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Cultura & Espectáculos

Un cuento de Fontanarrosa predijo el VAR y le pronostica un inquietante final

El trunco debut mundialista de Argentina tuvo un enemigo muy concreto. No fue ni el equipo de Arabia Saudita, ni su entrenador -que hicieron un gran trabajo- y tampoco fue el árbitro, aunque está muy relacionado. Es que el VAR, si bien también fue responsable del penal que nos dio el único tanto albiceleste, ahogó tres gritos de gol de 47 millones de personas en menos de 15 minutos.

No debería sorprender que ante un elemento futbolístico, como es este maldito invento tecnológico, haya una premonición de Roberto Fontanarrosa. El Negro escribió muchísimos cuentos relacionados con el fútbol, pero hay uno en particular que dialoga perfectamente con el surreal presente que vivimos al ver un partido.

Fontanarrosa predijo el VAR casi a la perfección en el cuento "La columna tecnológica. Fútbol y ciencia", que está basado en una historieta de él mismo.

"¡Hasta siempre, señor árbitro!". Así empieza "La columna tecnológica. Fútbol y ciencia", un cuento corto publicado en el libro "El mayor de mis defectos" (Ediciones de la Flor, 1990). Está basado en una historieta que él mismo había publicado cinco años antes en la revista Fierro: "El avance alemán".

En las 1.300 palabras que conforman dicha narración, el autor plantea un escenario ficticio ubicado en una Alemania de 1988, donde se empieza a tomar una nueva medida en los partidos de fútbol: ayuda de la tecnología para los fallos arbitrales.

En este caso, no es una pequeña cabina cerca del estadio, ni se suman más árbitros especialistas en la herramienta, sino que la clásica terna de tres (el árbitro y dos jueces de línea) observan el partido en una enorme torre a cien metros de la cancha. Ahí, miran detenidamente el juego a través de 127 pantallas, y cuando tienen que determinar un fallo, aprietan un botón y se escucha en la cancha un silbato.

El cuento detalla situaciones que hoy en día ocurren, como la demora por el análisis de las jugadas, aunque en potencial, ya que en la historia la tecnología permite que todo sea mucho más veloz. Incluso menciona un "sistema televisivo" muy similar al sistema de offside semiautomático que nos hizo completamente infelices en el partido de Argentina.

Además, las jugadas polémicas se ven en las pantallas del estadio de manera repetida, "con detención de imagen y ampliación de los ángulos necesarios para refrendar con sólidas razones la penalidad adoptada". De todas maneras, se aclara que no todas las jugadas pueden ser determinadas por una máquina, sino que es el hombre el que tiene que decidir, por ejemplo, la intención de una mano.

En esta historia, al público parece no gustarle mucho la implementación de la tecnología. De hecho, el cuento pronostica un final poco feliz para la herramienta. Un fallo hace enojar a la hinchada del equipo perjudicado, y eso deriva en un misil que impacta directamente en la torre desde la que los árbitros miraban el partido con tranquilidad. No hace falta llegar a ese nivel, pero ojalá se trate de otra premonición del querido Fontanarrosa.

A continuación, la historieta (1985) y el cuento completo (1990):

"El avance alemán" (1985)

"La columna tecnológica. Fútbol y ciencia" (1990)

¡Hasta siempre, señor árbitro!

Los 73.000 espectadores que concurrieron el 15 de enero de 1988 al Duisburg Stadium de Oberhausen no pudieron dejar de apreciar que entre los protagonistas del espectáculo había significativas ausencias.

Y no se trataba, por cierto, de que el Ruhr 214 no alistara entre sus filas a Hans "Caperucita" Gfrörer, o bien que entre los fervorosos "barqueros" del Postfach no estuviese Fritz, "El talabartero" Kiepenheuer. Lisa y llanamente, lo que brillaba por su ausencia aquella tarde en el Duisburg Stadium era el público, dado que, la "Effektivaterien Ballönem Helveticen" había anunciado el match como una prueba piloto de un nuevo sistema de "referato a distancia". Efectivamente, a escasos cien metros del coqueto estadio de Oberhausen, los concurrentes podían advertir una misteriosa construcción de cemento, de forma tubular, que alcanzaba la respetable altura de 75 metros. Esta torre no representaba ventaja alguna, y más podía confundirse con un monumento moderno, o con alguna reminiscencia emblemática de la majestuosidad nazi que con lo que verdaderamente era: la central computarizada de control desde donde se dirigía el encuentro. Los curiosos asistentes al match tampoco podían adivinar que, bajo sus pies, una intrincada maraña de cables, sensores electrónicos, filamento inalámbricos y terminales computadorizadas, unían el estadio propiamente dicho con la torre de referato.

Dentro de la torre, a una altura de 50 metros sobre el nivel del piso, se encuentra la nave central, a la cual se accede mediante el servicio de tres elevadores, uno para el árbitro y los restantes para ambos jueces de línea. Quien entra allí, a ese vasto recinto privado de luz natural y arrullado por el permanente murmullo de los acondicionadores de aire, podrá pensar que se halla en alguna de las centrales de control de vuelo de la NASA, o bien que ha caído en el vientre mismo del Nautilius, el legendario sumergible del capitán Nemo.

Cientoveintisiete pantallas de televisión, prolijamente alineadas, emiten su mensaje, desde las paredes levemente curvadas del salón. En frente de ellas, en medio de ellas, tres hombres, tres profesionales del difícil arte del referato futbolístico, recepcionan hasta el más mínimo detalle de cuanto ocurre sobre el campo de juego. Allí, alejados de la gritería ensordecedora de la turbamulta, ajenos a la indudable presión que configura el hostigamiento de los partidarios, los colegiados pueden dirigir, asépticamente, el encuentro.

