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Columnistas

Perdonar es liberador

Estoy sentado en el mismo café de siempre junto a la ventana. Recorro mi vida con el recuerdo: cuántas batallas, cuántos aprendizajes, pienso. Y tomo otro sorbo de café. Aunque aprendí a respirar y dejé de fumar hace tiempo, me dieron ganas. Tal vez recordar traiga de vuelta vicios enterrados. Un día, con el nacimiento de primer hijo, dije basta. Y, desde aquel día, ni una pitada, nada. Libre de humo. Crecí, me dije. Maduré. Medité, me digo. Entonces miro por la ventana.

Un torrente de preguntas me sacude como si le hubiese dado una pitada a un cigarrillo y me atragantara con el humo. Miro la taza vacía, suspiro apenas, y las preguntas me arrinconan:

¿Le habré pedido disculpas a todos los destinatarios de tantos enojos? ¿Me habré pedido disculpas a mí mismo? ¿Me habré perdonado por fallar tantas veces? ¿Me habrán perdonado aquellos a quienes no les pedí perdón? ¿Me habrán perdonado de verdad aquellos que me dijeron te perdono? ¿Me habré pedido disculpas a mí mismo?

No hace tanto tiempo le conté a un amigo muy cercano cómo me había sentido en aquella etapa dónde había decidido dejar de ser futbolista profesional. “¿Para tanto, loco?”, me dijo. En su mirada y en el tono de su voz me di cuenta de que no me creía. O que creía que yo estaba exagerando. Qué poco nos mostramos a veces, pensé, qué poco hablamos. ¿Cuánto nos conocemos, realmente? ¿Cuánto conocemos a aquellos con los que hemos compartido una vida entera? Poco, me asalta responder sin pensar. Si tu respuesta es parecida, no te desanimes. Me pasó muchas veces y cuando empezamos a conocernos profundamente, cuando despertamos, nos damos cuenta de que hay mucho por recorrer.

Vuelvo a recordar y ahí me veo en esa cancha con el pasto seco. Los árboles, que por momentos creí que eran tribunas llenas de gente, y la batalla contra mí y el resto del mundo. Cargaba el arma y disparaba. Esperando que pase la nada misma sentía dentro mío como crecía el enojo. Entonces, ante el primer estímulo, puteaba a un compañero, a un rival o al árbitro. Siempre, siempre, la culpa era del otro. Siempre había una excusa para lastimarme y lastimar sin ningún derecho. En esos momentos de ceguera no distinguía a nadie. Podía ligarla mi papá, un amigo o cualquiera. Me sentía una mierda. Esa mierda que tenía adentro y no sabía qué hacer con ella. La mierda genera mas mierda. Y punto. No reconoce a nadie. Entonces me escondía detrás de la víctima para cargar el arma y disparar.

Dejo de escribir un momento, miro hacia las costados y le doy espacio a una pregunta que sobrevuela: ¿Fui una víctima del fútbol? Tal vez sí. Pero internalizar el papel de víctima durante tantos años fue una trampa mortal.

Cuando estallaba, mis amigos no podían reconocerme de ninguna manera. Me dolía y sufría por como reaccionaba. Me dolía y sufría al ver como me miraban. Sufría al pensar que podían rechazarme. Entonces me encerraba. Cada vez más. Y sufría por no saber, ni poder, hacer nada para sanar. En la mirada de mis amigos podía imaginar que entre ellos se preguntarían ¿este es el mismo que nos hacía reír sin parar? Claro que sí les respondía en mis conversaciones internas. Claro que era el mismo, aunque no pudieran reconocerme. Qué podés decirle a alguien cuando no podés reconocerte ni vos mismo.

Siento que se me agita el pecho y por un momento me olvido de recordar. Trato de pasar desapercibido porque en este café me conocen. Qué van a pensar. Claro, ellos, como mis amigos, conocen mi presente pero no conocen el pozo. Respiro y vuelvo. Y vuelvo también a sentir ganas de fumar. Me paso las manos transpiradas por los muslos del jean. Y como si se tratase de un trueno que llega sin aviso vuelvo a recordar.

