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Un recadero del pueblo: las historias de Leonardo Moscato, pintor de pasacalles

Pasacalles

Por Carlos Fuentealba

Lejos de sufrir los embates de la pandemia, la confección de pasacalles ha aumentado considerablemente en los últimos tiempos. Leonardo Moscato lleva más de 20 años haciéndolos en La Matanza y colgándolos por todo el AMBA. Comenzó en 2001, con el pedido de una vecina para un cumpleaños de 15 años. “Estuve haciéndolo todo el día en el comedor de mi casa”, recuerda. Hoy tiene el taller de su empresa Pasacalles Leo, donde trabaja con más de 20 personas. “Te puedo hacer uno en quince minutos si es necesario”.

-¿Y cómo ha cambiado esta industria?

-Se ha masificado, claro. En 2001 era época de vacas muy flacas y la gente no tenía para hacerle fiestas a sus hijas que cumplían 15 años, o para comprarle tortas. Entonces me pedían pasacalles y cuando la gente no podía pagar, nosotros se los hacíamos igual porque entendíamos que era importante ara ellos. A veces nos ofrecían trueques. En esa época recibimos pinturas, brochas u otro tipo de productos en forma de pago. Así me fui haciendo conocido.

-¿Cambiaron los mensajes también?

-En un comienzo eran mucho más selectos. Para ocasiones especiales. Aniversarios, cumpleaños, egresos. Pero con el tiempo la gente empezó a escribir todo tipo de mensajes que luego fotografiaban y viralizaban en redes sociales. Por ejemplo ahora tengo que colgar uno que dice “Félix: gracias por ser tan fracasado. Tu familia”, con el dibujo de un oso. Eso antes no se veía.

También me piden muchos mensajes de los yernos a las suegras. El otro día hice uno que decía “Suegra querida, sos lo peor que me pasó en la vida” u otro, “Gracias por ser tan metiche”. Nosotros nos reímos todos los días con los pedidos que nos llegan.

-Me imagino. Debe ser divertido trabajar acá…

-Sí, es un oficio en el que no te aburrís. Una vez vino una pareja al taller y me pidió que escribiera el mensaje: “Irma, por favor déjanos en paz”. Me explicaron que Irma era la ex mujer de él, que quería difamarlo y hacerle creer a ella que tenía aventuras. Estaban los dos acá. Los escuché y accedimos a hacerlo. Se lo encargué a los muchachos y ellos decidieron hacerle una broma a un compañero que era muy miedoso. Le dijeron que el pasacalles había que ponerlo en un cementerio y que era para un fantasma. Incluso le alteraron la ficha de colocación para convencerlo. El pobre pasó todo el día aterrado pensando en el fantasma de Irma, incluso le quería cambiar el turno a sus compañeros.

-Ah, altísimas historias ¿Y ustedes se involucran en ellas?

-En algunas sí. Todo el tiempo nos hacemos amigos de clientes. Porque sabemos que detrás de cada pasacalle hay una historia. Para la persona que compra un pasacalle es muy importante ese gesto, que otro lea su mensaje en la calle. Entonces si para esa persona es importante, nosotros también tenemos que darle importancia.

-Contame alguna en la que te hayas tenido que meter…

-Un día domingo estaba descansando en mi casa y de pronto se paró un camión de basura afuera. Pensé que era alguien que vendía bolsas, pero no, era un hombre que venía a pedirme un pasacalles. Le dije que se lo hacía al día siguiente, pero me insistió, que por favor. Le repetí que era mi día de descanso y que no podía. Entonces se me puso a llorar allí y empezó a rogar. Decía que no podía respirar un día más sin la presencia de ella. Entonces me dio pena. Le dije que no tenía personal para ir a colgarlo. Se ofreció para llevarme con la escalera en el camión de la basura. Y bueno, hice el pasacalle en que básicamente pedía que lo perdonaran y declaraba su amor. En el camino me contó toda la historia: ella lo había dejado después de varias advertencias. El tipo decía que ahora sí iba a cambiar, pero que no podía perderla. Bueno, me dejó en la esquina de la casa y yo fui a colgar el pasacalle. No teníamos celular ninguno de los dos en esa época, así que me quedé allí esperando, hasta que salió una chica y se quedó mirando el mensaje. Yo fui hasta la esquina y lo encontré ya al borde de un ataque de nervios: '¿Qué pasó? ¿Cómo era la chica? ¿Cómo fue su reacción?' Yo no sabía tanto qué decirle, así que me la jugué un poco y le dije que yo creía que le había gustado porque se había quedado mirándolo. 'Para mí vos tendrías que ir ahora mismo a encontrarla ', le dije y partió. Me quedé en el camión y después de un rato lo vi aparecer a él con la chica, venían abrazados, muy felices. Nos devolvimos los tres en el camión y me pasaron a dejar a mi casa con la escalera.

