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Columnistas

Ajuste de cuentas

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Mi padre escribe en la pared de su oficina, con marcador indeleble, las frases que más le gustan de mis textos. Si el padre de mi adolescencia lo viera, lo correría a gritos. Enhorabuena. Las personas con los años enfatizan sus características y al final todos los ríos llegan al mar. Ahora decoro las habitaciones de mis hijos como lo hacía yo cuando era chico pero creo que no les resulta tan divertido; será que no existe un desafío. Ellos me miran pero no lo entienden: mi acto no es solo amor sino, también, un ajuste de cuentas. Creo que quizá mi padre tenía razón después de todo: hay cosas que si no se hacen contra la marea, pierden el sentido.

Recordar es un acto de justicia y, también, una excelente manera de perder el tiempo. Pero hacerlo como un ejercicio absoluto y transmutador, puede también resultar en algo sumamente útil y peligroso. Digo: recordar lo que pasó y lo que pudo haber pasado, lo que fue y lo que se fue, lo que vino y lo que nunca jamás llegará a la punta de nuestros zapatos. No yendo a buscar como un cazador a su presa, en los entre telones de nuestra memoria, sino como quien flota en medio de un cardumen de peces carnívoros. Recordar para que la vida no sea un cataclismo ajeno, ni una mentira bien contada, ni algo arrastrado por la corriente, vaya uno a saber hasta dónde y con qué sortilegio. Recordar para que los recuerdos dejen de pesar sobre nuestra espalda, para que duren más que el pasado: recordar para cortarles las alas y librarlos, para intentar ser otro y descubrir después quiénes somos en verdad. Recordar como saldo, entre lo que sucedió y lo que no; recordar como un espejo que cuente a la vez dos historias: la del que evoca y la del que lo vivió. Recordar, en fin, para que el paso del tiempo no mate ni desmantele aquello que nos dió vida.

Cronofobia fue la palabra que marcó la semana. La culpa la tuvo Juan José Becerra, claro, y por supuesto tenía razón cuando escribió que el tiempo es un espectáculo que se puede ver. La vida son relatos extensos de momentos breves, pantanos que es necesario regar para que florezcan y a la vez hacer equilibrio para no caer y ahogarnos en nuestras propias alabanzas. El paso del tiempo exaspera y entristece. Alarma. No son solo las arrugas de la piel, o la ya pálida pintura de alguna pared machacada incesantemente por el sol de la tarde, ni el dolor sordo en la rodilla izquierda, ni siquiera el esquivar alimentos que inflaman las entrañas, no; el tiempo que se va son también pedazos de pensamientos, sueños que dejaron de despertarnos, sensaciones que no tienen cómo ser rescatadas, miradas que nunca volveremos a encontrar y gritos que ya no resuenan entre las paredes. Si: el mar habita en cada caracola pero, aunque las rotemos, jamás nos mojarán.

Hace un tiempo me crucé con un graffiti que decía Todos somos malos en una historia mal contada. Me reí y después dudé: vivir es algo demasiado profundo como para tomárselo a la ligera, y así y todo hay quienes llegan al fondo con demasiado desdén y rapidez. Por eso me fascina la literatura: porque es lo contrario a la mentira; un escudo que sirve a la vez como defensa y como balsa sobre la cual naufragar en nuestras propias amnesias. La literatura deja registro de lo que nunca vimos, siempre cae de pie, y nos trae, en un verso de Alejandra Pizarnik, hilos de los que tirar para encontrar nuestra propia identidad. La literatura, contra todo pronóstico, está más viva que nunca, cuando en cuatro hojas nos hace deambular por mares que nunca pudimos encontrar en los mapamundis que no paran de girar. Recordar y escribir es poner flores en la tumba de nuestros enterradores, es recibir una oportunidad y alejarnos del oportunismo.

Buscar en los recuerdos es bastante parecido a entrar a una habitación oscura e intentar adivinar con el tacto de nuestras manos qué o cuáles cosas tocamos. Por eso fue necesario romper la tela que separa los hechos de los sentimientos, las acciones de las sensaciones, lo vivido de lo imaginado y ahora sí, pensándolo bien, fue mi padre quien hizo el stencil con cartón gris y quién nos llevó a la pinturería a comprar el aerosol rojo, y quien colaboró en decidir dónde sí y dónde no quedaría mejor el logo de Sumo estampado sobre la pared celeste. Quizá con los graffitis en las paredes de mi infancia y de la oficina sucede lo mismo que con el amor: a veces un mal entendido puede arruinarlo todo. Y es que a veces la memoria nos engaña y nos inventa batallas imaginarias, sin siquiera cubrirnos las espaldas. Por eso es necesario estar atentos: la memoria también está llena de olvido.

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