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Columnistas

Guitarras, lentos y MTV: Get a Grip de Aerosmith cumple 30 años

Get a Grip de Aerosmith

Está claro que cuando nos hicimos grandes y tuvimos que salir a buscar laburo nos la dimos de frente contra la catástrofe menemista y la alegría se nos murió en los brazos, pero hay que decir que los 90 fueron una gran época para ser adolescente y rockero en la Argentina. Los discos que nos gustaban llegaban y los comprabas más o menos cerca de tu casa a un precio razonable, no te los tenías que hacer traer abajo del sobaco por una azafata que pegaba dos horas de escala en Estocolmo. Las bandas de afuera empezaban a venir: Paul, Madonna, Michael Jackson, Bowie, los mismísimos Rolling Stones y toda una parva de gente muy grosa de repente tocaba a uno o dos bondis de distancia de donde estabas. Y sí, todavía no había Internet, pero lo compensábamos con una MTV Latinoamérica prendida fuego que -con la conducción de Ruth, Gonzalo, Alfredo et al- nos educaba sentimentalmente en tiempo real con lo que pasaba en el paraíso anglosajón. En ese plan, uno podía terminar los deberes de Geografía, prender la tele y encontrarse con Alicia Silverstone y Liv Tyler en un clip de Aerosmith, lo cual -por razones no sólo musicales- era algo maravilloso para que te sucediera teniendo quince años.

Dicho esto, cortemos con la dulzura de un saque yendo a lo que motiva este texto: el disco de Aerosmith que tenía esos temazos y esos videazos que quedaron grabados en nuestros tímpanos y retinas hoy cumple treinta años. Pasó el mismo tiempo entre la salida de Get a Grip y hoy que entre el primer disco de los Beatles y Get a Grip. Así de efímera es la existencia humana.

Para nosotros, los teens de los 90, Aerosmith era nuestra: muy poco sabíamos de su vida anterior, sus años de gloria pasada, sus primeros discos casi perfectos (todo lo que hicieron entre el debut homónimo de 1973 y Draw the Line del 77 es apabullante). Alguna revista nos contó, sí, sobre su caída en desgracia y posterior redención: en la primera mitad de los 80 el guitarrista y co-compositor principal Joe Perry dejó la banda, la música empezó a ir para atrás y todo indicaba que eran otro grupo pasado de moda hasta que el Gemelo Tóxico de Steven Tyler pegó la vuelta en Done with Mirrors del 85 y todo se acomodó otra vez. 

Después de eso vino una trilogía de regreso a la mejor forma. Primero llegó Permanent Vacation (1987), que nos dio hits como “Rag Doll”, “Dude (Looks Like a Lady)”, dedicada a Vince Neil de Mötley Crüe, que en ese momento efectivamente parecía una mujer, y la balada “Angel”. Dos años después lanzaron Pump, que metió otra trifecta de éxitos con “Love in an Elevator”, “Janie’s Got a Gun” y “What It Takes”. Y finalmente llegó Get a Grip, el álbum que hoy nos convoca, del cual cortaron seis singles que sirvieron para vender la módica suma de veinte millones de copias en todo el mundo.

Es cierto que Tyler y Perry estaban otra vez de luna de miel y todo lo que escribían salía bañado en oro, pero hubo otra razón detrás del Aerosmith infalible de fines de los 80 y principios de los 90: los compositores invitados. La lista de autores que metieron mano en Get a Grip es larga y notable: Jim Vallance (socio musical de Bryan Adams), Tommy Shaw de Styx, Mark Hudson, Richie Supa, Taylor Rhodes, Jack Blades y -principalmente- Desmond Child, quien cobra SADAIC nada menos que por "I Was Made for Lovin' You" de Kiss, "You Give Love a Bad Name", "Livin' on a Prayer", "Bad Medicine" y "Born to Be My Baby" de Bon Jovi y “La copa de la vida” y "Livin' la Vida Loca" de Ricky Martin, entre otros hitazos. Incluso Lenny Kravitz figura en los créditos de “Line Up”, donde metió unas voces (el otro corista célebre es Don Henley de los Eagles, que aparece en “Amazing”).

Esta caterva de firmas le dio a Aerosmith una diversidad de estilos que hoy parece su marca registrada, pero que hasta ese momento le era extraña; lo suyo era el hard rock de guitarras con raíces bluseras, irresistible para los iniciados, pero no tan atractivo para la audiencia de las FM fórmula. El límite que empezaron a quebrar con Permanent Vacation, siguieron mancillando con Pump y terminaron de demoler con Get a Grip fue el del nicho del rock puro y duro, para lograr así el bendito crossover que también lograron bandas como Guns N’ Roses o Metallica por aquellos años: el fino equilibrio que permite conservar la base de fans y a la vez sonar en Los 40 Principales entre Luis Miguel y Technotronic. Uno puede hacerse millonario dentro del gueto, pero ser recontra súper archi multi millonario requiere otro tipo de expansión sociodemográfica.

