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Cultura & Espectáculos

Daniel Melingo: "La corrección política es un invento actual, yo vengo de otro siglo"

Presenta Ópera Linyera, obra conceptual donde compacta sus últimos discos y cuenta cómo llegó a crearla. Su esencia artística, el pasado rockero con Los Abuelos de la Nada, Los Twist y Charly García y la actualidad tanguera de los últimos 25 años. Qué piensa de la música urbana y de la cultura de la cancelación.

Tocó en Los Abuelos de la Nada y Los Twist. Fue parte de la banda de Charly García y de Milton Nascimento. Pasó del rock al reggae, y después al tango. También es cineasta, actor, poeta y tiene intereses con el arte plástico. Su cuenta pendiente es la literatura, aunque está pronto a desbloquearla. Daniel Melingo es sinónimo de inquietud artística, obras conceptuales y una exploración interminable.

Está presentando Ópera Linyera, una obra teatral-musical donde despliega conceptualmente algo que viene craneando desde hace unos cuantos años. Sus últimos tres discos (Linyera, Anda y Oasis) dan vida al personaje del linyera, un alter ego de Melingo que ahora puede verse corporizado en el Centro Cultural 25 de Mayo, con esta ópera audiovisual.

En un bar de Villa Ortúzar donde es habitué, y con un look bastante a tono con su personaje, Melingo contó que la idea de la Ópera Linyera nació de una necesidad comunicacional en sus giras por Europa, donde el idioma generaba una pequeña barrera con el público. Ese fue el motivo que lo llevó a desarrollar una gestualidad y pantomima para crear un personaje que se nutre bastante de su esencia personal.

Quería crear un contraste con la seriedad que tiene el tango. Genera un clima sórdido, espeso; es como una alegría melancólica. Me di cuenta que gana protagonismo con más contraste, con un intercambio, y pensé que eso se podía hacer con una suerte de comedia de cine mudo”, le explicó a Diario Con Vos. Y agregó: “Fui encontrando mi voz con el linyera”.

Melingo interpretando al linyera en el C.C. 25 de Mayo.

Así, empezó a desplegar este personaje en sus conciertos de manera más improvisada, y con el tiempo quiso darle un marco, una historia. Junto al escritor Rodolfo Palacios, le dieron forma al guion de ópera y crearon a los otros personajes que iban a acompañar al linyera. A estos los interpretan -físicamente, o sólo por medio de la voz- distintos artistas como Andrés Calamaro, Enrique Symns y Fernando Noy.

El disparador de la historia es un sueño que el linyera tiene sobre una melodía que en realidad nunca escuchó, y se obsesiona al punto de ir en busca de su origen. Sin temor a los spoilers, Melingo contó que todo termina con una abducción al inframundo, una masacre -“como en toda buena ópera”- y la develación del misterio del sueño, en el más allá. Ahora, piensa en convertir todo este guion en una novela.

Eso me pasó a mí en el ‘85, cuando estaba grabando La máquina del tiempo con Los Twist -explicó sobre el sueño como disparador-. Le pusimos letra con Pipo Cipolatti y así nació “La cueva de Alí”. Esa experiencia propia, sumado a un descubrimiento de raíces griegas en su familia, fueron los principales aspectos que le permitieron ir atando los cabos para desarrollar la obra, musicalizada con una fusión entre el tango y la rebétika, un género proveniente del pequeño país del Mediterráneo.

– Le das mucha importancia a los sueños, ¿trabajas para recordarlos, explorarlos?

Hay técnicas. Una metodología es escribir al despertar. Durante el desayuno, antes de hacer gimnasia, escribo una o dos carillas de lo que soñé. Pero hay otras técnicas, como no abrir los ojos ni mover la cabeza cuando te despertás. Si hay alguna característica en el sueño es la simultaneidad. Nosotros los recordamos de manera lineal, y escribirlo, contarlo de esa manera nos ayuda a recordarlo.

En el '85 soñé con una música que no conocía y terminó convirtiéndose en 'La cueva de Alí', de los Twist.

– Sos muy introspectivo.

