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Sociedad

Toshiro Yamauchi, maestro zen: "No sigan a este gordo tonto"

Es uno de los dos maestros zen de la Argentina. Fue catequista y cantante de rock. Peleó en Malvinas y por lo que vio, dejó el catolicismo. Responde, con la sabiduría del Oriente, las preguntas de Occidente.

En un departamento de Villa Crespo el maestro zen Toshiro Yamauchi vive con su esposa, la monje Mariana, y su hija. Allí los practicantes se reúnen dos veces al día en un cuarto ambientado para realizar el Zazen, práctica milenaria de meditación que consiste en mirar una pared en la posición del Buda concentrándose tan sólo en la respiración.

Al lado, en la cocina, Toshiro toma un té. Para cada pregunta se toma su tiempo en responder en un tono poco solemne y muy cercano. No solo se vale de cuentos japoneses para transmitir lo que es difícil poner en palabras. Habla con gestos, pausas, chistes, sonidos. Su propio relato esconde belleza en cada recuerdo y parece una invitación a abrazar una de las enseñanzas del budismo: la contradicción.

Su propio relato esconde belleza en cada recuerdo y parece una invitación a abrazar una de las enseñanzas del budismo: la contradicción.

Es que Toshiro pasó de ser un joven catequista y cantante de rock a un maestro zen y veterano de guerra en una misma vida y eso supone un largo camino.

Sembrar a un maestro

Toshiro nació en octubre de 1962 en la Ciudad de Buenos Aires, pero por su sangre corre la descendencia japonesa que heredó de sus abuelos paternos. Su abuelo era un aristócrata que en quinto año de la secundaria se enamoró de una actriz, algo inconcebible para esa época. Por eso fue inmediatamente desterrado por su padre de Japón y obligado a subir a un barco sin un peso, en el que llegó a Argentina, donde conoció a quien sería su esposa, la abuela de Toshiro.

Cuando Toshiro tenía nueve años su abuelo logró recuperar el honor perdido. Luego de la muerte de su padre, viajó con toda su familia a Japón para recuperar “los derechos de la familia”. En ese viaje, se reencontró con su primer amor, la actriz por la que dejó hasta su propio apellido.

Vino a visitarlo al hotel una mujer con kimono negro y pelo blanco -recordó Toshiro-. Mi abuelo usaba muletas y cuando estábamos en el lobby de planta baja, me las dio y salió caminando a su encuentro. Nosotros tuvimos que agarrar a la abuela que quería meterse porque estaba celosa. Se fueron tranquilos a tomar un café y charlar”.

Era super católico, pero lo abandoné cuando vi a curas instar a que matemos a ingleses y bendiciendo fusiles en la guerra de Malvinas.

En ese viaje, la única vez que Toshiro visitó Japón, pudo recorrer por varios meses esa cultura ligada casi inseparablemente al budismo. Algo quedó resonando de todo eso, pero cuando volvió junto a su familia para continuar la rutina con el honor recuperado, su argentinidad seguía intacta.

Los japoneses tienen un dicho: ´donde vivas, viví como viven´. Entonces, cuando mi abuelo llegó a Argentina, se hizo hincha de Racing, aprendió tango y se bautizó católico. Tan argentino se hizo que su primer infarto fue con un partido de la Libertadores”, rememoró.

Años más tarde, cuando Toshiro tenía 19, estalló la guerra de Malvinas y fue convocado al frente de batalla. Fueron tres meses “pero parecieron cinco años” y marcaron por siempre su vida: desde entonces convive con la ansiedad y el stress postraumático.

“En ese momento era super católico, pero lo abandoné por completo cuando vi a curas instar a que matemos a ingleses y bendiciendo fusiles. En la guerra tomé conciencia de algo que en el budismo se habla mucho, la impermanencia. Vos a los 19 años no pensás que te podés morir en cualquier momento, pero ahí, viendo que el que estaba a 30 metros se había muerto, me pregunté ´¿por qué este pibe y yo no? Algo tendré qué hacer, alguna misión debo tener que cumplir´”.

