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Columnistas

Adele, Taylor Swift, Olivia Rodrigo: el año del desamor

Por Diego Mancusi

Poco queda en pie de lo que estaba de moda en 1958: las familias ya no se reúnen alrededor de la radio, las mujeres ya no usan largos vestidos acampanados de entrecasa y no hay muchas chances de que a algún ejecutivo de televisión se le ocurra vender una serie ambientada en el Lejano Oeste como las ¡cuatro! más vistas de aquel año en Estados Unidos (Gunsmoke, Wagon Train, Have Gun – Will Travel y The Rifleman). La música, por supuesto, también cambió: no hace falta señalar que los charts de 2021 no están copados por discos de jazz y rock n’ roll. Sin embargo, hay algo que atraviesa estos 63 años y sigue igual de vigente como motor de la composición y de la industria discográfica: el desamor. Uno de los álbumes más exitosos del 58 fue Sinatra Sings for Only The Lonely, una colección de canciones tristes motivadas por su divorcio de Ava Gardner. Tres de los discos que más semanas pasaron en el número uno del ranking de Billboard en 2021 fueron Sour de Olivia Rodrigo, la regrabación de Red de Taylor Swift y 30 de Adele, todos inspirados por rupturas sentimentales. Queda claro: las modas pasan pero los corazones rotos siguen sin sanar.

El año termina con el cuarto disco de Adele encabezando el chart desde comienzos de diciembre. La británica es prácticamente una artista conceptual del divorcio: le canta a las separaciones como las bandas de reggae al porro. Ya en su debut 19 (2008) estaba vendiendo millones gracias a “Chasing Pavements”, una letra que habla de dejar a una pareja y seguir con la vida, surgida a partir de haber encontrado a un novio con otra mujer en un pub. Ni hablar de 21 (2011), donde usó como musa exclusiva al señor diez años mayor del que se acababa de separar y nos ofreció uno de los himnos definitivos de las rupturas, “Someone Like You”. En 25 (2015) no dejó a nadie ni la dejaron, lo cual no implica que no pudiera darnos canciones incapaces de superar un test de Bechdel como "Send My Love (To Your New Lover)" (“mandale mi amor a tu nueva amante”). Y así llegamos a 30, su último opus, grabado tras su matrimonio fallido con Simon Konecki y compuesto -contó la artista- en base a las conversaciones en las que le explicó a su hijo por qué dejó a su papá.

Queda claro: las modas pasan pero los corazones rotos siguen sin sanar.

Antes que Adele el número 1 del chart lo ocupó Taylor Swift, otra especialista en la materia. En noviembre de 2020 la cantante protagonizó la edición Músicos por Músicos de la revista Rolling Stone nada menos que junto a Paul McCartney, que en un momento de la charla sacó el tema de la pasión de la estadounidense por cantarle al desamor.

MCCARTNEY: Vos escribías canciones de separación como si estuvieran por pasar de moda.

SWIFT: Lo hacía, antes de que cambiara mi suerte [risas]. Todavía escribo canciones de separación. Amo una buena canción de separación. Porque alguien en el mundo… siempre tengo un amigo que se está separando, y eso me hace componer una.

Taylor está regrabando buena parte de su catálogo para recuperar los derechos sobre su obra, y en ese lote de discos a remozar cayó Red (2012), su cuarto trabajo. La nueva versión salió en 2021 y conserva el espíritu del original, inspirado por su separación del actor Jake Gyllenhaal (con quien salió… ¡tres meses!). El álbum es ecléctico en lo estilístico, algo que llamó la atención en una artista que venía del country: “Creo que fue una metáfora de lo caótica que puede ser una ruptura real, y éste es mi único disco de separación de verdad”, contó. Varios temas de Red están motivados por su vínculo breve pero intenso con el actor de Secreto en la montaña, entre ellos “All Too Well”, de diez minutos de duración (poco menos del 0,01% de los 131.400 minutos que duró su relación: dato, no opinión).

Finalmente, Sour de Olivia Rodrigo subió y bajó del primer puesto varias veces entre junio y julio, y mientras tanto se dedicó a romper récords: primer disco debut de la historia con dos singles número uno, álbum de artista femenina más escuchado de todos los tiempos en su primera semana en Spotify, cabeza de los charts en Inglaterra, Australia, Canadá, Irlanda, Nueva Zelanda y más. La cantante de 18 años -surgida de la masía Disney, como Miley Cyrus, Selena Gomez y tantas otras- se presentó al mundo en enero con “Drivers Licence”, un single en el que habla de un ex y una rubia que se coló en el panorama, ambos no identificados (por ella: los detectives de la Internet dedujeron que se trataba de Joshua Bassett y Sabrina Carpenter). “Drivers Licence” está en Sour, como también “Traitor”, otra canción dedicada al mismo muchacho con las siguientes frases matadoras: “Te tomó dos semanas recuperarte y salir con ella. Supongo que no me engañaste pero igual sos un traidor”. No hay que hurgar mucho para averiguar de quién aprendió a componer canciones de ruptura empoderadas en segunda persona, haciendo una autobiografía sentimental casi en tiempo real con cuestiones que en otra situación morirían en las páginas de chismes: en su perfil de Spotify Olivia se define como “cantautora, actriz y una gran swiftie”.

