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Columnistas

Faltan pocos días para el 2001: la historia que nos formó (Parte II)

Por Diego Rojas

1. Tras breve sueño, el despertar estaba sonorizado con los cantitos de la jornada anterior (que, en rigor, no dejaba de ser la misma).

Al acostarme había buscado alguna radio de la AM a la que los oyentes contaban, en forma de mensajes, cómo habían desplegado un sistema de vigilancia por cuadra, con vecinos armados con rifles y balas de plomo a la espera de la horda de desesperados que ya no saquearían los supermercados, sino sus propios hogares. Así sucedía, según el locutor, en varias zonas del Gran Buenos Aires mientras repetía que Domingo Cavallo había renunciado y que el Estado de Sitio no había sido levantado. “¡Qué boludos, qué boludos / el Estado de Sitio / se lo meten en el culo!”. Ese era uno de los cantitos que resonaba en mi cabeza al despertar. De hecho, era una descripción más adecuada a la realidad que la del locutor, ya que la suspensión de garantías constitucionales y la prohibición de reuniones públicas había sido largamente superada la noche y la madrugada anteriores. El otro cantito que había nacido ese 19 de diciembre de 2001 era: “¡Ohhhh, que se vayan todos / ohhhh, que se vayan todos / que no quede / ni uno solo!”. El cantito del Estado de Sitio tenía fecha de vencimiento. Este lo escucharíamos y cantaríamos un largo tiempo más.

La suspensión de garantías constitucionales y la prohibición de reuniones públicas había sido largamente superada la noche y la madrugada anteriores

Mane, mi amiga, seguía dormida y yo fui al trabajo, era temprano. Podría no haber ido, pero pensé que tal vez podríamos ir algunos compañeros a la cita en la Plaza del Congreso a las 11 horas, llamada por la Asamblea Nacional de Trabajadores. Al llegar vi las primeras imágenes del 20 de diciembre de 2001 en Plaza de Mayo, en alguno de los varios televisores de la agencia. En las escaleras de la Catedral creí reconocer a Pablo, un amigo al que no veía hace mucho, junto a un grupo abigarrado de personas, cantando, protestando. Las noticias daban cuenta de los sucesos de la noche anterior, de la actividad febril del gobierno para establecer puntos de acuerdo con la oposición peronista -ya eyectado del gobierno Cavallo-, de la continuidad de los saqueos en todos lados. ¿Fue ese día cuando un grupo de personas detuvo un camión que transportaba vacas vivas y las sacaron y faenaron frente a las cámaras para luego llevar a sus casas un pedazo de carne, quizás la cena de navidad, en la mano o en una bolsa a toda velocidad? Si no fue ese día, alguno de esos días fue.

2. Nos fuimos del trabajo Nahuel y yo. Caminamos hasta Congreso.

El centro, sin autos, brindaba la sensación de una ciudad sucia y desierta. Faltaban esos musgos rodantes de las películas del far west. En Congreso ya estaba, cerca de Plaza Lorea, la columna piquetera del grupo de Raúl Castells, un dirigente que portaba una larga barba negra que lo hacía reconocible a la distancia. Nahuel y yo nos unimos al grupo del Partido Obrero, que aún no tenía sus banderas, y al de la Asociación Gremial Docente, el sindicato de profesores universitarios que fue la única organización gremial que hizo paro y se movilizó. Concentrábamos sobre Entre Ríos e Hipólito Irigoyen.

3. De pronto, se escucharon unos estruendos.

Cerca de plaza Lorea las mujeres, que eran mayoría, y hombres del grupo de Castells corrían en bandada mientras desde unas motos les tiraban gases lacrimógenos y balas de goma. Sus banderas quedaban tiradas en el piso. Marchamos por Callao hacia Corrientes. Nahuel fue a encontrarse con unos amigos con quienes había quedado. Iba llegando gente a la columna, se repartían pancartas (decían “Asamblea Popular”, consigna que habíamos tomado días atrás, el 16 de diciembre, en el PicNic del PO donde Jorge Altamira había dicho que era cuestión de horas la caída de De la Rúa y que instaba a los militantes a abocarse a formar asambleas populares por todos lados), banderines, unos militantes llevaban bolsas con limones (antídotos contra el gas lacrimógeno), otros mazas con las que romper las baldosas que se convertirían en proyectiles. En el Obelisco ya había enfrentamientos y el aroma de los gases se había hecho uno con el oxígeno. Una parte de la dirección política del PO encabezaba la columna con mucha gente, pero compacta. Alguien me dijo que reemplazara al compañero que portaba uno de los palos principales de la gran bandera que nos identificaba. Ese fue mi rol durante el Argentinazo: sostener el grueso palo de una bandera. Ojo, no es una tarea fácil en medio de los gases que inundaban todo el aire respirable. En aquella época me gustaba usar pañuelos alrededor del cuello como forma cotidiana del vestir. Ese día tenía uno verde, con figuras amarillas y marrones. Fue mi barbijo antilacrimógenos.