El disco tiene buenas canciones esperables para Aerosmith, como “Eat the Rich”, “Shut Up and Dance” o el primer corte “Livin’ on the Edge”, inspirado por los disturbios raciales en Los Ángeles en el 92. Sin embargo, el crossover del que hablábamos llegó a caballo de una nueva triada de hits: la de “Cryin’”, “Crazy” y “Amazing”. Las tres tienen en común ser power ballads, una rama del rock (un poco) pesado que uno asocia con un género que a principios de los 90 era mala palabra: el llamado hair metal de Poison, Warrant, Cinderella y toda esa runfla. Así como Capusotto dejó en orsai la estupidez de los músicos que flashean rockstars viviendo en un dos ambientes en Almagro con Pomelo, Nirvana sacó Nevermind en el 91 y de repente todo el rock se cruzó de brazos, miró el circo del maquillaje y los pelos con spray y dijo “¿qué problema tienen, muchachos?”. De modo que todas esas bandas (que, hay que decirlo, no le debían poco a Aerosmith) cayeron en desgracia de un día para otro, pero uno de sus estandartes -los lentos épicos - sobrevivió en contextos más, llamémosle, serios. Volviendo a la lista de grupos que lograron el crossover radial por aquellos años: Guns N’ Roses hizo “Don’t Cry” y “November Rain”, Metallica hizo “Nothing Else Matters” y Aerosmith estas tres que, además, tuvieron el maravilloso tino de ilustrar con sendos videos imborrables.

Quizás no muchos sepan que Alicia Silverstone debutó como actriz en The Wonder Years, serie que en Argentina conocimos en Canal 9 con el nombre de Kevin, creciendo con amor. Ahí interpretaba a la chica de los sueños del protagonista, un adelanto de lo que pasaría con ella y toda una generación a partir de su aparición en el clip de “Cryin’”. Ahí la conocimos, haciendo de una “rebelde” que se tatuaba y se ponía un piercing y se tiraba de un puente atada de las piernas por un pibe que no le terminaba de dar bola. Tenía cara de ángel y la jugaba de rea, y todo mientras sonaba una canción que tenía un solo de guitarra demoledor, pero también decía “lloraba cuando te conocí, pero ahora muero por olvidarte”. Era la tormenta perfecta.

A la que años después sería la protagonista de Clueless la volvimos a ver en “Amazing”, un guiño meta en el que un muchachito usa una versión cavernícola del metaverso para justamente interactuar con la chica del video de “Cryin’”. Así todo volvió a pasar, con el agregado del componente futurista y una escena sobre una moto (tan peligrosa que hay versiones del clip con un cartelito sobreimpreso que dice que no lo intenten en sus casas) que -por decirle de alguna manera- nos enamoró todavía más de ella.

Y entonces llegó un tercer video, el de “Crazy”, donde no sólo nos volvimos a topar con la Silverstone sino que además se agregó al combo la hija del jefe, Liv Tyler, y se armó el tándem rubia - morocha (y el acalorado debate de “con cuál te quedás”) y para peor interpretaban a dos chicas que se escapaban del colegio y, vestidas como nuestras compañeras (recordemos que esto está escrito desde la perspectiva de alguien que cuando veía todo eso no llegaba a los quince años), se iban de road trip para terminar participando en un certamen de strip tease amateur. Vale aclararlo: si esta sección del relato parece tener un componente libidinoso importante es porque a) sí, desde ya que lo tiene, es lo que dicta la memoria; b) aquello no era un detalle menor sino algo que claramente la banda buscaba (y definitivamente encontró). El secreto del éxito masivo de Get a Grip fue una combinación de factores: rock crudo de guitarras y lentazos aptos para todo público, con una pata audiovisual fuerte, en plena época de expansión regional de la MTV, sostenida en dos chicas de belleza híper hegemónica puestas ahí para que algunEs quieran estar con ellas y otrEs quieran ser ellas. Con el diario del lunes: no podía fallar.

Lo que siguió para Aerosmith fue, cómo no, la decadencia. En el 94 sacaron Big Ones, un grandes éxitos que nos compramos todos (sólo con canciones de Permanent Vacation en adelante, más un par de inéditos), después Nine Lives (del 97, con “Pink” y "Falling in Love (Is Hard on the Knees)") y después… qué importa del después, toda su vida es el ayer que los detiene en el pasado. En el 94 dieron cuatro shows en Argentina (tres en Vélez, uno en el Kempes cordobés) y recién volvieron trece años más tarde a un Quilmes Rock en la cancha de River en el que -sabrán disculpar la autorreferencia- este cronista vivió un momento de zozobra profesional que viene al caso.

Si algo no podía faltar en un show de Aerosmith en los 2000 eran “Cryin’”, “Crazy” y “Amazing”. No había chance de que no las tocaran: muchos de los que habían pagado la entrada lo habían hecho motivados por los hits de su juventud. “Cryin’” fue el quinto tema del show y “Crazy” el sexto, pero “Amazing” se hacía desear. Después de hacer “Draw the Line” la banda se fue a camarines: era obvio que se habían guardado el tema más conocido para el final. Exhausto y hambriento, el cronista terminó la crónica que llevaba para un extinto sitio web ponderando la performance de cierre con “Amazing”, la publicó y emprendió el largo viaje de vuelta a su casa para evitarse el malón de salida. Cenó y se fue a dormir, para despertarse al día siguiente con un rosario de comentarios soeces de lectores porque lo imposible se hizo realidad: Aerosmith, aquella noche, no tocó “Amazing”. Considérese este artículo -además de como un homenaje a un disco histórico y una palmada en la espalda al adolescente que alguna vez fuimos- como un mea culpa reparador.