Una mujer de 33 años, otra de 32 reviviendo penas que tenía a los 23 y otra de 18 recién cumplidos, unidas por la musa de las relaciones truncas.

Una mujer de 33 años, otra de 32 reviviendo penas que tenía a los 23 y otra de 18 recién cumplidos, unidas por la musa de las relaciones truncas, con enfoques diferentes que seguramente tengan que ver con la forma en la que uno encara los desarreglos sentimentales en cada etapa de la vida: mientras Rodrigo y Swift enrostran culpas a modo de purga con el dramatismo de la post adolescencia, Adele se concentra en reagruparse y seguir viaje sin tanta alharaca y sin tampoco caretear su tristeza. Todo esto inscripto en una larga, larguísima tradición de canciones y discos inspirados por amores muertos que tuvo un hito fundacional en la música popular del siglo XX con aquel elepé de Sinatra (aunque no fue ni por asomo el primero: ¿no dicen que si pasas un blues al revés vuelve tu mujer?) y que siguió dándonos obras maestras con el paso de las décadas. De Blue de Joni Mitchell a Naturaleza sangre de Fito Páez, de Blood on the Tracks de Bob Dylan a Melodrama de Lorde, los melómanos salimos ganando con esta paradoja de los músicos dando lo mejor de sí en sus peores momentos. Hay una conexión directa entre la necesidad de catarsis del artista y la identificación que genera con ello en el oyente, que también sufre pero no sabe expresarlo tan lindo: el ida y vuelta de bajón es pura ganancia. Como decía Rob Gordon (o Fleming, si hablamos del libro) en Alta fidelidad: ¿Escucho música pop porque estoy deprimido o estoy deprimido porque escucho música pop?

Hay una conexión directa entre la necesidad de catarsis del artista y la identificación que genera con ello en el oyente.

Así las cosas, los discos de separación nos parecen buenos porque nos dan algo que necesitamos. “Hablar de la felicidad nunca fue buen negocio. En general las buenas artes son productos de un conflicto, una ruptura. La gente necesita sentirse identificada sobre todo en el dolor, no tanto en la alegría. El éxito no te interroga, lo que te interroga es el fracaso. Entonces, que una letra, una canción ponga en palabras lo que vos no podés decir garpa mucho más que contarle al mundo que sos feliz”, dice Fabio Lacolla, psicólogo especializado en músicos y autor del muy buen libro Estar en banda: Psicología del músico de rock. Cuando está herido de amor, el artista tiene en sus manos una materia prima riquísima, una que interpela y que ya de movida va a encontrar oídos atentos y empáticos. Porque a fin de cuentas lo que queremos todos, compositores y espectadores, cantautores y fans, es exorcizar demonios de la manera más elegante posible. Así lo explica Abelardo Castillo en referencia a la escritura, pero se extrapola sin problema a la música: “La literatura está cargada de fatalidad y de tristeza. ¿Por qué? La vida no es siempre fea. Lo que pasa es que, en el fondo, la literatura es un conjuro contra la infelicidad y la desdicha. La gente quiere ser feliz. Pero la felicidad no hay que escribirla: hay que vivirla. O por lo menos intentar vivirla. En la literatura se pone el deseo, la nostalgia, la ausencia, lo que se ha perdido o no se quiere perder. Por eso es tan difícil escribir una buena historia feliz. La historia de amor más hermosa que se ha escrito es Romeo y Julieta. Pero es una catástrofe. Ella tiene catorce años y él dieciocho, y terminan suicidándose. Qué linda historia de amor”.

Rumours de Fleetwood Mac, Tunnel of Love de Bruce Springsteen, Honestidad brutal de Andrés Calamaro: la lista de discazos que nos regalaron los quebrantos amorosos de los músicos y las músicas es abrumadora. Con una big band jazzera, una guitarra eléctrica distorsionada o una computadora y Autotune como acompañamiento, al desamor se le sigue cantando igual que se le cantaba hace mil años, y si en algún momento Adele, Taylor Swift y Olivia Rodrigo ordenan del todo su corazón y se encaminan a la plenitud romántica por los siglos de los siglos, no hay ninguna duda de que otras y otros ocuparán su lugar.

Sin jerarquía, sin explicación y sin mucha más justificación que el concepto que hoy nos une: un puñado de buenos álbumes de distintos estilos y procedencias que comparten la ruptura sentimental como inspiración. A saber.

808s & Heartbreak - Kanye West

Amar, temer, partir - Gabo Ferro

Burn Your Fire for No Witness - Angel Olsen

Face Value - Phil Collins

For Emma, Forever Ago - Bon Iver

Friendly Fire - Sean Lennon

Sea Change - Beck

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