Video de Luis XV, la banda en la que Toshiro cantó durante 20 años.

Conociendo a su maestro, el Buda del planeta

Luego de la guerra y tras el éxito con su banda de rock Luis XV, Toshiro realizó una gira por Europa. Con la plata que ganaron en el festival sus amigos querían ir a Londres, pero a él el dolor de la guerra no le permitía pisar ese territorio, así que encaró solo hacia Paris. Guiado por las indicaciones del conserje de un hotel, consiguió llegar a un templo donde enseñaban la rama del budismo zen que le interesaba. Así conoció a quien iba a ser su maestro, Stéphane Kosen Thibaut.

“Pase una semana ahí y me hice muy amigo de él. No solo es un profundísimo maestro, sino que en el ´76 había sido un hippie total que no usaba calzoncillos. Hubo empatía desde la primera vez que nos conocimos y nos matamos de risa. Inmediatamente yo supe que iba a seguir al tipo ese por el resto de mi vida, no dudé un segundo que era un maestro de verdad”, contó sobre su primer encuentro con Kosen.

Cuando conocí a mi sensei, un hippie total que no usaba calzoncillos, nos matamos de risa.

Toshiro recibió de la mano de Kosen la ordenación de maestro en 2016 en una "ceremonia secreta" que dura cinco días y de la que nada se puede decir. A partir de entonces, cada vez que un practicante aparece en su puerta buscando ser su discípulo, él intenta disuadirlo: “Me gusta que sigan a mi Sensei, porque para mí es el Buda del planeta en este momento. Estando vivo él, ¿qué vas a hacer siguiendo a este gordo tonto?”.

Toshiro se alejó para siempre de la música al asumir la responsabilidad de maestro, para dedicarse por completo a esa misión. “Para la ceremonia hay que dar una donación de dinero grande. Como no tenía guita, decidí hacer el último show de mi vida. Llamé a mis amigos y tocamos en la Asociación Japonesa, que me alquiló, por una cifra irrisoria, el teatro enorme. Vendimos sushi, pudimos juntar la guita y me despedí. La música me dio mucho a mí y yo le di todo, así que estamos en paz”, expresó.

Algunas respuestas del maestro

–¿Quién puede ser monje?

–Es el maestro el que autoriza o no a dar la ordenación. En 31 años, solo a dos personas vi que se le negara. En general se les da a todos, incluso a los que se sabe que se van a equivocar o rajar después. La primera ordenación es de Bodhisattva, lo que sería una especie de laico comprometido para el catolicismo. Y después te podés ordenar de monje, donde hay muchos más votos: ahí te pelás la cabeza. Después, alguno entre cientos o miles es elegido maestro por un maestro. Acá en Argentina somos dos, Ariadna Labbate y yo.

–¿Sabías que ibas a ser maestro?

–Te mentiría si dijese que no tenía esa intuición, o esa fantasía. Mi maestro me fue preparando para que no me sobrepase la idea e hizo algo muy piola: le dio la ordenación a otros antes que a mí. Si no hubiera sido así, creo que no lo hubiera aceptado porque hubiese dicho “soy demasiado idiota”, pero como a los otros que se los dio eran tan idiotas como yo, me animé.

–¿Qué restricciones existen en esta rama del budismo?

Mi maestro decía que no hay nada más especial que la condición normal. Entonces comemos normalmente, tenemos una sexualidad sana, nos casamos, tenemos familia. Yo laburé 30 años en la Obra Social Bancaria, soy hincha de Ferro, jugué al rugby en San Cirano y soy una persona normal. Hay una libertad moral tremenda. En el catolicismo, te tenés que preguntar qué estaría bien y mal, analizarlo. En el budismo, mientras practiques Zazen, no tenés que medir nada porque automáticamente vas a hacer la acción justa.

El satori son 150 mil vacas comiendo pasto rico: una de repente deja de comer, levanta la cabeza y mira para descubrir qué hay más allá.