Uno es un descubridor de uno mismo permanentemente, mirándose hacia adentro. Son cosas que se van dando de manera integral a medida que vamos escarbando en nosotros mismos. Pasa que da mucho miedo raspar para adentro, por eso generalmente no se hace. Hay mucho miedo de enfrentarse a todos los demonios que hay dentro de uno, pero hay que hacerse amigo: es la única manera de convivir con ellos. La otra es negarlos y vivir atemorizados. Encuentro una necesidad de abolir el miedo a lo desconocido.

– ¿Siempre te interesó la pantomima?

Si, siempre me llamó la atención el poder gesticular, transmitir o demostrar algo sin la palabra. Muchas veces la palabra termina siendo un gran enemigo, te enreda. Si vendes humo, la palabra sirve. Sino, sobra. Tiene que tener contenido poético, un sentido estético, sino es un ruido que tapa los sentimientos, emociones. Ayudan a confundir, son peligrosas.

– Contame de la rebétika. ¿Qué es? 

Se fundó como un movimiento anarco analfabeto. Sus letras tienen una connotación de los dedos marcados, fumadores de hachís, tienen una inversión silábica como el lunfardo. Empecé a encontrar los puntos de conexión con el tango y por eso empecé ese proceso de hibridación. 

El desembarco en el rock

Melingo creció en una casa de Parque Patricios donde la música era muy habitual, especialmente el tango. Muy tempranamente empezó a asistir al Conservatorio Nacional de Música, donde estudió guitarra y clarinete -instrumento con el que empezó su camino- y después se metió en la carrera de Musicología y Composición en la UCA. Pero su carrera profesional empezó en Brasil, a donde se fue en 1978, escapando de la dictadura cívico militar.

En el país carioca terminó formando parte por algunos meses de la banda de Milton Nascimento, con quien empezó: “Se me abrió un universo. Acá en los '70 se había prohibido toda la cultura, poco más que una marcha militar se escuchaba. En Brasil me explotó la cabeza, entendí que había una realidad muy diferente a la que estaba viviendo. Ahí comencé una nueva etapa, corporice la música, que hasta ese momento había sido estudios, teoría”. 

Cuando volvió al país, a principios de los 80, conoció a Miguel Abuelo y se metió en un nuevo mundo, y con un nuevo instrumento, el saxo: “Yo venía de otro palo, me gustaba el rock pero no lo sabía tocar. Soy convidado a tocar con Miguel y aprendo arriba del escenario”. Se conocieron a través de Miguel Zabaleta, quien había sido compañero suyo en la UCA, y así empezaron a dar forma a lo que un tiempo después sería Los Abuelos de la Nada.

Los Abuelos de la Nada con Charly García, circa 1982

– Y después apareció Charly, formaste su banda varios años.

Con Miguel y con Charly aprendí de mano directa. Son dos maestros grandiosos. No nos podíamos equivocar, no había lugar para eso. Era de una gran exigencia, tanto de uno como el otro. Aprendí mucho de los dos, pero de Charly aprendí lo que es trabajar al lado de un músico -gran compositor e intérprete- con oído absoluto.

– ¿Eso marcaba mucha diferencia con los demás?

Es difícil para el que no lo tiene entender lo que quiere decir eso: es saber todo el funcionamiento de la música sin saber como se llama. Estás tocando una canción y ya sabes en qué eje tonal está, qué acorde va a venir. Estás un segundo antes de lo que está ocurriendo, te anticipas. Es muy mágico. Tienen tanta facilidad que muchas veces se estancan y tocan siempre lo mismo.

– ¿Lo viste estancarse?

No, a Charly no. El se fue reinventando y fue conectando con cada generación nueva cada 5 años. Es un fuera de serie.

– Ya como solista hiciste una versión de “Fermín”, de Almendra. ¿Conociste a Spinetta?

Siempre me fascinó. La primera vez que lo vi me pareció un contador de chistes fantástico, un tipo adorable, de una amorosidad total. Fue en la grabación de La dicha en movimiento de Los Twist, cuando grabamos las famosas 29 horas y media: viernes, sábado y domingo. Un día vinieron los amigotes de Charly, y vi la cara de asombro del Flaco; se le cayó la mandíbula. Tenía una cara de fascinación que dije wow… estamos en el camino correcto.

