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RIGI: apocalipsis now 

RIGI - Apocalypse Now

Se viene anunciando hace seis meses. En los tráileres sucesivos se vieron escenas de guerra, otras de captura de jóvenes arrojadas en una boca oscura que comienza detrás de unas rejas. Montañas que estallan en fragmentos, desiertos de cenizas con algún árbol carbonizado, esqueletos que se han secado próximos a una salina blanca. Escenas ya vistas en tantas otras películas. Llega el día del estreno. La imagen de cartelera que se reproduce en los noticieros muestra a un hombre con las piernas algo separadas sobre el fondo rojo de una ciudad incendiada. Su cabello se recorta en el cielo apocalíptico. En un riacho oscuro y serpenteante que se escapa de un ángulo del cartel, un portaaviones nuclear de USA completa el cuadro. La estética es de los 90´, son carteles que escupe la IA cuando el promt lo dicta alguien que no goza del arte, que no sabe de selvas, que no se bañó en un río marrón como el Paraná.

La sala principal de cine de la ciudad de Buenos Aires, no está en el centenario Gaumont, pero sí está a escasos doscientos metros. Es la super pantalla del edificio del Congreso y ahora, en el estreno, desde la cúpula, disparan luces al cielo. La alfombra roja y un gran dispositivo de todas las fuerzas de seguridad y ataque, dan paso a los legisladores. Ya llegan. Se vistieron como para un festival en Hollywood. Todos ellos y ellas tienen su invitación dorada.

El argumento de la película se conoció antes del estreno, se había presentado un guion de más de seiscientas páginas. Basado en un best seller de un economista. Ya se apagan las luces, se enciende la pantalla. Aparece una sociedad distópica donde la vida está diseñada con cuentas geométricas. Al tope de la cadena alimentaria -según lo que relata la voz en off, de alguien que el espectador supone, ha desafiado al hombre del cartel- existe un puñado de depredadores que matan a los grupos que consideran no adaptados. Son ellos también los que reparten los cubiertos y la nutrición de los alimentos. Hay civiles superiores, que explotan a los utilitarios hasta agotarlos (los reemplazan numéricamente) y viven de lo que ellos producen; a veces esos civiles superiores están invitados a la mesa de los que gobiernan.

En una escena siguiente la situación se ha invertido: son los gobernantes quienes esperan ansiosos que los extranjeros superiores los conviden. Cuentan con los cubiertos siempre que cumplan con el acuerdo: la explotación final de la Naturaleza. Escuchamos distintos idiomas entre el tintineo de los cubiertos, aunque aparece algún tono típico argentino. El solitario de la voz en off, narra en un susurro, que él mismo habitó ese casillero por temor a que le retiren el plato a su familia. Pero sus dominadores descubrieron cuál es su alimento verdadero, y lo hicieron crujir hasta aplastarlo. Está vivo gracias a un político arrepentido. A los civiles inferiores, dueños de industrias nacionales mermadas, no los vigilan, son consumidores adaptados. Los utilitarios compiten entre sí por los cubiertos designados, siempre en menor número que personas. Tienen necesidades parecidas, a veces uno termina eliminando al competidor. Y, últimos en la cadena alimentaria, están los denominados en el film: “parásitos”, son migrantes o nativos a quienes no se les ha reservado ningún cubierto, viven de los restos de otros y terminan enfermando si no los eliminan antes introduciendo algún conflicto.

La escasez —la lucha sangrienta por la migaja— es un agente activo y eficaz de despoblación.

Ahora se ven unos estudiantes pensativos, la voz se pregunta si van a depredar a otros, si serán los futuros genocidas. Si van a matar o dejar morir a los que no son parecidos. Pero la voz confiesa que tiene la idea absurda de que alguien, dentro de esa multitud que se precipita para hincar primero el diente, va a detenerse. El mundo está atascado por la competencia y todos sufren perjuicios, todos pierden. Pero en la película distópica, con la resolución de la IA, se muestra que no hay nada más moderno y más antiguo que el hambre y la falta de cubiertos.

El gobierno deja que la gente se agite, la Policía los vigila, pero permite que se vayan a las manos; se ocupa de otros asuntos que tiene bien trazados, aunque podría haber algún desvío. La escasez —la lucha sangrienta por la migaja— es un agente activo y eficaz de despoblación, y reduce los costos de los utilitarios excedentes. Es la vanguardia del gran ejército de destrucción y muchas veces alcanza para terminar esa tarea. Pero si fracasa en su labor exterminadora, son las enfermedades y las epidemias las que avanzan en una terrorífica formación. Si el éxito no es aún completo, queda todavía en retaguardia el hambre definitiva: ese gigante ineludible que de un solo golpe nivela la población. Y un asesor voraz que está progresando, escalando rápido, recomienda su urgente aplicación. Junto al asesor hay una mujer reconocida que ha sufrido una horrible mutación.

Pero la película que se estrenó en la sala principal del Congreso, y que es del todo apocalíptica, y mantiene la tensión de los espectadores que cada tanto aplauden o se tapan los ojos con las manos, ya se acerca el final. De pronto, se adivinan apenas los rasgos del rostro de la voz en off. De a poco, otros rostros espectrales aparecen junto a él, o es ella, no está claro ahora y son una multitud de una estirpe linda y oscura que vivió amenazada por los pájaros carnívoros. Se abre la cámara y son muchos más. Es una bella vista. El o ella cierra los ojos enrojecidos.

Los civiles importantes y los que gobiernan para ellos, se revuelven en las butacas, el guion ha sido revisado por los mejores estudios. Sin embargo, algo pasa. Un giro en el guion, unas líneas de dialogo del todo inesperadas:   

-La Naturaleza es el pastel que se están comiendo -dice la voz, ahora más clara.

-No podemos vivir sin ella- continúa-, tampoco sus hijos, aunque no lo sepan.

Fin

La película:  RIGI: apocalipsis now.

*algunos fragmentos pertenecen a la novela Trilogía del Agua, (Edit Alfaguara, 2024)

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