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Columnistas

La película El padre y el amor y el temor por todos nuestros padres

Por Diego Rojas

¿Cuándo conocimos a Anthony Hopkins, el actor? Probablemente una mayoría, entre la que me incluyo, se deslumbró ante el papel del doctor en psiquiatría Hannibal Lecter, asesino exquisito a la vez que un verdadero dandy gourmet -con preferencia por un buen plato de hígado humano, maridado con una copa de vino blanco Chianti-. El silencio de los inocentes (o The silence of the lambs) lo consagró frente a millones que miraron con tremenda tensión a su personaje, preso en una prisión de máxima seguridad, que entabla una relación con Clarice Starling, una novata agente del FBI que busca que Lecter ayude a la fuerza a dar con el asesino de mujeres Buffalo Bill, que tiene la costumbre de despellejar y quitar la piel de sus víctimas. Clarice es interpretada por Jodie Foster, que logra una gran actuación en una carrera que la había consagrado a los doce años con su rol de de prostituta callejera en un oscuro Nueva York -dicho sea de paso, se la ve más feliz a Forster desde que hizo público su matrimonio con otra mujer, ríe, se la ve bien luego de salir del clóset cuando todo el mundo sabía que era lesbiana-. Bien, el psicópata Lecter seduce al público, a Clarice, a todo el mundo, menos al jefe sádico de la prisión en la que yace, el doctor Chilton, que bien merece un castigo a la Hannibal. Es una gran película y es un gran Hopkins. La debo haber visto quichicientas veces ya que, además, los canales de cable suelen emitirla con regularidad y si el control remoto se cruza con el film haciendo zapping, de seguro se queda fijado en la pantalla de la celda de Lecter, mientras manipula la mente de Clarice Sterling. Y también la salva.

El padre es un drama conmovedor, un duro retrato de la senectud y a quienes tenemos padres un tanto grandes nos apela ante la posibilidad cierta de que algo así suceda. También puede ser que no, yo espero

Quizás me equivoque -pero el gusto es esquivo a las determinaciones- no tuvo luego grandes películas, salvo Lo que queda del día (The rest of the day), de James Ivory, en la que compone a un mayordomo en la Gran Bretaña los años treinta y posteriores, que vive para su oficio, es decir, ofrece a sus patrones en la mansión que regentea un silencio y una contención que se transforma en represión absoluta al conocer y congeniar con la ama de llaves interpretada por Emma Thompson.

Mi padre es más hábil en todo, más fuerte, más ordenado y persistente que yo

¿Y todo este prólogo para qué? Hopkins acaba de ganar el Oscar al mejor actor a sus 83 años por su rol en El padre (The father), que se trata de un gran film. Anthony (Anthony Hopkins) es un adulto mayor de 83 años cuyo único sostén es su hija Anne (Olivia Colman) y que atraviesa ese momento, siempre temido, de la desorientación mental de la vejez. En el departamento en el que vive Anne, su hija -en medio de una gran angustia- le dice que irá a vivir a París por una relación que entabló con un hombre. Y le dice que deberían ver alguna forma de que sea cuidado, ya que solo no puede. Anthony se niega, trata mal a su hija, y el desconcierto de los recuerdos y la realidad se hacen presentes porque, ¿quién es ese hombre que dice que es su departamento, quién en la mujer que dice ser su hija Anne, donde está su otra hija Lucy -aquella a quien considera su preferida y así se lo dice a Anne-, qué pasa que no hay un orden en su cabeza? La certeza de ya no ser quien se ha sido -aunque se finja que sí-, el miedo a la demencia y la senilidad, la angustia del amor de una hija que no lo puede sostener. El padre es un drama conmovedor, un duro retrato de la senectud y a quienes tenemos padres un tanto grandes nos apela ante la posibilidad cierta de que algo así suceda. También puede ser que no, yo espero.

Yo trataba con dificultad de seguir su ritmo, el ritmo de un gigante, pero luego tenía mi recompensa cuando mi padre miraba desde lo alto, me miraba a mí, y me sonreía entonces como un sol.

Mi padre es más hábil en todo, más fuerte, más ordenado y persistente que yo. Cocina como yo no podría jamás hacerlo y es, dentro de todo, un adulto mayor joven, signifique lo que signifiquen estas palabras. Nació en Bolivia, su padre camionero murió en una ruta cuando cambiaba un neumático. Él tenía tres años. Se crió con su abuela (“mi abuelita”, dice él cuando habla de ella), una portera de una escuela que vestía las polleras típicas de Cochabamba y peinaba trenzas infinitas. Lo importante es que mi padre es más fuerte que yo. Cuando era un niño para mí era gigante. Cuando caminábamos juntos, yo iba tomado de su mano, casi corriendo, porque mi padre siempre caminó a grandes zancadas. Yo trataba con dificultad de seguir su ritmo, el ritmo de un gigante, pero luego tenía mi recompensa cuando mi padre miraba desde lo alto, me miraba a mí, y me sonreía entonces como un sol.

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Anthony Hopkins baila a los 83 años