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Columnistas

Faltan pocos días para el 2001: la historia que nos formó (Parte I)

Diciembre 2001

Por Diego Rojas 

1. El patrullero llegó y se detuvo

sobre Sánchez de Loria, a 20 metros de la avenida Belgrano. A veinte minutos de la multitud que no dejaba de aplaudir y golpear cacerolas con cucharas metálicas a pesar de que dos policías habían decidido bajar de la patrulla, cuya luz azul giraba constantemente e iluminaba al cacerolazo contra el Estado de Sitio como si fuera una incipiente fiesta electrónica. El “¡De la Rúa botón, De la Rúa botón, sos un hijo de puta, la puta madre que te parió” era sincronizado armoniosamente por el choque de los aluminios que expandían su sonoridad mediante el choque. Nadie le daba bola al patrullero, mi amiga Mane -con quien vivía a dos cuadras de allí, sobre Agrelo- y yo tratábamos de que no se corten los cantitos mientras llegaban más vecinos a la esquina y se divisaba a tres cuadras otro corte de calle, más sofisticado -pensaba yo- porque había fuego producido por las ramas caídas de los árboles y nosotros no teníamos una llanta de morondanga que quemar.
Yo me comunicaba con el celular Nokia 1110 con conocidos (en realidad, compañeros de militancia entonces en el Partido Obrero) que estaban en la misma: en esquinas cercanas de la zona aguardando alguna orientación.

2. El policía que estaba parado del lado del conductor

fuera de la patrulla tomó un aparatito y habló mediante el parlante del móvil policial: “Deben despejar la zona. Rige el Estado de Sitio en todo el país. Es una primera advertencia: deben despejar la zona inmediatamente”. Si bien las cacerolas no dejaron de sonar, los cánticos cesaron y fueron reemplazados por los cuchicheos en varios grupos de vecinos. La pareja de ciegos del edificio de la esquina no dejaba de golpear cacerola y cuchara rítmicamente y tampoco dejaba de sonreír. Fueron los más chicos los que comenzaron a caminar hacia el patrullero. “¿Qué?”, decían chicos en remera y short, algunos en cuero porque era el 19 de diciembre de 2001 y era una noche calurosa de verano, “¿quieren que nos vayamos?”. “Repito: deben despejar el área. Rige el Estado de Sitio en todo el país”. Era medio ridículo: dos uniformados que respondían a la institución más criminal del país -la policía- amenazaban a 150 personas que manifestaban pacíficamente (aunque no estaban pacíficos) mientras una avanzada infanto juvenil comenzaba a acercarse a los botones. En un rapto, una idea me atravesó las sienes porque la policía siempre está sacada y puede hacer desastres, nuestro día a día lo demuestra.

Una idea me atravesó las sienes porque la policía siempre está sacada y puede hacer desastres, nuestro día a día lo demuestra.

Me acerqué a los chicos. “Pero, ¿ qué queremos que haga la cana?”. Silencio. Luego uno dijo. “Que se vayan”. Otro: “Sí, que se vayan”. “Bueno, dije, entonces digámoselo”. Y comencé. “Cantemos esto: ’¡Que se vayan, que se vayan / que se vayan, que se vayan, que se vayan!”. Y los chicos cantaron y todos los caceroleros también. Los canas se metieron en el auto, la luz azul de la sirena seguía iluminando circularmente. Empezaron a avanzar los chicos y ya golpeaban el capot del patrullero. De pronto, una bolsa llena de basura impactó contra el vidrio del auto de los botones. “Ehhhhh paremos un poco…”, alcancé a decir, pero más veloz el conductor hizo retroceder la patrulla a toda velocidad chirriando las llantas antes de desaparecer a toda velocidad en la noche del Estado de Sitio. Un Estado de Sitio que era como un tigre de papel.

3. El cacerolazo continuó con mayor entusiasmo

y pronto vimos que los del corte de adelante se iban pero no a sus casas, sino que caminaban por Belgrano hasta el centro. Recibí un llamado de mi compañero del Partido Obrero que estaba en la avenida Caseros, en Parque Patricios. “La orientación es ir a Plaza de Mayo”, me dijo Eduardo, a quien apodaban “El Turro”. “Chocolate por la noticia, desde acá se ve eso y llegan columnas de más lejos yendo al centro”, dije. “No sé para qué te llamo, mirá”, dijo antes de cortar. Con Mane nos juntamos, evaluamos a los más activos y les propusimos distribuirnos en cada punto importante del cacerolazo y aplaudir y llamar a asamblea, para que la cohesión no se disperse en el camino al centro. Hice la propuesta cuando hubo silencio: “De todos lados están yendo hacia la Plaza contra el Estado de Sitio, la represión, el corralito y para que se vaya de una vez De la Rúa. Propongo que votemos ir todos juntos a la Plaza”. Un hombre levantó la mano. Me interesé por cuál sería su intervención, habló: “Hola, soy Pablo, me di cuenta de que perdí mis llaves y quería pedirles que se fijaran si no las tienen cerca en el piso o las encontraron”. Alguien aplaudió. Los vecinos ciegos seguían sonriendo. Retomé: “Si no hay otra moción, votemos: por ir a la Plaza todos juntos para que se vaya De la Rúa. ¿A favor?”. Un estruendo marcó la posición afirmativa. Comenzamos a armar una columna. Obvio que la mitad volvió a sus casas. Comenzamos a marchar.

Los de arriba ya no podían seguir gobernando como lo habían estado haciendo, los de abajo ya no pueden ser gobernados como antes por aquellos gobernantes en decadencia.

