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Columnistas

Guns N´ Roses: la última gran ilusión

Por Santiago Gallo Bluguermann *

1991. Apenas un año después del comienzo de la nueva década el rock se enfrenta al último cimbronazo radical del que se tenga memoria. El grunge, con Nirvana y su Nevermind prepara el asalto final al Olimpo del Rock que Kurt Cobain tanto detestaba y de paso decretar por muerto al hard rock (y prácticamente al metal) de los 80s. Metallica, tal como se detalló en una columna anterior en esta misma página, olfateó el aire y editó el Black Album su disco menos pesado y más mainstream hasta entonces. Guns N´ Roses, el otro gigante de entonces, se ajustó las botas y aceleró con un disco doble pero vendido individualmente y publicados el mismo día: Use Your Illusion I y II. Una obra enorme, extensísima (más de 150 minutos de música) y también con notorios cambios en la construcción de las canciones. Un salto hacia el hall central de aquél Olimpo que otros despreciaban. 

Aún estaba el filo y la peligrosidad de Appetite For Destruction, su disco debut de 1987, distribuido aquí y allá a lo largo de los dos álbumes pero ahora la fórmula agregaba otros matices. Había grandilocuencia, cierta elegancia, provocación, una producción fastuosa y un comandante claro: Axl Rose sentado al piano anunciaba al mundo que estaba dispuesto a convertirse en la amalgama hard rockera perfecta entre Elton John y Freddie Mercury.

La santa trilogía gunner Don´t Cry, November Rain y la mágica Estranged colocaban a Axl en un plano distinto. Si en el disco anterior era el tipo capaz de arrancarte y comerte el corazón ahora te mostraba que también era vulnerable y sabía sufrir… y odiar, claro. Tres videos icónicos, de presupuesto millonario que incluyeron capillas en medio del desierto, un buque petrolero real y delfines, entre otra parafernalia, que MTV rotó hasta que los aprendimos de memoria.

Axl Rose sentado al piano anunciaba al mundo que estaba dispuesto a convertirse en la amalgama hard rockera perfecta entre Elton John y Freddie Mercury.

En el camino también demostraban que eran capaces de entregar grandes versiones: Knocking on Heaven´s Door (Dylan) y Live and Let Die (McCartney) de pronto pasaron a ser de los Guns. También colaron You Could Be Mine en Terminator II, otro ícono de los 90, y Axl aprovechó para putear a todos los periodistas de rock que quiso en Get in The Ring.

Guns N' Roses y Arnold Schwarzenegger en el set de "You Could Be Mine", 1991

Se podría escribir un libro entero, y de hecho los hay y muy buenos, sobre el proceso creativo detrás de Use Your Illusion I y II y de las giras posteriores que agotaron y consumieron a la banda al punto de desmembrarla por décadas. Slash y Duff McKagan (guitarra y bajo de los Guns) cuentan en sus muy recomendables biografías como aquellos discos épicos marcaron el principio del fin. La megalomanía de Axl se disparó durante la composición de las canciones (Slash llegó a reconocer que grabó algunas guitarras sin saber bien en dónde se iban a usar) y luego aquellas giras maratónicas alrededor del mundo lo convertirían en un artista errante en busca de una perfección que jamás iba a llegar. En el medio, Axl tornó a un personaje extremadamente volátil capaz de salir horas tarde al escenario, cortar el concierto a la mínima distracción o apoderarse de los destinos de la banda hasta el día de hoy.

Slash y Duff por su parte combatieron adicciones espesas que los tuvieron colgando de una cuerda en episodios que de sólo leerlos causan pánico. Fiestas fastuosas en las que se patinaban cientos de miles de dólares y millones de discos vendidos. Todo mientras la gira no paraba. Y aún así, con esa tormenta perfecta armándose en el antes, el durante y el después los Use Your Illusion conquistaron el mundo. Son una obra maestra tallada a fuego en el corazón de generaciones enteras que fueron testigos de acaso el último gran mito alrededor de una banda gigante rodeada de escándalos, leyendas, peleas a muerte y por sobre todas las cosas una obra enorme que treinta años después sigue siendo esencial para entender no sólo una década sino cierta mitología del rocanrol que ya es también, casi una pieza de museo.

La gira fue monstruosa. 194 shows en 27 países entre enero de 1991 y julio de 1993. Y si bien no faltaron escándalos y puntos altos en los dos años y medio que giraron por el planeta, los shows de Buenos Aires (5 y 6 de Diciembre de 1992 y 16 y 17 Julio de 1993) tienen su propia historia épica en si mismos. Los primeros porque fueron un escándalo nacional. A la locura de los fans que reventaron River se le sumó una histeria que incluyó una serie de eventos vergonzantes. Grupos nacionalistas advenedizos que amenazaban con ”cosas graves que puedan suceder” el día del show. El origen de la amenaza fue un falso rumor según el cual Axl había quemado una bandera argentina y se iba a limpiar sus botas luego de pisar suelo patrio. Tratando de atemperar los ánimos, Daniel Grinbank, productor del concierto, consiguió que Axl concediera una entrevista a Telefé (otro evento poco común). El cantante explicó que no sabía de dónde había salido esa historia y que no podía hablar mal de un país que no conocía pero que estaría encantado de quemar al que la había propagado; el presidente Carlos Menem los declaró forajidos y lamentó no haberlos prohibido a tiempo. El cardenal Antonio Quarracino –aquél que quería hacer una isla para homosexuales – señalaba que la banda era un “mal ejemplo” para la juventud. Se mandó a allanar el hotel donde se alojaban en busca de drogas (en youtube se puede ver la conferencia de prensa brindada por Grinbank, y un Axl fastidioso); el diario Crónica alimentaba el fuego con columnas chauvinistas de toda índole y la presencia de la banda se discutía hasta en Hora Clave, el programa del inefable Mariano Grondona, principal envío político de la tele abierta de la época.

Hasta hoy se recuerda el trágico final de Cynthia Tallarico, una chica de 16 años, que se quitó la vida de un disparo luego de que su padre le prohibiera ir al concierto. Buenos Aires temblaba por el desembarco de Guns N Roses y River no fue la excepción. Nadie de los que asistió puede hablar mal de aquellos conciertos. Pero habría más. Siete meses después la banda volvería a tocar en el mismo estadio. Fueron los dos últimos conciertos, no sólo de la gira, sino de aquella formación de la banda.

En sus memorias, Slash recuerda haber llegado de vuelta a Los Angeles y ni siquiera tener una casa a dónde ir y con sus cuentas bancarias prácticamente en rojo producto del costo astronómico y del despilfarro de la gira. Aquellos dos discos que en la tapa hacían referencia a una pintura de Rafael, los habían convertido en la banda más grande del mundo, en leyendas vivientes, pero de pronto ya nada quedaba en pie. Como en los grandes trucos de los buenos magos, todo se había esfumado. Volver a vivir toda aquella magia, no era más que una ilusión.

*Peridista. Conductor de Hagan Correr La Voz en undinamo.com

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