El sistema, costoso hasta el momento, simplifica notablemente la tarea del árbitro y ha reducido en forma sensible los disturbios en los campos de juego. El juez, fría su mente, gozando del privilegio de beber su marca de cerveza preferida en tanto vigila a los 22 jugadores, cuenta, entonces, con la inestimable ayuda de mil ojos electrónicos, que complementan los suyos. En cuanto detecta una infracción, oprime un botón y un silbato estridente se escucha a unos cien metros más allá, en todo el estadio. Si la jugada no ha sido clara o si la infracción es dudosa, el colegiado cuenta con otro valioso recurso para calmar y convencer, en forma palmaria, al bando que se considera perjudicado: con otro simple botón desplegará sobre las dos inmensas pantallas electrónicas colocadas en ambas cabeceras del estadio, la escena repetida, con detención de imagen y ampliación de los ángulos necesarios para refrendar con sólidas razones la penalidad adoptada. Cualquiera podría suponer que esa maniobra requeriría dos o tres minutos en concretarse, con el consiguiente retraso y ruptura del ritmo del partido. Pero no es así, ya que la memoria computarizada seleccionará entre los centenares de enfoques de la misma acción, las cuatro o cinco que considera más gráficas y contundentes, brindando al juez, en una fracción de segundo, la posibilidad de poner frente al público las que juzgue más válidas. Todo esto, sin que la máxima autoridad del match sufra el reproche de los jugadores ni sus estentóreos reclamos.

Más simple aun, para le nuevo sistema de referato, es eliminar cuanta duda pueda presentarse respecto de balones fuera de juego, balones ingresados o no tras la línea de la portería o bien, incluso, ante la siempre controvertida "Ley del Offside". Un sistema televisivo tipo "Fotochart" turfístico, elimina cualquier clase de duda, ya que le ojo eléctrico que patrulla la línea del último defensor captará, precisará y denunciará a quien reciba el balón en posición prohibida. En los casos de un discutido hand, por ejemplo, donde ni siquiera la visión televisiva puede dictaminar en un ciento por ciento el contacto del balón con la mano del defensor, también la insospechable computación vendrá en auxilio del señor árbitro, puesto que las pantallas mostrarán la acción, agregando un luminoso pespunte verde. Nilo de coordenadas y flechas indicatorias que avalan la posibilidad o la imposibilidad, de que dicho contacto haya tenido lugar.

De cualquier manera, el revolucionario sistema, llamado provisoriamente A.U.P. (Arbipeissal Und Perspecktiven) admite también el encanto de la controversia. Nadie puede negar el importante condimento que significa para el partidario del fútbol la discusión en la oficina, durante toda la semana, sobre si tal o cual fallo estuvo acertadamente tomado. Y no puede tampoco, quitársele al aficionado común la posibilidad de exorcizar sus frustraciones y represiones domésticas, denostando la figura del colegiado. Así ha sido siempre y lo seguirá siendo, aunque en menor medida con el nuevo sistema, que también deja, sabiamente, resquicios para la discusión.

En algunos casos, muy puntuales, el poder de decisión quedará en manos del clásico y consabido criterio personal del árbitro. Allí, como siempre la falibilidad humana seguirá alimentando el intercambio de opiniones. Se dará, por ejemplo, con la inefable "Ley de la ventaja". No habrá computadora, entonces, que ayude a dictaminar a su referí si tal o cual jugador cometió una infracción adrede o sin quererlo, como tampoco contará el árbitro con ayuda tecnológica para decidir si el delantero que se proyectaba solo hacia el gol ha de caer definitivamente o podrá continuar con su carrera, luego del golpe que intentara derribarlo. La misma incógnita deberá enfrentar el colegiado cuando deba determinar, sin respaldo científico alguno, cuándo una "mano" dentro del área, es intencional o casual, ya que no hay todavía, por fortuna, computadora alguna que esté conectada con el cerebro mismo de los futbolistas. Se podrán repetir, entonces, protestas o abucheos del público, pero ya nunca de la magnitud de la ocurrida en torno al recordado árbitro internacional belga, Henri Degrelle*.

Justamente en virtud de este suceso, la FIFA aceleró los estudios y puesta en práctica del sistema A.U.P. De todos modos, ese grado de controversia, ese resquicio de humana posibilidad de error ha sido minuciosamente estudiado por los sicólogos que trabajaron en el proyecto para no revestir al más popular de los deportes de un halo tecnocrático que le reste espontaneísmo y creatividad. Así será, entonces, que los seguidores partidarios de los conjuntos podrán continuar exteriorizando sus quejas como siempre, como en todas las épocas, a pesar de que, también en ese orden, se han detectado indicios inquietantes. En efecto, desde el 17 de junio último, un adelanto significativo se puso de manifiesto en el campo de la protesta partidaria, en ocasión de llevarse a cabo el clásico encuentro entre el Benelux-Gotha de Mons y el Astipalaia de Grecia. Tras un discutido fallo del colegiado sueco Gustavo Skelleftea, un proyectil misilístico del tipo M-L7, versión soviética de segunda generación, impactó y redujo a polvo la torre de control de referato. Se piensa que el proyectil fue accionado por un fanático del Astipalaia, mediante un propulsor personal, desde atrás del arco norte del estadio, distante casi unos 250 metros de la sólida construcción tubular, aún hoy hecha escombros. "Ellos también han progresado mucho", sólo atinó a decir Gerd Walde, titular del Consejo Arbitral Germano y propulsor del sistema A.U.P., a título de conformista comentario.

*Referencia a los disturbios ocurridos en el match del 23 de marzo de 1978, en oportunidad de enfrentarse el Maat-Riebevs y el EDV-14/N y que finalizaron con la quema total de la bella ciudad de Nachdruck.

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