La formación original de Los Twist, circa 1983.

A propósito de la grabación de ese disco de 1983, deslizó que se está escribiendo el guion y preparando la grabación de un documental ficcional que se estrenará el año que viene por el aniversario N° 40 de esa experiencia. El nombre será, justamente, “29 horas y media”, e intercalará testimonios de los protagonistas en la actualidad, con momentos de ficción que retratan lo que ocurría en ese momento.

“Los Twist tenían una lectura primaria, que era música para bailar, pero después había un subtexto. Nos convertimos en el talismán del rock nacional”, aseguró, retomando la anécdota con Spinetta. 

Reencuentro con el tango

En 1986 partió de nuevo. Esta vez a España, donde conformó el grupo Lions in Love. Más tarde comenzaría su carrera como solista y volvería al país para reencontrarse con un viejo conocido: el tango. Pasaron 25 años, y Melingo no lo soltó más.

– ¿Sos muy melancólico? ¿Lo fuiste siempre?

Si. Es parte de nuestra idiosincrasia porteña: la melancolía, la nostalgia. La encerramos en el tango, mismo en el rock. Mi teoría es que proviene de la inmigración, de un lugar que dejamos. La nostalgia es un sentimiento intrínseco en el que un ancestro dejó algo detrás, y al ser una población hecha en su gran parte de la inmigración, siempre tenemos en nuestro ADN alguien que dejó algo detrás. 

– ¿Es verdad que el tango espera a todos? ¿Pasa lo mismo con otros géneros?

Si, por la cantidad de historia que tiene. Es el más longevo de todos, entonces no tiene apuro. Pasa con los géneros de resistencia, mantienen una tradición a lo largo del tiempo. El rock ya es un género de resistencia, pasó a ser una música de museo si se quiere, sin ofender a nadie. Creo que los géneros importantes, trascendentes nos esperan, seguro.

– ¿Con cual de los dos te quedás? 

Con los dos. Son mis géneros formativos, además de la clásica y la ópera. Uno no deja de ser algo para ser otra cosa, se van sumando cosas a ese conocimiento y experiencia que va dando profundidad, amplitud; se suman elementos. 

– ¿Qué pensás del trap, puede ser de resistencia?

El único juez es el tiempo. Como en todos los géneros, hay de todo. Hay buenas y malas líricas, buenas músicas y buenas intenciones, cantantes, de todo. La música urbana está instalada para quedarse. Es lo que viene, lo que está pasando ahora, y es muy amplio. Siempre estuve abierto a las nuevas expresiones. Me parece muy válido tener un oído puesto a lo que está ocurriendo en la actualidad. Estar al día de lo que está pasando es muy importante, fundamental para cualquier creador.

La ironía es una herramienta fundamental. Aunque corres el riesgo de que no se entienda, y más ahora, que quedás en offside.

– Hablando de actualidad, está muy en boga la "cultura de la cancelación". ¿Alguna vez te dijeron algo?

La corrección política es un invento actual, yo vengo de otro siglo. El lenguaje estaba lleno de incorrección política.

– Cantás "Amablemente", un tango donde el tipo mata a la mujer porque lo engañó. Hoy podría ser un problema.

Esa canción no es mía, pero la canto de una manera irónica. La ironía es una de las herramientas más importantes, es fundamental. Corres el riesgo de que no se entienda, y más ahora, que quedás en offside. Muchas veces no se quiere decir lo que está diciendo, por eso vuelvo a lo de la palabra: es muy engañosa. Por eso el subtexto es muy importante. Si no lees entre líneas, lees directamente lo que te ponen enfrente. 

– ¿Qué mensaje querés transmitir con tus distintas facetas artísticas?

El mensaje es la búsqueda. No hay una búsqueda puntual de un sentido de la vida, sino poder caminarla y transmitir eso. La búsqueda no se acaba nunca, el sentido de la vida es el mismo camino, no la meta.

Solo quedan dos funciones de Ópera Linyera: el viernes 7 y sábado 8 de octubre a las 20 horas, en el Centro Cultural 25 de Mayo (Av. Triunvirato 4444, CABA).

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