerrados pero intensos, etc. De los amantes del
rock pesado se suelen destacar esos valores, y uno más: la lealtad, entendida como un
compromiso inquebrantable con sus artistas favoritos, con sus pares y con sus propios
principios. "Nadie dice ‘sí, me copé mucho con Slayer un verano’. Nunca conocí a alguien
así. Sí conocí al tipo que se talló Slayer en el pecho”
, dice Rob Zombie en el maravilloso
documental A Headbanger’s Journey, y esa es la idea: al metal se lo abraza y no se lo
suelta ni aunque arrecien tempestades.

Situemos esa lealtad en el contexto Argentina 2023 y nos encontraremos con algo que
puede resultar inesperado para quienes toquen de oído en el mundo heavy pero que desde
adentro se ve, con matices, bastante lógico: un ritmo sostenido de visitas internacionales,
algunas de nicho y otras más faroleras, a prueba de cualquier crisis o desventaja cambiaria.

No hablamos de los megashows estelares que agotan tickets vengan cuando vengan
(Metallica, Iron Maiden, quizás Megadeth), sino de un estadío -acaso- inferior a ese: bandas
surgidas y popularizadas en este siglo que construyeron su culto casi sin difusión en la
media mainstream local. El primer ejemplo es Ghost: el grupo sueco anunció su llegada a
Buenos Aires para tocar en el Luna Park y vendió todo en cuestión de días, gracias a lo cual
su concierto debió trasladarse al más grande Movistar Arena para el 24 de septiembre. Otra
muestra es la visita de Gojira y Mastodon, que se presentarán en el mismo estadio cubierto
de Villa Crespo el 17 de noviembre. Con entradas que arrancan en 12 mil y 19 mil pesos
respectivamente
, no estamos hablando de recitales “regalados” ni mucho menos inflados
artificialmente por un aparato multimediático (aunque, vale decir, tampoco están carísimos:
Diego Torres toca en diciembre en el Movistar y los tickets cuestan más de 14 mil pesos). Y
sin embargo ahí están: Ghost sold out, Gojira y Mastodon en camino a ello. ¿La
explicación? Al metal se lo sigue, que la crisis la paguen los capitalistas.

¿O habrá algo más? Porque si algo condiciona la convocatoria de las visitas internacionales
en los últimos diez años es el factor “evento”: la metamorfosis de los conciertos musicales
en experiencias en las que conviene decir presente (con la consiguiente documentación en
redes sociales) por cuestiones de aprobación ajena.
Sólo así se entiende un récord como el
de los diez River de Coldplay con 550 mil entradas vendidas: sin duda fueron muchos fans
de la primera hora, pero el desborde se explica por la presencia de una horda de seguidores
ocasionales movilizados por el FOMO (“Fear Of Missing Out”, o “miedo a quedarse afuera”).

Es incómodo (y tal vez polémico) al menos hacerse la pregunta si algunas gotitas de este
fenómeno percolaron el metal: la ampliación del aforo en tiempos de escasez, ¿se debe a
que el público de siempre elige comer arroz dos meses con tal de no faltar (y a que no va a
ver otra cosa que no sea metal), o habrá un número considerable de paracaidistas?
A priori
no parecen muy lollapaloozeados los conciertos heavy (no hay influencers subiendo stories
sobre ellos diciendo que “no te lo podés perder”, y recordemos la mencionada no-manija
mediática), pero el run run en redes puede tener algo de peso. No es que una parva de
laliters vayan a romperse el cuello con “Blood and Thunder” para figurar, pero a quien venga
de crianza rockera se le puede despertar la curiosidad y quizás haga el sacrificio.

Eso sí: hay otra instancia en la que el forastero no corta ni pincha, y es la de los shows de
artistas internacionales desconocidos (o casi) para las grandes audiencias, que vienen a
tocar en lugares cuya capacidad oscila entre las 500 y las 1500 personas. De estos también
hay como para hacer dulce: en el Teatro Flores están anunciados Sodom (10 de
septiembre), la casi local Tarja (16/9), Glenn Hughes (13/11) y Blind Guardian (16/11); en
Uniclub, los deathmetaleros holandeses de Sinister (27 de junio), Brujería (5 de septiembre),
y Acid King (8/9), entre otros
. Y a todo eso sumémosle un par de eventos nacionales de
fuste: el 21 de junio el tributo a V8 de Gustavo Rowek, el Tano Romano, Walter Meza y el
Topo Yánez se une a Horcas, el Tano solista, Entre el Cielo y el Infierno, El Dragón y
Renacer para hacer un Luna Park, mientras que Los Antiguos homenajean al querido Pato
Larralde el 24 del mismo mes en Groove de Palermo.

Es que -como dice la ciencia- la lealtad en el metal no se negocia, y en medio de la crisis
esa lealtad se expresa en una profundización de la endogamia que ya de por sí caracteriza
al género: si sólo se puede ir a tres o cuatro shows en todo el año, esos tres o cuatro shows
serán de heavy. Eso, y que mejor patinársela en diversión porque total ahorrar es imposible,
y que las visitas internacionales no se pueden dejar pasar porque andá a saber si algún día
van a volver
. Queda para un futuro análisis otra cuestión: cómo pega esto en la escena local
(que me la gaste toda en Gojira, ¿hace que no me quede nada para gastar en Tren Loco,
en Arde La Sangre, en Poseidótica? ¿O todo empuja para arriba y el crecimiento es a
escala pero parejo?). Por lo pronto, un par de cosas quedan en claro: la oferta no amaina, la
demanda acompaña y la hermandad le gana a la inflación.

Está pasando