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Cultura & Espectáculos

Vivir Abajo: Quizás la novela del Siglo

Vivir abajo es una novela de atrocidades, cadáveres, túneles, oscuridades. Es un sótano lleno de tijeras y cuerpos cortados en tiras simétricas; un subterráneo lugar lleno de toda la mierda que pueda suponerse.  Y es alta literatura. Altísima.

Quizas la novela del Siglo.

América es un continente que se construyó en la oscuridad del dolor, en la violencia, en el drama. Nació de los cuerpos rotos en las minas, del yanaconazgo y la mita; vivió en la esclavitud y fue independiente nunca. Continente de barbarie, de barbaries, del Darién a la Patagonia, del desierto de Sonora a las Yungas de Bolivia.

Continente de sótanos atestados de cuerpos, de torturas, de vejámenes diarios y gritos espeluznantes, de muerte.

Vivir abajo comienza en un sótano de Lima, el día en que apresan a Abimael Guzmán, y falso sería decir que a partir de ese momento la violencia va avanzando en el horror, porque está instalado desde el inicio: “Una tortura siempre entraña una ficción. Una persona que tortura a otra siempre espera que le cuenten una historia, pero no siempre le interesa que la historia sea real: solo que parezca verosímil.”

Mil narraciones que se superponen, se atacan, se ligan; personajes que surgen en historias que salen de otras, todo el tiempo, como en el mejor Bolaño. Y mejor aún. Va por espacios desconocidos y los cruza de un lado al otro, enloquecidamente, como un coyote que busca su presa en un desierto en medio de la oscuridad. Túneles, en los que se romperán cuerpos, desaparecen extremidades y se disolverán los órganos. Espacios en los que la violencia más absurda, e innecesaria, se mezclarán con el cine, la literatura, la fotografía, la historia de los países y siempre, siempre, con la construcción de un continente con dolor. Cada situación es una autopista al infierno. Las historias se cuentan por cientos.

Una novela nocturna. Oscura, en la que el problema no es la luna, sino la noche.

Vivir Abajo habla de películas. De películas que se pueden ver con los ojos cerrados y de otras que hacen cerrar los ojos. De libros, también, de libros como esquirlas que hay que desenterrar de la piel con los dientes. Habla de fotogramas, y cámaras que detienen la realidad en cada disparo. Vaya imagen.

Y de la violencia. Siempre de la violencia. Porque habla de nuestra América, un continente al que se le ha arrancado el esqueleto por las orejas y se disuelve diariamente en fallidos, dolor y miseria. Un continente de Pinochets, Videlas, Stroessners, Banzers, Fujimoris, todos hermanados por los túneles subterráneos que unen esta tierra por debajo, en un caudaloso río rojo mezcla de horror y sufrimiento.

Un preso sueña películas que solo pueden ser representadas en su imaginación. Sobrevivir es, también, tener historias que contar.

El Mano Manzano cuenta historias, él las escribe. Una novela al día, para que nada se pierda. Para que alguien se entere. Para que el viento lleve el dolor hacia otra parte. Mira hasta el más mínimo detalle y lo incorpora, no para grabarlo en la memoria, sino para dejar la memoria en cada cosa; así, el día en que vuelva, su memoria le estará esperando.

Barret cuenta historias, el también, hijo de torturador serial y asesino confeso. Su padre construye cárceles panópticas para reyezuelos del país que lo contrate, y no le falta trabajo en el continente. Oficios que siempre se pagan bien y a los que les sobra demanda.

Un territorio en el que vivimos escapando de la próxima violencia.

Calles, sótanos, filmotecas, bares, librerías, celdas, relojes sin segundero, cadáveres. Todo es tan inverosímil, que se hace posible. Una novela nocturna. Oscura, en la que el problema no es la luna, sino la noche.

La memoria eres tú; está en tu mente y en tu cuerpo, y así es el trauma, no se va, te rodea como todos los zombis de un cementerio.

Una novela de crímenes y humana a la vez. Infinitamente humana. Porque se desangra en el dolor de los cuerpos que se destrozan. Que algunos destrozan.

Una profunda reflexión sobre el horror.

“Una violación es una prisión de la que no se escapa nunca, porque no eres tú, no es tu memoria. La memoria no es un artefacto ajeno, una cosa que anda por ahí. La memoria eres tú; está en tu mente y en tu cuerpo, y así es el trauma, no se va, te rodea como todos los zombis de un cementerio, y tú en tu casita embrujada con esas ventanas tan grandes que no tienes como tapiar, como enmaderar, tu eres la casita embrujada, pero tu también eres todos los zombis del cementerio y tú eres el cementerio.” Eso es la violación, solo la violación, el trauma, el que ocurre en un momento y se repite para siempre en tu piel y entre tus piernas y en tus ojos, y en el mal sabor de tu boca que dura eternamente.”. Novela que duele.

Vivir abajo es un descenso a los horrores, una novela llena de novelas, de personajes terribles, para los que la tortura es su forma de diálogo. Historias de quienes solo se pueden comunicar de ese modo. Personajes al límite. Las Mil y una noches del horror.

La tortura genera historia, arma ficciones, construye mundos. El pozo más inmundo de lo humano construye desde allí. Los estados y sus estadistas apelan a ello cada vez que lo necesitan. Para que haya torturados ha de haber quienes los torturan.

Hay una metafísica de las palabras que se construye en el punto mismo del terror.

Faverón habla de ellos, habla de ello.

Avanza a lo largo de 700 páginas impresionantes con la esperanza de que las astillas de estas historias no se nos hundan en la nuca.

Y construye un artefacto literario monumental e imprescindible.

Faverón Patriau, Gustavo, Vivir Abajo, Lima, Peisa, 2019.

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