–¿Qué es el satori, la iluminación, el despertar?

Para nosotros zazen es el despertar, el satori. No me gusta la palabra iluminación porque a la gente se le va la cabeza a un show de luces y si se puede comparar con algo, es más parecida a la luz de la luna que ilumina y todo parece del mismo color. El satori son 150 mil vacas comiendo pasto rico y una de repente deja de comer, levanta la cabeza y mira para descubrir qué hay más allá. Para mí eso es el despertar. Se puede comparar con la alegoría de Platón.

–¿Y pasa cada vez que haces Zazen?

–No, ahí solo siento algo en las rodillas (ríe). Es algo que se instala de manera inconsciente, natural, automática. A la sabiduría no se accede estudiando o leyendo libros, en zazen se accede al conocimiento del universo practicando con el cuerpo y el espíritu.

–¿Qué pensás sobre el amor?

–En el último casamiento que oficié dije que no podía hablar del amor eterno porque todo en el budismo es impermanente, pero les transmití un poema de Vinicius de Moraes que dice que el amor no es eterno porque es llama, pero que sea infinito en tanto dure. Hay muchas parejas separadas en el zen. Una chica practica con varios exesposos y todos muy modernos, porque son amigos entre ellos, hicieron una especie de club. El otro día en un retiro me salió decir que puede haber familia entre hombre y mujer, hombre y hombre, mujer y mujer. Lo importante es que se amen y cumplan bien sus roles.

¿Qué es lo que más cuesta al difundir el budismo en Occidente?

–Lo que cuesta es que la gente practique. Es muy fácil aflojar, hay que hacer un esfuerzo permanente. He visto al más comprometido durante 20 años de esfuerzo, al ver que no conseguía nada de lo que quería, sentirse frustrado. Lo que hay que entender es que en esta práctica no vas a conseguir nada porque es para nada. Es sin objetivos.

–Una de las enseñanzas del budismo es abandonar el ego, el deseo. ¿No es demasiado cercano a la resignación?

–Yo deseé comer papas fritas y las comí. Deseé a una mujer que me parecía linda y ahora estoy casado. Es mucho más profundo el tema. En realidad no es solo deseo, son las ilusiones, somos presas de las ilusiones. Lo malo es la avidez, es querer comer más, saber más o ser el primero, el que se siente más cerca del maestro. Pero no hay nada de malo en desear comer una manzana y comerla. Sí es verdad que el zen tiene mucho que ver con aceptarlo todo. Buda murió comiendo carne envenenada aún sabiendo que estaba envenenada.

Hay muchas parejas separadas en el zen. Una chica practica con varios ex esposos todos muy modernos: son amigos entre ellos.

–¿No hay peligro en un pueblo que lo acepte todo, incluso lo injusto?

–Si, claro. Hay un peligro, pero también hay un punto en el que me siento muy protegido porque no tengo miedo que me timen. En el Zen, el corazón es muy importante, pero siempre tiene que ir junto al cerebro porque solo es bobo y el cerebro solo, es frío. Tienen que trabajar juntos, porque aceptar tampoco es ser boludo.

–¿Qué pasa después de la muerte?

–En el budismo no se firma blanco o negro, sino que se firma blanco y negro a la vez. Un día, un periodista le preguntó a mi Sensei qué podía decir de la reencarnación y las vidas pasadas. Y mi maestro le explicó que nadie volvió de la muerte para saberlo. “La ceniza no puede conocer la leña y la leña no puede conocer la ceniza porque el fuego estuvo en el medio, entonces no podemos decir nada". Apenas el periodista se fue, nos quedamos tomando una cerveza y el maestro comenzó a contar “en mi vida anterior hice tal cosa y tal otra”. Es así, se abrazan las contradicciones. Todas las verdades son refutables. No hay dogma posible porque toda afirmación tiene su negación, su otro costado. Y eso nos da una libertad tremenda.

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