-Ah, sos alto cupido entonces

-Más o menos (se ríe). Algunas historias han salido muy bien. Como una vez que un chico me encargó un pasacalles en el que pedía matrimonio. Me dijo que la chica llegaba a las 10 y media, y me citó a las 10 para colocarlo. Pero cuando llegué, me dijo que ella se había anticipado y ya estaba en la casa. Se quería morir. Le dije que fueran a dar una vuelta a la manzana y que cuando volviera iba a estar allí. Cuando lo estaba colgando, se asomó una vecina para decirme que me bajara de allí, que no podía estar. La tuve que convencer que se calmara, que se fijara en lo que estaba a punto de suceder. Cuando los vi aparecer, entonces, puse hasta música romántica. La chica se puso a llorar y le dijo que sí. A esa altura estaba toda la cuadra asomada y todos aplaudieron.

-Qué belleza, aunque me imagino que no siempre sale tan bien.

-No, claro que no. Una vez un chico me pidió hacer uno que decía "Volvamos a comenzar, tu tóxico". Lo estaba colgando cuando salió la chica a interrumpirme y me ofreció pagarme por quemarlo. '¿Te lo pagó ese tóxico?'. Le dije que sí y gritó: '¡A alguien que le pague al menos!'. Pero igual me lo hizo sacar. 'Ni con 10 mil pasacalles lo voy a perdonar', me dijo. Cuando le conté al cliente, se mató de la risa.

-Ah, está mal, pero no taaan mal…

-Sí. Hay peores. El chico que se hizo adicto a los pasacalles, por ejemplo.

-¿Qué?

-Tuvimos un cliente que se volvió adicto a los pasacalles. Sí (se ríe). Nos compraba uno por semana. Nos dijo que eran mensajes para la novia, pero pronto nos dimos cuenta que no era la novia y que no quería serlo ni por asomo. Él nos decía que la familia de ella le hacía la vida imposible en contra de él. Después nos contó que no le atendía el teléfono y que le había cerrado la puerta en la cara. Él insistía en que era la familia y nos pedía hacer más y más. Un día le hizo un poema en un pasacalle y ella lo descolgó apenas nos fuimos. Luego nos pidió otro y yo ya le dije que no quería hacerle más pasacalles, que no quería ganar plata de esa manera. El tipo estaba cegado. Me dijo que ella le había dicho que 'se dieran un tiempo' y lo celebraba. Yo le dije que ese 'tomarse un tiempo' era que ella no quería saber nada. Fue duro, pero al final se dio cuenta y se fue. Lo gracioso fue que al tiempo volvió pidiéndome un pasacalle para otra chica. Ahí si fue correspondido. Le advertí, eso sí, que no contara nada sobre los anteriores pasacalles y su adicción.

-O sea que además tenés que prestar toda una asesoría comunicacional

-Sí, porque hay gente que está muy mal enfocada. Por ejemplo la otra vez vino un hombre que se había distanciado de su señora y quería volver con ella. Nos pidió que escribiéramos: "En este tiempo estuve con otras mujeres, pero ninguna se compara a vos". Cualquier cosa. Tuve que conversar, por su bien, para que cambiara eso y pusiera otra cosa.

-¡Más vale!

-Nosotros buscamos que el mensaje sea efectivo, pero si insisten, hacemos lo que nos dicen. La otra vez nos pidieron un pasacalle en el que decía el nombre y el apellido de ella y después "perdóname, no lo vuelvo a hacer". Le comenté que con ese pasacalle estaba poniendo en evidencia lo que pasó. Pero insistió. Dicho y hecho: el pasacalle no funcionó, ella se sintió expuesta y la historia terminó peor.

-¿Y se niegan a hacer algunos?

-Sí. Una vez quisieron que colgáramos en la puerta de una escuela un pasacalle denunciando la infidelidad de dos padres: del padre de un niño con la madre de otro. Nosotros nos negamos por un tema de ética, porque eso no va con nuestros valores.