Ese fue mi rol durante el Argentinazo: sostener el grueso palo de una bandera. Ojo, no es una tarea fácil en medio de los gases que inundaban todo el aire respirable.

4. Avanzamos, le pesase a quien le pesase, por Diagonal.

Una avanzada usaba piedras como proyectiles contra los policías que no dejaban ingresar a nadie al perímetro de la Plaza. En cierto momento, la caballería se apostó en la en Avenida de Mayo y Bolívar. Nosotros estábamos una cuadra atrás, intentando avanzar. Los caballos se prepararon, los canas también, y empezaron a correr hacia nuestra columna, visible desde todos lados por la gran bandera. Nuestros compañeros coreográficamente sostuvieron piedras y cascotes en sus manos y en especies de boleadoras artesanales, con tela de remeras. El responsable de la avanzada dio la orden, al ver correr cada vez con más velocidad a los caballos: “¡Ahora!” y una lluvia de piedras cayó sobre los canas y los caballos -uno casi cae al resbalar con las piedras-, la Caballería retrocedió y fue para todos un triunfo de nosotros: el pueblo. Estaban muchísimos manifestantes sueltos, ya se había corrido el rumor de la “Caballería del Pueblo” que eran los motoqueros que incursionaban con velocidad y violencia contra las fuerzas del orden, decidimos intentar entrar por otro lado, Diagonal estaba obturada, iban a ser las tres, alguien comentó de los primeros muertos. El irnos de Diagonal significaría un desbande de una columna que no encontraba un rumbo. Otros partidos tenían sus banderas, pero sin demasiada gente, como Convergencia Socialista, o con un método brillante y encantador formaban pequeñas columnas de tres militantes, uno de ellos con una banderita del PTS, lo que les permitía un despliegue luminoso en el combate callejero contra la policía de De la Rúa, que cada vez tenía más muertos en su haber. Se comenzaron a pasar nombres de los caídos, llegaban datos sobre represión y enfrentamientos en Rosario y otras ciudades, De la Rúa había propuesto un gran acuerdo nacional que sería rechazado y que culminaría de cerrar su caída. Nosotros estábamos otra vez en Congreso. Christian Rath, que había sido operario metalmecánico en Córdoba en los años del ascenso obrero de fines de los sesenta, principios de los setenta, y que pertenecía a la dirección del PO, dijo con su tono pausado a los militantes: “Ha comenzado la Revolución en la Argentina…, perdón, la rebelión”, se corrigió, aunque nadie supo nunca si se trató de un error. Ante los hechos que se delineaban precisos sobre la base del fin del gobierno, los acontecimientos dependerían de la actuación de las fuerzas presentes. El rol nuestro sería la organización popular. Se nos instó a volver a cada barrio y lugar de trabajo a preparar asambleas. Me reencontré con Mane, volvimos juntos.
El clima estaba enrarecido. Luego me contaría Nahuel de autos sin identificación de los que bajaban civiles y disparaban con balas de plomo a mansalva, antes de continuar la marcha, parar y volver a salir a disparar. Al llegar intentamos contactarnos con los vecinos del cacerolazo de la noche anterior, pero no había nadie en las calles. Había habido 35 muertos asesinados por el Estado en todo el país. Así era el atardecer del miedo.

5. Luego, creamos la Asamblea Popular de San Cristóbal

con la ayuda del cura de la iglesia de San Patricio, que la convocó para el fin de semana. Fueron meses de actividad febril, mientras se sucedían presidentes, llegaba Duhalde, Duhalde renunciaba. En la novela Museo de la Revolución, Martín Kohan indica que en tiempos revolucionarios las agujas del segundero avanzan como hélices de helicópteros, así es el tiempo de las rebeliones, contrapuesto al paso lento de las horas en los momentos de la restauración.

6. Pasaron veinte largos (o cortos) años desde aquellos momentos que marcaron generaciones

Podría quedar como un recuerdo. También, como la memoria de un ensayo para triunfos futuros. El país se encuentra ante una crisis insondable por la extensión de su profundidad. Es cuestión de tiempo. Falta menos. Faltan pocos días para el 2001.