4. El Estado de Sitio había sido derrotado.

Es decir, De la Rúa había sido derrotado en el envalentonamiento de suspender las garantías constitucionales para toda la población que había llegado al hartazgo total ante el ajuste y el hambre. Todas las clases sociales, salvo sectores del gran capital y el imperialismo que digitaba el supuesto "plan" económico a través de los representantes del FMI instalados en sus oficinas angloparlantes en el Banco Central, se encontraban en crisis ante el derrotero económico que hundía cada vez más a la nación. Los de arriba ya no podía seguir gobernando como lo habían estado haciendo, los de abajo ya no pueden ser gobernados como antes por aquellos gobernantes en decadencia. En términos históricos, se trataba de una clásica situación revolucionaria que, como se sabe, suelen no prosperar por una serie de razones también históricas. Los grupos piqueteros, que habían surgido apenas hacía unos años -en 1994 en Neuquén, en 1995 en Salta- formados por contingentes de trabajadores despedidos por las privatizaciones menemistas habían comenzado un proceso de organización político-reivindicativa a través de la Asamblea Nacional de Trabajadores, donde confluían los grupos mayoritarios como la CTA, la CCC y el incipiente Polo Obrero, e infinidad de grupos menores. Su primera sesión en La Matanza contó con los informes de Claudio Lozano por la CTA, Norma Nasif por el Partido Comunista Revolucionario y Jorge Altamira, por el Partido Obrero. Votó la realización de una marcha de Liniers a Plaza de Mayo; a su paso, los sectores medios daban agua y víveres a los manifestantes y, ya comenzados los cacerolazos por el corralito a los ahorros de Domingo Cavallo, la consigna de la jornada fue: "Piquete y cacerola / la lucha es una sola". Una alianza de clases que se convertiría en un hito de la historia nacional durante un periodo prolongado. La ANT votó una movilización para el 20 de diciembre a las once horas, sin que se supiera el camino que llevaría a los acontecimientos de ese día, sin embargo, las casualidades poéticas, cuando están teñidas por la pátina de la historia, son doblemente poéticas. La llegada de las fiestas, la falta de víveres, los bancos cercados, los saqueos a los supermercados y camiones alimenticios hacían del fin del primer año del siglo XXI una remake de Mad Max en el sur de Sudamérica. De la Rúa, un tipejo patético, anunció mediante un discurso escrito por su hijo Fernandito (entonces novio de la cantante Shakira) el Estado de Sitio, que prohibía las reuniones de más de 3 personas.

Las casualidades poéticas, cuando están teñidas por la pátina de la historia, son doblemente poéticas.

5. Hace unos años me di cuenta de que los jóvenes de hoy, nuestros pibes, no habían vivido esos acontecimientos,

que los recuerdos del Argentinazo eran relatos de los más grandes. Que no habían vivido, como nosotros no habíamos vivido hasta ese momento, un acto insurreccional nacional que había enfrentado al Estado incluso cuando el Estado asesino se había pertrechado con sus armas más letales y las había usado. Pero ese miércoles 19 de diciembre de 2001 habíamos derrotado al Estado de Sitio en clima de frondosa esperanza y felicidad. Éramos miles. Miles en las escalinatas del Congreso, miles en las puertas de la Residencia Presidencial de Vicente López (donde la guardia apuntaba con plomo a los manifestantes, por si llegaban a ingresar al predio), en la Plaza de Mayo. Familias enteras con sus niños, con sus viejos, cacerolas por doquier. El clima, los adultos, los más grandes recordamos porque lo llevamos inscripto en nuestras pieles y nuestros genes, era de camaradería, de fervor popular, de la constitución de un nosotros como no se había visto antes. Comenzó la represión en Plaza de Mayo, gases y balas contra familias, contra hombres, mujeres, niños, ancianos y ancianas. Alguien prendió fuego la palmera de la Plaza de Mayo -que yo vi arder- mientras la policía en jauría obligaba a desandar el camino que había llevado a la multitud a metros de la Casa Rosada. En las calles primaba la sorpresa, aunque hubiera pequeños focos de resistencia a la represión. En las escalinatas del Congreso, cuando las escalinatas llegaban a la vereda, Jorge Demetrio Cárdenas yacía como muerto, mientras su sangre mostraba como el plomo lo había hecho deslizarse desde las alturas hasta la base. Balas de plomo. Cárdenas moriría 40 días después, fue la primera víctima de las armas de fuego que sería fatal. En el camino por Rivadavia a una mujer la cana le tiro gas lacrimógeno con un spray directamente a la cara. Me acerqué para guarnecerla, guiarla en su ceguera química.

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"¡No me toques! No me vas a llevar, hijo de puta, ¡me quieren secuestrar!". No logré explicarle, luego me enteré que era una antropóloga argentina exiliada en Brasil durante la dictadura que había rememorado lo peor cuando posé mis manos en sus hombros. No importó: una brigada comenzó a dispararnos balas de goma a un metro de distancia. A mí en la espalda. No recuerdo cómo llegué a casa. Caminando, seguro, y adolorido. Mane ya estaba allí. Me tocó la frente y determinó la fiebre que me tomaba el cuerpo. Me metió en la ducha. Quedaban pocas horas de sueño. Debía ir al trabajo y escapar para estar a las once en la cita de los piqueteros que, otra vez, casualidad de casualidades, se había fijado para el 20 de diciembre de 2001. Los acontecimientos de la jornada que ya asomaba marcarían al país para siempre. Me marcarían para siempre.