Los sábados a la tarde con un grupo de amigos jugábamos al fútbol en una liga y a la noche íbamos a bailar a un lugar que se llamaba -creo que sigue llamándose- El Podestá. Y me acuerdo que estábamos en la barra pidiéndonos un trago con Cristian, uno de mis amigos. Los demás estaban a unos cuantos metros charlando. Y recuerdo la mirada, la postura, el tono de voz.

—¿Qué onda con vos? —me dijo, e inmediatamente entendí todo. Un frío me recorrió la espalda y para ganar tiempo encendí un cigarrillo. Por el rabillo del ojo y en la cortina de humo vi que no apartaba la mirada. Estaba atrapado y no me quedaba otra: tenía que hacerme cargo. Pero ¿qué podía decir? Miré al barman para ver si había terminado de armar mi fernet con cola y le hice una seña con un golpe de cabeza para que mirara a la chica que estaba esperando para que él la atendiera. Era muy linda, pero ese no era el punto y el barman, que nos conocía de ir todos los sábados, no compró. Me miró sin expresión y me puso el fernet delante.

—Sabés que es un flash verte así —tronó adentro mío la voz de Cristian. En mi mente, de manera muy clara, pude verme insultando a alguien. Claro que era un flash verme así. Pero mi amigo me tenía entre las cuerdas en el momento que menos esperaba.

—No te das una idea de cómo te ponés, hermano, desconocido, eh?. —Desconocido, dijo, como si estuviera enojado. No me gritaba pero sus palabras eran tan ciertas que me aturdían— El partido anterior te la agarraste con tu viejo, hermano ¿qué mierda te pasa? —dijo. Y temblé.

Era un golpe bajo. Me dolía recordar todo. Me dolía lastimar al mundo, pero cuando se trataba de mi viejo era una cachetada. Que culpa tenía el único hombre sobre la faz de la tierra que se bancó todas y todo. Que fue el que bancó que llegara hasta donde llegué, justo en esa etapa donde si los padres no hacen el esfuerzo no tenés manera de seguir tu pasión ni tu sueño. Lo miré con un impulso sin saber si iba a poder decirle algo, o ponerme a llorar o a putearlo. Pero él sacudía la cabeza y encendió un cigarrillo. Aproveché ese momento para darle una pitada al mío. Estaba casi consumido. Me quemé los labios y lo solté con un insulto. Mi amigo me había regalado una pausa en la que pude tragar saliva.

Sentimos un murmullo entre la gente y la música comenzó a subir. Miramos hacia la entrada por encima de las cabezas y era un grupo de chicas. Una estaba disfrazada y las demás le cantaban. Lo miré y me sonrió. Pero también comprendí que no hacían falta palabras. El no iba a asfixiarme con el tema en cuestión pero había pisado el terreno. Entonces yo también sonreí. Me dio una palmada en el hombro y caminó hacia donde estaban los demás. Antes de seguirlo me di vuelta para agarrar el fernet. El barman me miró y me guiño un ojo. Yo asentí y volví. Había zafado de las preguntas y tenía muchas ganas de llorar. Sentí que tenía que dejar de lado a la víctima. Ya no me servía o al menos me daba cuenta de lo que nunca pude.

Vuelvo del viaje mental. Ya no necesito el cigarrillo que no fumé. Sí, me digo, y se me dibuja una gran sonrisa. Porque cuando me perdoné, cuando mi templo recuperó la paz interna, lo de afuera ya dejó de importar. Me había perdonado a mí y a todos. Porque perdonar nos libera el ancho de banda. Nos ilumina. Perdonar es liberador y un ejercicio esencial para que podamos vivir con plenitud. Porque hacerse cargo es ser responsable de tu propia vida, aunque eso lo dejaremos para el próximo encuentro. Pero no quería terminar si antes preguntarte.

¿Y vos que estás ahí conmigo, del otro lado, ya (te) perdonaste?

Mariano Manzanel es escritor, comunicador, ex futbolista y coach.

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