Una mujer también nos pidió un escrache para su ex pareja, que tampoco hicimos. Quería que escribiéramos que tenía muchos hijos extra matrimoniales, que no les pasaba alimento y que salía con prostitutas. Todo eso quería que lo pusiéramos en la casa de la nueva pareja.

Tampoco hacemos pasacalles de amenazas. Nos han pedido de barras bravas y otras veces hemos tenido pedidos individualizados, pero nos negamos.

-¿Siempre fue así o fueron aprendiendo?

-Nos fuimos dando cuenta en el camino a qué decir que sí y a que no. Una vez, por ejemplo, hicimos uno de amor a un hombre. Lo pidió una mujer que decía ser una admiradora y que en realidad resultó ser la amante. Colgamos el pasacalle y a los cinco minutos nos llama el hombre desesperado pidiendo que lo bajemos, que si es necesario nos paga en dólares. Nos enteramos entonces que la esposa estaba de viaje y que él había aprovechado ese tiempo para mandarse una picardía. Pero ahora venía la esposa desde el aeropuerto en camino y el hombre estaba desesperado. Tenía el nombre y todo, así que no tenía cómo zafar. Tuvimos que ir a sacarlo y aprendimos a no meternos en historias así.

-Hay locos lindos y otros no tanto…

-Claro. Tuvimos el caso de una mujer que se autodedicó el pasacalle para darle celos a su pareja. Decía algo así como "Vivo enamorado de vos, dame una oportunidad. Ya sabés quién soy". La gente del barrio me preguntaba quién es cuando lo estábamos instalando.

Los políticos también se los autodedican. Un hombre nos pidió un pasacalle que decía "Gracias intendente Pepe por ayudarnos".  Yo accedí y le pregunté el nombre al cliente: Pepe, me respondió. Era alto manipulador social (se ríe).

-¿Y han hecho pasacalles que no hayan entendido?

-Un hombre nos pidió un encargo y nos mandó una foto con un jeroglífico. Tuvimos que copiarlo. El cliente antes de colgarlo pidió la foto y se cercioró de que el código estuviera tal cual lo quería. Lo colgamos pero hasta el día de hoy no tenemos idea qué decía. Otra vez pusimos un pasacalle en blanco que en una esquina decía "no tengo nada para decirte". Pasacalles incomprensibles (se ríe).

-¿Hiciste alguno para usarlo vos?

-Hice uno para mi esposa cuando ella vivía en la casa de sus padres, cuando éramos novios. Como ella hablaba muy poco, yo le hacía bromas. En vez de decirle "eres muy linda", le decía sólo "eres". Era una broma interna de nosotros. Ella me cargaba también. Me decía que me parecía al sapo Wazowski de Monsters Inc. Entonces hice un pasacalle que decía sólo "eres" y tenía un Wazowski dibujado, con unos corazones. Yo sabía que ella no quería que el padre se enterara de que estábamos saliendo. Entonces le mandé ese pasacalles en clave. Ella notó de inmediato que era para ella y se emocionó. Lo gracioso fue después enterarnos que la madre había ido a comprar y en el negocio se había enterado de que varias señoras del barrio decían que el pasacalles era para ellas.

-¿Y te hicieron alguno?

-Sí. También ella me hizo un pasacalles a mí. Habló en secreto con los muchachos del taller para mi primer día del padre. Decía "Feliz día del padre, te amamos" con unas huellitas de bebé. Yo cuando salí al jardín y lo vi me emocioné un montón. Es un regalo al corazón. No es sólo algo físico, sino que también es una experiencia por la que haces pasar a la persona.

-Me imagino el nivel de emociones con los que lidias

-El nivel de ansiedad de los clientes es extremadamente alto. Nos piden fotos cuando lo estamos pintando, a veces quieren presenciar cuando lo pintamos o cuando lo colocamos. Otras veces los nervios vienen por la posibilidad de que el destinatario no lo vea. Entonces la gente arma mecanismos, para sacar al agasajado a la vereda y que lo vea. Si no lo ve, se quedan allí conversando, haciéndose los distraídos. No pueden señalarlo tampoco porque eso quita la mitad de la sorpresa.

Ahora en tiempos de pandemia mucha gente demuestra sus afectos así. Hace poco hicimos uno para una abuela que estaba aislada. La nieta grabó su reacción y fue algo muy emotivo, nos mandó el video y nos dice que hasta el día de hoy está contenta. En estos tiempos, los gestos lindos son un recurso escaso que la gente valora mucho.